En el último encuentro del club de lecturas sensibles nos dejamos llevar por la inquietante escritura de Clarice Lispector en el cuento Amor. La propuesta fue, como siempre, abrir el espacio a lo que el texto nos va haciendo sentir una vez que nos encontramos con él, eso que nos pasa en el cuerpo, lo que nos detiene, lo que nos atraviesa y luego se vuelve pensamiento.
Muy prontamente apareció la experiencia de la crisis. Esa grieta cotidiana que Lispector alcanza a poner en palabras, momentos que irrumpen en lo ordinario y que, de un instante a otro, lo desacomodan todo. Varios reconocimos esas sensaciones: crisis cotidianas como las que se viven en la micro o en la calle mientras caminamos hacia nuestros rutinarios destinos, «esas que yo he tenido» dijo más de uno. La lectura y su conversación nos recordó cómo esas interrupciones también nos pertenecen, cómo se sienten en la piel y cómo, a pesar de la experiencia individual y particular, es algo que nos une en colectivo. En esta medida, leer a Lispector fue, más que entender, sentir la escritura: detenerse, tomar apuntes, mirarse hacia adentro. En ese gesto íntimo y compartido a la vez, el texto se volvió un espejo de nuestra época o quizás de nuestro territorio, si somos más precisos: esas crisis que parecen insignificantes, de las que rehuimos para mantenernos enteros y funcionales, pero que, si se dejan entrar, revelan un fondo ruidoso, angustiante y mucho más profundo en la experiencia de vivir.
En esta misma línea es que también surgió la pregunta por el género. ¿Qué significa que Ana -la protagonista- cayera en un «destino de mujer»? Entre los cuidados, las obligaciones y el mandato de amar a otros de forma sacrificial emerge el dilema: ¿De qué podría protegerse una mujer que responde con tanto ímpetu a ese llamado? Porque es preciso pensar, también, sobre ¿Qué queda de si misma cuando la vida entera de una mujer se organiza en torno a la familia? ¿Qué espacio posible para ser una?. Más que entender, Lispector nos invitó a sentir. Y en esa apertura cada quien resonó distinto: ansiedad, melancolía, extrañeza, imposibilidad. Es en ese borde donde la escritura de Lispector se confunde con nuestras propias vidas y lo que nos empuja a reconocernos en una fragilidad compartida.
¿En qué medida evitamos, día a día, ese exceso de mundo que de pronto amenaza a Ana y que de pronto nos amenaza a todos nosotros? Lo repugnante y lo sano, lo conservador y lo desbordado, todo es parte de una misma cosa. ¿Por qué insistir en sostener ese ideal social de borrar lo sucio? La imagen final de Ana mirándose en el espejo y volviendo a ordenar su reflejo nos hizo desear grupalmente otro final. Pero también cabe preguntarnos ¿Qué pasaría si nos volviéramos todos locos y todos al mismo tiempo? Acaso el amor ¿Es la razón o la consecuencia por la que algo se ordena o se desordena? Finalmente ¿Qué es el amor? ¿A caso una fuerza que nos atraviesa sin previo aviso, a caso la muerte cotidiana de cada uno?
Esta última lectura conversada nos ha dejado más preguntas que respuestas, por suerte.
Nos volveremos a encontrar en la próxima fecha del club de lecturas sensibles para abrir otro texto y dejarnos mover por él.