1Christopher Berríos Morales. Psicoanalista. Magister (c) en Psicología Clínica, Mención Psicoanálisis, ICHPA.2Este trabajo se presentó a modo de comentario y diálogo, en la segunda mesa de la Jornada Winnicott y Khan: Maestros, interlocutores y discípulos, realizada en el mes de octubre del presente año en FACSO Universidad de Chile. Agradecemos la organización e invitación de los estudiantes de Magister de Psicología Clínica Adultos, Universidad de Chile, Grupo Lazo Social, Revista Kotan, Auscultare El Alma, Grupo Uroboros y Centro Vasti. Esta jornada contó con la participación del psicoanalista Jorge Rodríguez en ambas mesas, a quien le debemos la sugerencia del título, y el psicoanalista Eduardo Pérez como comentarista de la primera mesa. Voy a comentar el trabajo de Khan El rencor del histérico (1975) traducido por Jorge (2024), voy a seguir el orden del texto y me voy a ir deteniendo en algunos puntos que me parecen importantes para ir pensando y conversando con ustedes.
El autor comienza hablando de Freud, quien luego de ser discípulo de Charcot, se vuelve su interlocutor, para después ser considerado el maestro de la histeria, ya que como Khan señala logró comprender la naturaleza y el carácter de la enfermedad histérica. Y lo hizo respetando la resistencia del histérico a ser conocido, mientras que antes con la técnica de la hipnosis se trabajaba con la abolición de esta resistencia, penetrando fácilmente en la psique de los pacientes.
Khan señala que el no saber del paciente era en realidad un no querer saber, ya que involucraba vivencias de abuso sexual real en la infancia, sin embargo, luego Freud entendió, con el abandono de la teoría de la seducción como etiología de la neurosis, que se debía a fantasías reprimidas y que el paciente manifestaba en la actualidad por medio del lenguaje conversivo, pero de las cuales se negaba a hacer conscientes.
Me parece de mucho valor que Khan subraye la resistencia al saber, ya que como dice Freud en su Comunicación preliminar (1893), se trata de vivencias traumáticas asociadas con afectos de horror, angustia y dolor psíquico, y de las que el paciente se está defendiendo.
Con la teoría de la seducción, se trata de vivencias infantiles de abuso sexual, incluso incestuoso, en las que lo traumático tenía que ver con la incomprensión psíquica del niño respecto de dicha vivencia, teniendo que ocurrir un segundo momento en la pubertad y adolescencia, cuando el sujeto cuenta con un desarrollo psíquico suficiente para entender el significado del abuso, esta sería la teoría de los dos tiempos del trauma. Si bien en ese momento para Freud la etiología de la histeria es externa, su foco de investigación y terapéutica tenía que ver con los procesos psíquicos internos, con la defensa y los efectos psicopatológicos, cómo el propio sujeto hace algo con eso que le pasó.
Pero como hemos aprendido con Winnicott, el lugar del ambiente es fundamental para el desarrollo infantil, y más aún cuando ocurren violencias. El autor (1965) se va a referir al caso de una niña prepuber que sufre de un abuso sexual por parte de un adulto mientras estaba internada en un hospital. Winnicott señala que lo traumático se relaciona con elementos exteriores: “en otras palabras, corresponde a la dependencia. El trauma es una falla relativa a la dependencia” (p. 178). El abuso infantil es traumático porque los adultos cuidadores fallan en su lugar de funcionar como una protección contra el trauma, como diría Khan en su texto El trauma acumulativo (1964), y no solo porque no estuvieron ahí para impedirlo, sino en particular, cuando no hay suficiente manejo y sostenimiento emocional y físico hacia la niña, cuando los adultos no se encuentran disponibles emocionalmente para identificarse y atender a las necesidades y consecuencias yoicas y afectivas, cuando la culpan y maltratan, cuando no creen en su relato, aquí la incomprensión es de los adultos, no de la niña violentada de Freud.
En esta línea Winnicottiana, siguiendo con su maestro, Khan (1975) señala que el histérico “intentaba hacer frente a experiencias de su infancia que estaban mucho más allá de los medios de la personalidad emergente, y respecto de las cuales era poca la comprensión que encontraba en el medio humano que estaba a cargo de él” (p. 1). La hipótesis de Khan es que “el histérico se enfrenta en la temprana infancia a las fallas de un cuidado materno suficientemente bueno mediante un desarrollo sexual precoz” (1975. p. 1). De esta manera, retoma la hipótesis original de Freud respecto al rol del trauma real en la etiología de la histeria, aunque este considera que su origen no está puesto en su naturaleza sexual, sino que más bien se relaciona con la falla ambiental en atender las necesidades del yo del niño.
Debo confesar mis primeras resistencias a esta hipótesis, es como si estuviera mezclando peras con manzanas ¿será expresión de mis rasgos un tanto rígidos? Lo primero que pensé es que la histeria, en términos canónicos, tiene que ver con la represión de representaciones de fantasías sexuales prohibidas por una hipertrófica moral, mientras que el destino del afecto es la conversión. Y, por otro lado, son los casos fronterizos los que tiene como etiología las fallas ambientales, siguiendo a Winnicott, ¿el problema es entonces el diagnóstico y de ahí la terapéutica? Lo retomaremos.
Intento vencer mis resistencias y pienso esto que plantea Khan de cómo lo sexual viene sustituir o esconder lo yoico, y recuerdo lo que plantea Winnicott (1971) cuando se refiere a las típicas interpretaciones de las y los psicoanalistas, quienes siempre piensan que la imagen de la serpiente, en los sueños, dibujos o fobias de los pacientes, es un símbolo sexual fálico, siendo que más bien nos pueden estar transmitiendo el significado de su propio yo en formación o más primario, un primer objeto total, el error entonces es del terapeuta que no logra entender el material, como plantea Khan respecto del lenguaje somático de la histérica.
Siguiendo con esta idea de la incomprensión de los demás hacia el histérico, en particular del objeto amoroso, Khan (1975) señala que “el objeto interpreta que los gestos del histérico expresan deseos y fantasías sexuales, y responde a ellos como tales, mientras que en realidad son, esencialmente, un lenguaje corporal simbólico para expresar necesidades de protección” (p. 3). Por eso es que, para los histéricos, la experiencia sexual a menudo constituye una traición a la confianza. “La esencia del rencor del histérico, en este contexto, es que el nuevo objeto de amor tampoco logró distinguir entre los deseos del Ello y las necesidades del yo” (p. 4), no obstante esta rabia, el histérico mantiene la esperanza señala Khan, en cuanto a que los demás puedan comprender su deprivación, siguiendo con los planteamientos de Winnicott sobre la tendencia antisocial (1956).
En cuanto a la terapia y la nueva relación de objeto que involucra, continúa Khan (1975), el histérico hipersexualiza la transferencia, mostrando “su desconfianza básica en que el objeto externo atienda, perciba, las necesidades del yo” (p. 5). Los fracasos en los análisis de la histeria, según Khan, se debe a que no comprendemos su forma de comunicación, por lo que la analista puede convertirse en una lápida más en el cementerio de rechazos del histérico.
Quiero detenerme un rato más en esta parte sobre la terapia analítica. Puede ser obvio hablar de la ética del analista, de lo que se tiene o no que hacer, pero es sumamente significativo lo simple y nunca está de más hablar de ello, más aún cuando nos enteramos de personas que aprovechan su lugar de poder, como analistas, docentes, supervisores y académicos para pervertir el análisis satisfaciendo quién sabe cuál pulsión parcial o narcisista. En conversaciones con mis amigos, colegas, maestras e interlocutores, concordamos en que lo ocurrido nos interpela a todos, a toda la comunidad del psicoanálisis y como trabajadores de la salud, que cuidan y acompañan a otros. Luis Felipe Revuelto en el mes de agosto de este año, publicó una columna en Revista Kotan3La columna lleva por título: Entre una ética y la politzia. Reflexiones sobre el psicoanálisis frente a la violencia, el silencio y el horror. Revista Kotan, 2025. Disponible en: https://revistakotan.cl/2025/08/05/entre-una-etica-y-la-politzia-reflexiones-sobre-el-psicoanalisis-frente-a-la-violencia-el-silencio-y-el-horror/ abordando el asunto, donde interpela a la comunidad psicoanalítica chilena, quienes estaríamos más preocupados de nuestra imagen ideal de analista, ser más de izquierda y de nuestra incidencia política y cultura, pero no se habla mucho del cuidado de los pacientes. Luis Felipe (2025) insiste ¿Puede haber algo más confuso y horroroso cuando lo que te debiese proteger te ataca? Es tiempo de cuestionarnos el poder y la violencia que portamos en potencia. La salud mental es un derecho, y tenemos una responsabilidad humana y profesional.
Cambiando de tema y retomando lo conversado por Jorge y Eduardo en la primera mesa de esta Jornada, sobre los múltiples suicidios en el metro de Santiago en el mes de septiembre, Winnicott (1960) va a señalar que la cultura, la sociedad y el ámbito político pueden ser representantes de las figuras parentales, cumpliendo de cierto modo sus funciones en ámbitos más abstractos y generales que el original ambiente familiar, “Estos círculos cada vez más amplios, que llegan a convertirse en agrupamientos políticos, religiosos o culturales en la sociedad, y quizás en el nacionalismo mismo, constituyen el producto final de algo que se inicia con el cuidado materno” (1960. p. 124). Siguiendo con estas ideas, permítanme hacer una analogía, jugar con la teoría y utilizar los objetos conceptuales de Winnicott, creo que estaría de acuerdo en este diálogo imaginario con él y con ustedes. Si la sociedad, la política y las leyes representan a los padres y sus funciones, aquellos también pueden fallar en identificar y atender las necesidades de los ciudadanos de los cuales está a cargo, dejarlos desamparados, violentarlos y provocar su traumatismo. Recordemos que uno de los recientes suicidios en el metro fue de una víctima de trauma ocular durante la revuelta social del 18 de octubre del año 2019. En este caso y en muchos otros, el Estado chileno no solo falló en comprender e intentar atender las necesidades de las personas, en sostener y manejar suficientemente bien sus profundos malestares relacionados con la insatisfacción de necesidades básicas, siguiendo a Winnicott, el Estado y sus fuerzas policiales y militares provocaron múltiples traumatismos al controlar y reprimir a los ciudadanos por medio de una brutal violencia física y psicológica. Peor aún, el siguiente gobierno recrudeció el traumatismo a posteriori, al individualizar cada una de las causas legales, desmentir el hecho de la violación sistemática de los derechos humanos y dejar sin reparación a las víctimas, repitiendo el desamparo y la impunidad del anterior gobierno4Para una mayor comprensión de los mecanismos perversos del Estado chileno, los efectos traumáticos en las víctimas de trauma ocular y los horizontes clínicos, se sugiere ir al artículo: Soldaduras de transferencia en la época del odio: Efectos traumáticos de la desmentida en una víctima de trauma ocular en Chile, Revista Equinoccio, 6(1), 2025. Disponible en: https://audepp.org/ojs/index.php/eqo/article/view/180/257, y de la dictadura de 1973.
Retomo el asunto de la psicoterapia y la ética. En uno de los lugares donde Freud abordó la ética del analista, es en los textos técnicos, en particular en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia (1915). En el, el autor se hace una pregunta que podría parecer sencilla “¿de qué modo debe comportarse el analista para no fracasar en esta situación?” (p. 167), refiriéndose a la aparición de la transferencia erótica como resistencia a la continuidad de la asociación libre, y con ellos, del análisis. Los motivos éticos de la abstinencia de la analista, se vincula con que la meta de la terapia es que los pacientes alcancen la libertad en sus posibilidades de amar y la puedan utilizar fuera del análisis, favoreciendo el desarrollo obstruido de momentos fundamentales y primordiales de su desarrollo psicológico, y así ganar un plus de libertad anímica. La lucha del psicoterapeuta dice Freud, no solo es contra la fuerza de la transferencia erótica de los pacientes, es decir, la contratransferencia del analista, de no responder a ella, no actuarla, sino que también contra sus propias mociones libidinales, de lo contrario el histérico seguirá siendo prisionero de su enfermedad, es decir, sin poder amar.
¿Se dan cuenta de lo que dice Freud?
Por un lado, hoy en día estamos hablando de derechos mínimos, respecto del logro de la libertad de amar, por medio de la lucha contra las excesivas represiones internas, que rinden tributo a las exigencias parentales y socioculturales de la sexualidad, el ethos de la época respecto de la moralidad y la sexualidad como dice Khan al inicio del texto que estamos trabajando, libertad en el amplio término, tanto amoroso como sexual, como hoy en día siguen siendo las luchas de las mujeres, diversidades y disidencias sexuales. La responsabilidad del analista es grande y debemos ser conscientes de eso.
Por otro lado, responder a la transferencia erótica de los pacientes, o bien satisfacer las propias mociones libidinales, es una violencia sexual en varias dimensiones, tanto por la asimetría en cuanto a las relaciones de poder a priori de los lugares de analista-paciente, ya en terapia, la analista puede representar los lugares y figuras parentales, siendo depositaria de los deseos del Ello y las necesidades del Yo, pero también, y más fundamental aún, es que las pacientes regresan y entran en conexión emocional, con momentos de su temprana infancia, es decir, en los tiempos de profunda vulnerabilidad, desamparo y dependencia. Freud es claro en este punto, dice que cuanto más el analista no quiera satisfacer sus propios deseos o responder a los de la paciente, más esta última se sentirá segura para hacer consciente y hablar sobre el tema del amor, de sus fantasías sexuales, y desde ahí elaborar sus lazos de amor infantil.
En su texto La contratransferencia (1960), Winnicott aborda la actitud profesional del analista, y el juramento médico de Hipócrates, que “incluye la promesa de no cometer adulterio con una paciente” (p. 210). Pero este profesionalismo no tiene que ver con inhibiciones o defensas rígidas para mantener un buen comportamiento, sino que se debe mantener flexible y espontáneo. La analista vivirá una serie de fenómenos subjetivos contratransferenciales (ira, amor, confusión o erotismo, entre muchos otros), lo importante dice el autor, es no actuar las demandas transferenciales de los pacientes si no que mantener una actitud profesional, permaneciendo estable en esta tensión afectiva y mantener una distancia con el paciente. Es importante examinar y someter al pensamiento las ideas y sentimientos que acuden a nuestra mente antes de realizar alguna intervención. No podemos dejarnos llevar por la actuación.
Retomo brevemente el asunto del diagnóstico y tratamiento, si se trata de neurosis o fallas ambientales, respecto de la hipótesis de Khan sobre la histeria, Winnicott (1984) plantea que el clínico tiene que ser capaz de pasar de un tipo de terapia a otro y, si es preciso, de aplicarlos todos a la vez. En estos últimos casos cambia la actitud profesional del analista, en el que su etiología tiene que ver con una deprivación, por lo que el terapeuta debe corregir, considerando la esperanza, las fallas del yo auxiliar que alteró el desarrollo del paciente. Para ello se debe enunciar la deprivación cómo la vivió y sintió en su niñez. Luego podrá ser el tiempo de trabajo clásico con la neurosis de transferencia y su interpretación.
Quiero terminar con una cita de Winnicott (1984), cuando da sus indicaciones para la terapia en los casos de deprivación, señala que una de las metas es responder a la esperanza de los pacientes: “se debe responder como si fuera un S.O.S., un grito del corazón, una señal de socorro” (p. 165).
Muchas gracias.
Referencias
- Berrios Morales, C., & Pérez Carrasco, E. (2025). Soldaduras de transferencia: Efectos traumáticos en una víctima de trauma ocular. Equinoccio, 6(1), 73–90. Recuperado a partir de https://www.audepp.org/ojs/index.php/eqo/article/view/180
- Freud, S. (1893). Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos: comunicación preliminar. En Obras completas, Tomo II. Amorrortu editores, 1976.
- Freud, S. (1915 [1914]). Puntualizaciones sobre el amor de transferencia. En Obras completas, Tomo XII. Amorrortu editores, 1976.
- Khan, M. (1964). El concepto de trauma acumulativo. Rev. Psicoanál. Asoc. Psico. Madrid, 44: 117-137, 2005. Recuperado a partir de: https://www.academia.edu/26928143/Khan_2005_El_concepto_de_trauma_acumulativo?auto=download
- Khan, M. (1975). El rencor del histérico. En Cenizas Vivas. Editorial Winnicottalsur, 2024.
- Revuelto, L. F. (2025). Entre una ética y la politzia. Reflexiones sobre el psicoanálisis frente a la violencia, el silencio y el horror. Revista Kotan. Recuperado a partir de: https://revistakotan.cl/2025/08/05/entre-una-etica-y-la-politzia-reflexiones-sobre-el-psicoanalisis-frente-a-la-violencia-el-silencio-y-el-horror/
- Winnicott, D. (1960). La familia y la madurez emocional. En La familia y el desarrollo del individuo. Editorial Horne, 1984.
- Winnicott, D. (1960). La contratransferencia. En Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Editorial Paidos, 1992.
- Winnicott, D. (1965). El concepto de trauma en relación con el individuo dentro de la familia. En Exploraciones Psicoanalíticas I. Volumen I. Editorial Paidós, 2006.
- Winnicott, D. (1971). Clínica psicoanalítica infantil. Editorial Hormé, 1993.
- Winnicott, D. (1984). Deprivación y delincuencia. Editorial Paidós, 2006.