La herida azul en el oleaje de la memoria: Una reseña de “La noche de las Madres” de Marta Bardelli González

[RESEÑAS DE LIBROS[ Por el año 2022 se publicaba el libro «La noche de las madres. Metapsicología y cuentos de horror materno» escrito por Marta Bardelli González y publicada por HUMO ediciones. Varios años más tarde tenemos el agrado y la fortuna de compartirles una reseña de él que hizo Cristian Solar-Valenzuela. En ella nos ofrece una lectura atenta como quien se detiene a mirar, oler y sentir el movimiento de las olas y del viento para hacerse una idea de las condiciones del clima. Una trabajo sobre una mirada íntima, sobre la densidad del aire que la autora retrata en sus habitaciones que pareciera mostrarnos y presentarnos lo que en ella se respira y, más aún, un acercamiento a un horror que implica no desviar la mirada, sino que acompañar a mirarlo. Creemos que justamente esto último es a lo que nos invita esta reseña: a ser testigos de un testimonio.

Para que la rueda dé vueltas, para que la vida sea vivida, hacen falta las impurezas, y las impurezas de las impurezas; y pasa igual con el terreno, como es bien sabido, si se quiere que sea fértil. Hace falta la disensión, la diversidad, el grano de sal y de mostaza. El fascismo no quiere estas cosas, las prohíbe, y por eso no eres fascista tú; quiere que todo el mundo sea igual, y tú no eres igual. Pero es que ni siquiera existe la virtud inmaculada, o, caso de existir, es detestable.

Primo Levi

 

 

I. El rumor de las acuarelas y el parpadeo del papel

Antes de que la mirada descienda sobre la primera línea tipográfica, las manos se demoran, con una delicadeza casi flotante, en la propia materialidad del volumen: una caricia táctil que tropieza con la fluidez de un oleaje de acuarelas en densas tonalidades azules, desde el cobalto más profundo hasta el ultramar que roza la noche, interrumpido en su centro exacto por una rasgadura horizontal de un blanco inmaculado, como una hendidura en la tela del tiempo o un párpado que se resiste a cerrarse. Al recorrer sus páginas, descubrimos que cada capítulo se inaugura con ilustraciones pintadas en esas mismas tintas y acuarelas acuosas, donde círculos de azul lánguido y espirales umbrías parecen cobijar los abismos de la clínica; pequeños continentes estéticos para las cantidades desbordadas de dolor que habitan el texto. Son relieves mudos que susurran al lector la atmósfera de un viaje donde lo materno no será idealizado, sino pacientemente desenterrado de sus sepulcros discursivos.

Hay lecturas que, de manera semejante a ese aroma lánguido de un cuarto clausurado que de pronto, al abrir una ventana astillada, convoca la arquitectura entera de un pasado que creíamos a salvo bajo el polvo del olvido, nos obligan a descender por los pasillos más oscuros de nuestra memoria íntima. El texto de Marta Bardelli González, publicado originalmente por Editorial Humo E.I.R.L. en el año 2022, irrumpe en la quietud de nuestro presente con esa misma fuerza involuntaria, arrolladora y casi dolorosa. La obra se presenta como un tejido sumamente delicado y a la vez lacerado, donde la figura de la madre abandona el frío mármol de las estatuas sagradas para revelarse, en toda su crudeza, como un afecto abismal, como un destino del horror y de sus hondas, calladas e inenarrables vicisitudes.

Con una prosa que parece respirar el mismo aire denso de las habitaciones que describe, deteniéndose en los umbrales del trauma de manera que la escritura es, simultáneamente, la herida abierta y la cicatriz que tira, la autora deconstruye el «trípode ontológico imposible» que la cultura ha erigido sobre los hombros femeninos: la exigencia de ser una madre siempre virgen, tierna y feliz. Es en este espesor narrativo donde la obra entabla un diálogo íntimo con Pontalis (1977/1978); un diálogo que no se sostiene a través del frío andamiaje de los diccionarios, sino desde la intimidad vulnerable de su texto Entre el sueño y el dolor, el cual la autora recoge para pensar la densidad del sufrimiento y el peso de la transferencia. Al igual que Pontalis, Bardelli (2022) nos sumerge en la dolorosa constatación de que el sueño no siempre logra erigirse como el guardián pacífico del dormir. Hay noches en las que el sueño es apenas el escenario resquebrajado donde la pesadilla irrumpe con violencia, revelando el fracaso del aparato psíquico para filtrar y tramitar las cantidades excesivas de una excitación que quema la piel y de la cual no es posible despertar con un simple parpadeo. Esta mirada se nutre y expande con la rigurosidad metapsicológica de Bleichmar (1993), referente de la autora, quien nos enseñó que los cuidados maternos fundan los orígenes del psiquismo infantil, despertando una sexualidad originaria y pulsional que, en ocasiones de desamparo, arrasa a la propia mujer en un ejercicio ciego donde el amor y el odio se vuelven indistinguibles en la espesura de la crianza

II. La costra del detalle y el rastro indiciario en la bruma de la historia

Para intentar asir la verdadera magnitud de este dolor, un dolor que se adhiere obstinadamente como una «costra» reseca al cuerpo materno, resulta iluminador el entrelazamiento con las nociones historiográficas de Ginzburg (1986/1989). Desde su paradigma indiciario, nos insta a desviar la mirada de los grandes monumentos oficiales para leer la inmensidad de la historia en las anomalías, en las huellas fugaces y en los rastros marginales que suelen ser barridos bajo la alfombra del tiempo. Bardelli (2022) opera, en este sentido preciso, como una verdadera microhistoriadora de los recovecos del psiquismo: con una paciencia clínica casi arqueológica, ella lee el trauma, silencioso pero estridente, en el rechazo visceral al penetrante «olor a pan quemado» que inunda la soledad de una cocina, en las «migas de pan» esparcidas y olvidadas bajo la sombra de un pesado sillón, en los minúsculos «ácaros migrantes» de una habitación asfixiante y en los ecos de una casa vacía en pleno proceso de mudanza.

Es a través de la atenta recolección de estos indicios domésticos que la autora logra desarmar el pesado discurso dictatorial que alguna vez inundó a la nación entera con la imagen higienizada, plana y carente de vida de las «mamitas de Chile». Esta categoría, acuñada históricamente por Lucía Hiriart para iniciar sus discursos al país y canalizada a través de instituciones como CEMA-Chile para adiestrar a las mujeres en la abnegación de bajo costo, es examinada a la luz de las investigaciones de la historiadora Valdivia (2010). Bardelli (2022) nos muestra cómo ese discurso dictatorial replegó la sexualidad femenina a una posición de sumisión desprovista de deseo, forzando un nudo ciego donde la mujer quedó atrapada en una imagen disociada entre la madre nutricia y el cuerpo sexualizado. Frente a esta violencia que silencia, la autora opone el rastro de la resistencia cotidiana, visibilizando la rabia palpante, el cansancio acumulado en las ojeras y el desamparo absoluto de cuerpos profundamente machucados.

III. La zona gris del desamparo y el silencio de las desdentadas

Esa soledad inefable de la madre que busca en la vastedad de sus días y no encuentra una sola mirada que la sostenga, nos conduce, como en un descenso inevitable por una escalera de peldaños asimétricos, a los oscuros barracones del trauma abordados por Levi (1986). En las páginas de Los hundidos y los salvados, Levi describe con atención esa zona gris y la terrible petrificación que sufre el ser humano cuando se enfrenta a un dolor inasimilable, a una catástrofe que excede cualquier capacidad de elaboración psíquica. Las figuras que deambulan por el texto de Bardelli (2022) —la «madre moribunda» que se desvanece débilmente en su propia casa, la «madre diáspora» expulsada de sus propios sentidos y lanzada al vacío, y aquella mujer agobiada que sobrevive en un estado de insomnio perpetuo, aterrada por un mundo que transcurre en cámara rápida mientras ella permanece paralizada— habitan una temporalidad quebrada, astillada, que se asemeja irremediablemente a la de los sobrevivientes de los grandes horrores de la historia.

Esta petrificación no es una abstracción metafórica; se encarna en el cuerpo, en la desdentada que intenta moldear burdamente con «gutapercha» artesanal los agujeros de su boca para disimular la miseria, y en aquella bufanda roja que se vuelve una «bufanda-boca» para amortiguar el sonido distorsionado de una voz que el mundo se niega a escuchar. Aquí, los ojos de los hijos se secan y se encaminan hacia su propia petrificación; no hay lágrimas de alivio, solo un desierto relacional donde la madre vive en una dimensión inaccesible. Esta dimensión es la que la psicoanalista Dominique Guyomard (2013), cuya dolorosa partida en el año 2015 dejó una marca imborrable en la autora, conceptualizó como el dolor inmenso de la madre al tener que soportar que a quien le ha dado la vida, también le ha dado, inevitablemente, su muerte.

IV. El analista en la tormenta de fuego y el testimonio del testigo póstumo

Esta dimensión transgeneracional y colectiva del dolor es recogida en las reflexiones de Davoine y Gaudillière (2011), quienes en su clínica del trauma social nos advierten cómo los grandes silencios de la historia, de las guerras y de las dictaduras se inscriben como marcas invisibles en el cuerpo y la psique de las generaciones siguientes, exigiendo la figura de un testigo capaz de resistir el impacto brutal de ese horror sin desintegrarse. El texto de Bardelli (2022) asume esta labor fundamental, proponiendo una escucha clínica que se niega a retroceder ante el vacío representacional. Ella denuncia con fuerza la tentación de los profesionales que, atrapados en su «metro cuadrado» y en sus prejuicios de clase, responden ante el dolor materno con una «psicoeducación» inofensiva y moralizante que solo sirve para ahorrarles el trabajo de hacerse preguntas.

Frente a la violencia institucionalizada —como aquella que obligó a Lorenza Cayuhan a parir engrillada en el año 2016 o la brutalidad patriarcal sufrida por Nabila Rifo en el mismo año— la autora propone «la vía traductiva». Traducir para la madre lo que observamos en el hijo, resguardando las hebras íntimas de su decir y jugar, no implica juzgarla ni suplantarla; implica activar su sistema percepción-conciencia para que pueda, finalmente, ver al hijo como un otro separado de sus proyecciones. El analista en transferencia se convierte, así, en un «testigo póstumo»: aquel que acompaña de la mano al paciente a transitar de nuevo por los lugares del horror, pero esta vez con la certeza de que no está solo en la pesadilla, de que ahora hay alguien ahí para sostener la caída.

V. El tiempo suspendido bajo el sillón y la orilla de una siesta interminable

En las postrimerías de esta obra, el tiempo deviene espacio para ser transitado, medido y aplanado. El niño insomne que se esconde bajo el sillón calcula con exactitud científica los centímetros cúbicos de su refugio, intentando infructuosamente resguardarse de la «mirada ancha» de una madre que lo borra de la escena relacional. Se trata de la dolorosa constatación de que la formación analítica no es un triángulo sagrado de tres patas, sino una mesa coja que exige, de manera imperativa, la incorporación de la «cuarta pata»: la propia historia, los duelos no elaborados y la subjetividad del analista expuesta al sufrimiento del otro.

Esta herencia es la que se despliega en el capítulo final del libro, «A la orilla de una siesta», donde la autora nos presenta la conmovedora imagen de una anciana de 72 años cuidando a su madre moribunda de 98. En este límite de la existencia, donde los excedentes de madre no se pueden devolver en ninguna institución, la sombra gris de la vejez se funde con el recuerdo de aquellos «96 panes al año» que servían para alimentar las penas y abrir la puerta, temblando de miedo, hacia el horror del mundo exterior. Al encontrar las «95 cartas de amor» de los muertos, la autora nos regala un testamento clínico ineludible: la certeza de que el inconsciente freudiano es, ante todo, un espacio político que nos obliga a hilar fino, a traspasar la superficie de las consignas epocales y a tolerar la incomodidad de un encuentro asimétrico para que el vacío de la historia pueda, finalmente, comenzar a poblarse de nuevos relatos y canciones de cuna en el desierto. 

Al llegar al término de esta obra, se despierta una gratitud silenciosa y conmovedora, un deseo íntimo de abrazar la calidez de su decir. Con un rigor metapsicológico implacable que nunca pierde su latido humano, con una potencia clínica capaz de sostener las verdades más ásperas y dolorosas del desamparo, y con un atrevimiento luminoso que desafía las verdades sacralizadas de nuestra historia, este libro no es solo un tratado; es un regazo tibio, un testimonio de amor hacia la clínica que nos revela, en su último susurro, que estamos ante la herida azul en el oleaje de la memoria: un umbral fundamental para el desarrollo del psicoanálisis en Chile.

 

Referencias

Bardelli González, M. (2022). La noche de las madres: Metapsicología y cuentos de horror materno. Editorial Humo E.I.R.L.

Bleichmar, S. (1993). La fundación de lo inconciente. Amorrortu Editores.

Davoine, F., y Gaudillière, J.-M. (2011). Historia y trauma: La locura de las guerras (M. Saúl, trad.). Fondo de Cultura Económica FCE.

Ginzburg, C. (1989). Mitos, emblemas, indicios: Morfología e historia (C. Catalli, Trad.). Gedisa. (Obra original publicada en 1986)

Guyomard, D. (2013). Nace una madre: Del vínculo a la relación. Catalonia.

Levi, P. (1986). Los hundidos y los salvados (P. Gómez Bedate, Trad.). Muchnik Editores.

Pontalis, J.-B. (1978). Entre el sueño y el dolor. Editorial Sudamericana. (Obra original publicada en 1977)

Valdivia, V. (2010). ¿Las «mamitas» de Chile? Las mujeres y el sexo bajo la dictadura pinochetista. En J. Pinto Vallejos (Ed.), Mujeres: Historias chilenas del siglo XX (pp. 85-112). LOM Ediciones.

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