Acerca de la curiosa percepción de líneas que no vemos

[ESCRITOS] ¿Qué ocurre cuando el cuerpo parece actuar antes de la conciencia? A través del tenis, Diego Cruz explora esa pregunta recurriendo a Henri Bergson para pensar la percepción, la memoria, el hábito y el movimiento.

 

Esperar una atracción
en la que cesan en mí todas las habituales cavilaciones
y mi pensamiento se convierte en pura reflexión sobre el
mundo. 

Peter Handke

 

Jugar un partido de tenis es, ineludiblemente, encontrarse con el pensamiento. Frente al local donde encuerdo mis raquetas cuelga un cartel que dice: “El tenis es un deporte de silencio”. Si bien la afirmación es más una invitación a guardar silencio que la constatación de una verdad, es cierto que es un deporte de ruido ambiente bajo, lo que produce relieves en los sonidos que sí se emiten; golpes, gemidos, lamentos, felicitaciones y ocasionales conversaciones entre quienes juegan. Este escenario dota al tenis de una particularidad, pues la ausencia de ruido ambiente se vuelve un espacio para el pensamiento. No son pocos los psicólogos deportivos que predican ideas relacionadas con el pensamiento positivo “Háblate bien”, dicen. Si bien son formulaciones con derivas problemáticas, como la manera en que el mandato exigente de hablarse bien puede redoblar el peso que el pensamiento tiene en su vida silvestre, se dirigen a un punto que no debemos descartar: el pensamiento sin bordes puede interrumpir el movimiento que el tenis exige. 

Diego Schwartzman, tenista argentino de notable carrera, en particular por su baja estatura, comentó en una entrevista que sus mejores partidos siempre fueron cuando no se hablaba así mismo y su mirada estaba aparentemente perdida. El dirigirse la palabra a sí mismo es una de las estrategias para acotar el pensamiento, pero puede ofrecernos escenas muy curiosas: “Que mal que la estoy pasando”, se gritaba Gastón Gaudio frente a miles de personas. No siempre, pero en ocasiones el habla es el tránsito entre el pensamiento (con su inquietante movimiento) y la escena masoquista: el jugador se desdobla para humillarse frente a la mirada de los otros. Ya no es él quien recibe la agresión, sino quien se agrede. 

En un partido que perdía por 3-0 con un amigo que suele ganarme, tuve un pensamiento: “baja el centro de gravedad y juguemos todo cruzado. Es zurdo y le va a complicar el revés”. Servía él y lo hice así. Todas las pelotas que pude pegué cruzado y con el centro de gravedad bajo. La idea, el plan (que me repetía a cada vez), ordenó la serie de inquietantes pensamientos que se habían derramado en esos tres primeros juegos. No es que dejé de pensar, sino que el pensamiento tuvo una relación más apegada al movimiento que ese partido me exigía. En una ocasión, sacaba él cruzado. Era un saque que solía ir a la “T”. Me paré atrás y salté hacia el centro para tomar la derecha, cruzada otra vez. Respondió con un revés cruzado plano, que devolví levantando la pelota con mis piernas flectadas. Saltó y con sus dos manos volvió a tirar un revés, un poco más globeado y más corto. Me adelanté, de nuevo con mis piernas flectadas y tiré otra derecha cruzada, profunda. Su respuesta fue cada vez más corta, y la pelota quedó en esa zona en que la cancha se abre. De nuevo el pensamiento. Era un momento en que podría haber cambiado la dirección, tirado una pelota corta, cualquier golpe era posible. Pensé, en un tiempo misterioso y enigmático, en Rafael Nadal, que para ganarle a Roger Federer en la final de Roland Garros el año 2008, había jugado todas las pelotas a su revés y alto. Ese pensamiento acompañó mi derecha, que volvió a ir cruzada para cerrar el punto. De algún modo sentí que era Rafael Nadal, empujando la pelota hacia un mismo lugar, una y otra vez. 

¿Cuánto tardamos en producir una imágen así, en traer un referente como ese para tomar una decisión que no tiene más de un segundo para tomarse? ¿Es acaso esto verosímil? ¿Cuál es el tiempo del pensamiento? y ¿Cómo pensar la relación entre ese tiempo y la posibilidad de este de desarmarnos, impedirnos la tarea en la que estamos?

Una clave para pensar estas preguntas es la noción de percepción con que trabaja Bergson (2006). En principio habría que decir que este concepto no puede separarse de la noción de memoria. La percepción es un recorte de aquello sobre lo cual podemos obrar y que puede obrar sobre nosotros, mediado por un ejercicio de memoria que evoca las percepciones pasadas y las dispone para resolver una determinada situación. Lo primero para pensar la percepción, entonces, es sacarla de su nivel contemplativo, para introducirla en el movimiento de los objetos, en nuestra posibilidad de accionar sobre ellos, y en el modo en que estos accionan sobre nosotros. Esto es particularmente interesante en el tenis, pues el recorte perceptivo requiere de elementos diversos que configuran un campo visual dinámico; la red, las líneas (que no vemos en detalle pero que percibimos, pues nos sujetan), el rival y su posible desplazamiento, nuestro cuerpo, la raqueta y por supuesto, la pelota. Dice Bergson (2006): “Si toda percepción usual posee pues su acompañamiento motor organizado, el sentimiento de reconocimiento usual posee su raíz en la conciencia de esta organización. Es decir, que habitualmente actuamos nuestro reconocimiento antes de pensarlo. Nuestra vida diaria se desarrolla entre objetos cuya sola presencia nos invita a jugar un rol (…)” (p. 109). Esto me parece muy importante, pues los elementos mencionados (que podrían ampliarse) se recortan en su organización, de la cual nuestro cuerpo se hace parte. Percibir es ya iniciar una acción o bien estar en medio de ella: la pelota sale de la raqueta del rival y el tronco ya comienza a girarse para recibirla en el punto exacto en que esta puede 1) partir con fuerza 2) con el efecto suficiente para que pase arriba de la red pero no más allá de la línea 3) en la ubicación adecuada para que incomode al rival. Percibimos una organización de elementos, pero la manera en que esta organización nos empuja a la acción, o que la acción nos lleva a organizar los elementos de un cierto modo, está mediada por procesos en que trabajan dos tipos de memoria. 

Por un lado, Bergson conceptualiza las imágenes recuerdo como “todas las percepciones pasadas análogas a una percepción presente”, que nos liberan del ritmo de la “necesidad”. Estas prolongan y conservan el pasado en un presente que se enriquece con él, sustrayéndose de este modo a la ley de lo estrictamente necesario. Podríamos ubicar la referencia a Nadal en este plano de la memoria. La riqueza se produce en la combinación; una situación presente (los golpes de mi rival) se combina con elementos análogos (mi visionado en youtube sobre la estrategia de Nadal para ganarle a Federer) y configuran un porvenir novedoso (cambio en la dinámica del partido). 

Por otro lado, tenemos la memoria en su vertiente de hábito o esquema ideo-motor, la cual se encuentra orientada en sentido de la naturaleza: repiten y reproducen, se asientan en el presente del hábito (que es pasado cristalizado) y miran el porvenir. El golpe no se piensa, se ejecuta de un cierto modo, es decir, el movimiento es su manera de expresar el pensamiento que contiene. 

Es interesante que estos dos modos de memoria dialogan de tal manera que la percepción resulta disminuida cada vez que un hábito se estabiliza, pues la repetición del mismo suspende o vuelve inútil la pregunta. El hábito trabaja en el ritmo de la necesidad, la memoria se enraíza allí pero aporta elementos que introducen lo virtual: aquello que ya no actúa pero que podría actuar. 

Esta tensión permite pensar en la rivalidad Sinner-Alcaraz. Dos estilos diferentes en la cúspide del tenis, si acaso la cúspide admite dos. Al menos, en ese nivel, se exige un dominio absoluto del hábito: golpes, físico, técnica, repetición incansable de movimientos ejecutados en una alta velocidad. En este primer punto, Sinner domina. Si se trata de repetir el mismo golpe aumentando la intensidad sin aumentar el error, el italiano no tendría rival en el circuito. Domina el registro de la necesidad como ningún otro. Alcaraz, por su parte, parece un jugador más libre; a partir de lo necesario introduce virtualidades que modifican el partido, a los jugadores, y en último término, al tenis. Podríamos decir que Carlos Alcaraz corre el riesgo de introducir la percepción (y en este sentido abrirle la puerta al espíritu) como un modo de habitar creativamente el juego. No siempre lo hace, son momentos específicos, destellos en que ello aparece. Y por supuesto, el ingreso del espíritu no siempre conviene a la naturaleza de una situación. 

Respecto de la libertad, tendríamos que decir que en Bergson (2006) no funciona como un imperio dentro de otro imperio, sino en la posibilidad de apartar obstáculos, “de extraer del todo real una parte virtual, escoger y liberar en fin lo que le interesaba (a la conciencia); y si a través de esta selección inteligente atestigua que toma su forma del espíritu, es de la naturaleza que extrae su materia” (p. 254). Es decir, la conciencia se complejiza extrayendo del pasado experiencias para componerlas con el presente y tomar decisiones más ricas y novedosas. Ahora bien, esto en ningún caso pone a Carlos Alcaraz por sobre Jannik Sinner. La libertad siempre echa raíces profundas y se compone íntimamente con la necesidad; el espíritu toma de la materia las percepciones de donde “extrae su alimento”, y se las devuelve bajo la forma del movimiento en la que ha plasmado su libertad. Jannik no necesita (tanto) salir del hábito para responder a cabalidad en cada una de las situaciones que enfrenta, pues su manejo del hábito no tiene comparación. Está solo allí. “Está golpeando mucho mejor que yo”, decía Carlos en medio de un partido. Alcaraz, por su parte, busca dominar el hábito para encontrar ese punto en que lo virtual puede hacer del tenis, en esa jugada, otro deporte. 

Bibliografía:

Bergson, H. (2006). Materia y memoria: Ensayo sobre la relación del cuerpo con el espíritu (P. Ires, Trad.). Editorial Cactus.

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