La escritura es un vínculo

[COMENTARIOS DE RESEÑAS] A propósito de la reseña escrita por Cristian Solar-Valenzuela acerca del libro «La noche de las madres: metapsicología y cuentos de horror materno» de Marta Bardelli González el pasado 11 de agosto. La autora se tomó el tiempo de escribir una respuesta sobre el texto de Cristian, donde no sólo se detiene a pensar sobre una ética y el quehacer terapéutico sino que en el trabajo de reconocimiento y creación entre psicoanalistas como un ejercicio de historización. Como propone el título «la escritura es un vínculo, que traduce, que recorta, que olvida, que recuerda nítidamente como el recuerdo encubridor freudiano; la escritura es un vínculo que construye lo nuevo».

1Pintura por Renato Órdenes San Martín en «La noche de las madres: metapsicología y cuentos de horror materno».Comentario a la reseña de Cristian Solar-Valenzuela, sobre el libro “La noche de las madres” titulada “La herida azul en el oleaje de la memoria”.

 

Para Cristian Solar-Valenzuela

16 de agosto, 2026

 

No es fácil escuchar

Tampoco mirar

Y más allá de que los teóricos e historiadores del psicoanálisis, se llenen la boca y la mano, diciendo y cogiendo un psicoanálisis que surgió de la mirada y transicionó a la escucha, sabemos que ninguna de esas zonas erogenizadas están garantizadas. 

Porque la mirada y la escucha requieren trazos de una ética que permita hacer un doble movimiento: por un lado acoger lo que no emerge de una, y por otro, decir lo que intenta encontrar la forma para abrazar a un otro, a una otra. Abrazar y no abrasar. Acá están los trazos de una ética a la que cada día aspiramos.

¿Qué ocurre cuando tenemos en nuestras manos un escrito?

¿Cuándo tenemos en nuestras manos una historia?

¿Cuándo tenemos en nuestras manos un/una recién nacido/a en busca de humanidad?

¿Cuándo tenemos en nuestras manos unas monedas, a veces para dar, otras para juntar?

¿Qué ocurre cuando tenemos en nuestras manos un latido invisible, pero no por eso insensible?

¿Qué ocurre? 

Porque hay latidos que no se ven, pero se sienten al estar con otrxs, es más, al estar con los trazos que otrxs dejan en el espacio. A veces son huellas sonoras, otras visuales, otras tactiles. ¿Cómo se sostiene ese latido invisible de forma tal que no lo haga evaporarse?

Porque a veces lo que se sostiene, se sostiene con una fuerza que termina haciendo añicos al latido que intentaba pulsar. Otras, lo que se sostiene, se sostiene de manera tan floja que lo que intentaba conservar una materialidad, cae. Estas maneras de sostener pueden forman parte de la llamada “escucha analítica” de aquellas historias vulnerables, no sólo en el sentido de la vulnerabilidad que portan las vidas, sino que, ante todo, en relación a la vulnerabilidad que está en juego en toda posición asimétrica de poder, más aún en los dispositivos psicoterapéuticos y psicoanalíticos. Reconociendo esto, tal vez conociéndolo para algunos, tal vez intentando no olvidarlo para otros, es posible pensar en la figura de esas manos que sostienen,  imaginar esas manos que sostienen un libro. ¿Para qué se toma un libro? 

¿Para intentar hablar de él?

¿Para intentar hacer las conexiones con los pensamientos que se anuncian en una?

¿Para sacar sus hojas y utilizarlas para cubrir un ventanal sin cortinas?

¿Para sacar sus hojas y dejar el libro con lagunas que desorientarán a futurxs lectores?

¿Para usar sus hojas, como en los años ‘80 se usaba el papel de diario, transformado, arrugado, suavizado, cuando no había papel higiénico? 

¿Para utilizar sus hojas y borrarlas con un corrector que no deje huella de lo que ahí originalmente estaba escrito?

¿Para usurpar esa hoja y escribir encima lo que una quiera haciendo el movimiento no del olvido, sino de la denegación de lo que alguna vez una otra, un otro quiso decir?

¿Utilizar sus hojas para ejercitar una arcaica proyección masiva, que no permitirá nunca leer lo que ahí está escrito?

Sabemos, los seres humanos a veces abusamos de la hipérbole. Nunca es tan radical la utilización de una hoja que se sostiene en las manos. Nada es tan absoluto. Primo Levi nos lo recuerda:

“Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta”. (Si es es un hombre, 1947).

Hoy escribo esto absolutamente conmovida porque me he encontrado con un escrito que me ha impactado, porque se conjugan dos ejercicios de la simbolización escasos hoy en día. Se conjuga la posibilidad de crear a partir de la creación de una otra, junto con la posibilidad de darle lugar -sin borrar el vínculo con esa escritura anterior- al propio pensamiento. Creación y reconocimiento, parece que son una dupla en extinción. Nuestros tiempos no sólo nos dificultan el soñar y el síntoma, sino que también nos dificultan el olvido, no sólo de nosotras mismas, sino que también de la presencia de un otro, de una otra escritura. olvidos, que sabemos, constituyen la simbolización que guarda lo vivido: desplazándolo, condensándolo, figurándolo, desfigurándolo, soñándolo… 

La escritura de Cristian Solar-Valenzuela, es creación y reconocimiento. La manera en que inventa los puentes entre los “ácaros migrantes” y las “migas de pan”, entre el “volumen bajo un sillón” y las “costras de las desdentadas”, es un ejercicio de condensación que permite, trabajo del sueño mediante, construir nuevas figuras que expanden las historias y el pensamiento. Historizar no es sólo un trabajo psíquico al interior de un dispositivo psicoanalítico; historizar es también un trabajo psíquico al interior de los enlaces entre lxs psicoanalistas. Historizar es deslizar y desrigidizar lo hallado, volverlo blando y poder así unir los fragmentos de manera inédita, siempre es inédito lo que resulta para las manos del creador. La escritura es un vínculo, que traduce, que recorta, que olvida, que recuerda nítidamente como el recuerdo encubridor freudiano; la escritura es un vínculo que construye lo nuevo.

Mi gratitud a Cristian Solar-Valenzuela y a todas y todos quienes han detenido un poco los tiempos fugaces para poder pasar por territorios ásperos, pobres, desdentados, heridos pero, sobre todo, vivos . 

¿Acaso no es esa la herida azul en el oleaje de la memoria que nos propone la lectura-creación de Cristian Solar-Valenzuela?

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    Pintura por Renato Órdenes San Martín en «La noche de las madres: metapsicología y cuentos de horror materno». ↩︎
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