Entre una y otra cosa

[ESCRITOS] Como si fuesen marcas de pisadas en las orillas de una playa que se pierden con las olas o del rocío de las mañanas que posa gotas sobre hojas que después se pierden con el sol, este texto trae un recorrido de formas, olores, imágenes, sensaciones e incluso de un espinoso jardín de rosas que dejan un registro de algo imperecedero.

Crecí en un cuarto hecho por mi abuelo, en una casa que sólo se termina si se emplea un ensueño, digamos, si se enviste en ella una fantasía de seguridad. He ahí una casa terminada psíquicamente, austera y sencilla. La recuerdo de manera vaga. Fue construida con la forma suficiente como para soñar que era un nido. La verdad es que no quisiera volver a vivir en algo así, porque, a esta edad, realmente no me pertenece. Lo recuerdo, era una casa que, por su pobre elaboración, conservaba aún el impulso inicial, una fuerza germinal, como esos cuadros de Klee donde las figuras más abstractas parecen estar iniciando su existencia. En esa casa hecha por un campesino, estoy seguro, se estaba al principio “de algo”. De mi abuelo diría, lo que dijo Huidobro de su padre, que “sus manos eran más admirables que la noche”. Nada nos une sanguíneamente, pero sí los recuerdos. Angenor es su nombre, y hasta el día de hoy, aunque no lo vea y sienta, a veces, que nuestra relación está por acabar, una parte mí desea soñar que algo lo hace especial, y que mi familia, también lo es. Pienso entonces en Homero, por ejemplo, en La Ilíada, pienso en un héroe casi anónimo llamado Antenor, nada más, es lo que basta, una fantasía sencilla, una asociación simple entre su nombre y el poeta.

Siempre crecí con un sentimiento de debilidad, pero a la vez sentía un optimismo dentro de mí, un optimismo que, hasta el día de hoy, realmente no me esfuerzo en sostener. Al reflexionar un poco, no puedo no vincular este sentimiento a mi infancia, en cierto sentido, es lo que me queda de ella, y es lo que a veces me brinda inspiración. ¿No es esto una forma de “mediar” con la vida? La vida es vida mediada, pero en ocasiones, paradójicamente, algo inmediato, abrupto o sigiloso, nos hace dudar. Cuando se piensa en la infancia, sin esperar que algo interceda en su auxilio, a saber, ni derechos universales, ni instituciones, ni padres, ni ángeles, de pronto, se llega a percibir en la infancia algo sorprendente. De improviso, este sentimiento me hace pensar que la infancia es una manera de protegernos, y que, en el fondo, la infancia se protege a sí misma. 

La infancia, para mí, fue ese momento de mi vida en que todo fue suficiente como para sentir que el cielo guardaba un secreto. Entonces iba en soledad al jardín de mi abuela, un pequeño jardín de rosas, iba, deseando el retiro, a jugar con las espinas. Allí, en un rincón, soñaba con una saga de héroes dispuestos a la muerte. Cuando se es niño, se “juega” a que la muerte es posible, y se repite la idea una y otra vez como si se tratara de encajar una pieza en el espacio correspondiente. Después, al crecer no se hace de esta manera, no se juega, por ejemplo, a esconderse de los otros. ¿No es curioso? Qué desdicha se sentía cuando el tiempo pasaba, y aquel virtuoso poder de independizarse del mundo terminaba siendo una penosa impotencia, hasta que llegaba la necesidad, casi angustiante, de ser encontrados: “aquí estoy”, se decía, quizá menos abstracto y más urgente que “yo soy”, aunque sin duda menos reflexivo, o sea, más volteado a un otro que a sí mismo. En un hermoso ensayo, Gastón Bachelard lo refiere: “La conciencia de estar solos, siempre es la nostalgia de ser dos”. Asumo esto, por lo demás, ¿Quién ha visto su rostro si no es en una imagen? El rostro es lo que ofrecemos a los otros, y sólo sabemos de él de una manera indirecta. Ahora bien, no sé si realmente se pueda aceptar que nuestro sentimiento de incompletud sea superado únicamente por un reflejo alienante. Hay ciertos registros en el cuerpo que brindan una sensación de mayor integridad, mucho más primitivos que la vista, como lo es la sensación cálida en la piel, envolvente y confortante de algo que contiene. Quizá, al nacer, el bebé se siente a sí mismo más completo de lo que se cree.  No sé cuánto sepamos de la infancia (al parecer demasiado), quizá uno quiera soñarla antes de conocerla, quizá realmente sea un sueño, ¿No pasa así con todo lo que trata de orígenes? Objetivamente la infancia existe, es cierto, pero no nos basta con saber lo que es. La infancia desde adentro es extraña, es como un cuarto al que no se deja de entrar, y uno quisiera volver a ella como se vuelva a las cosas sagradas. De una manera similar, nos apartamos cuando ha sido dolorosa, en una retirada desconcertante como si su ruptura marcara algo irreversible. 

Sólo los adultos piensan la infancia. El niño apenas tiene una idea de lo que significa, no hace teoría de sí mismo. Recuerdo una historia sobre Lao-Tse. La historia narra que el sabio, durante la noche, abandonaba el vientre de su madre para estudiar el tao, me imagino porque era capaz de vivir en el interior como un bebé y al mismo tiempo de salir al exterior resuelto como un anciano. Puede que la interpretación sea esa, sin embargo, todo es confuso. Recuerdo una anécdota, cuando acompañaba como psicólogo a personas mayores, al menos en tres ocasiones les hablé, insidiosamente, de un salmo donde Dios refiere que la vejez es como un fruto inmaduro, de pronto, a todas y todos les hacía sentido saberse incompletos, y entusiasmados sonreían y comenzaban a hablar como si les faltara algo, como si desearan algo, y, sin embargo, como si fuera justo ser lo que eran en ese momento.

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