El 26 de Junio nos reunimos para comentar la sensible historia de PunPun, para algunxs el primer acercamiento al formato manga, para otrxs, algo conocido. No obstante, más allá de la forma, nos convocaron las resonancias que nos trajo la lectura de esa historia de un niño-pájaro que junto a sus amigxs se enfrentan a los vertiginosos momentos de hacer las cosas por «primera vez», de ir inscribiendo un mundo al mismo tiempo que se va conociendo.
Ser testigos de sus primeras experiencias amorosas, de lo enigmático de una sexualidad que reaparece, de esas promesas que han de intentar cumplirse con una fuerza que sólo un niño conoce y de lxs otrxs que se hacen importantes en ese camino. Eso nos hizo sentir que justamente fue ese conjunto de cosas, por separado y en relación , lo que le permitió salvaguardar algo de sí, tener un soporte ante en un mundo adulto que se nos aparecía de un modo grotesco y caracterizado por mucha brutalidad.
A pesar de esto, el niño pájaro quería irse del planeta lo que nos llevó a sentir que tal vez estaba al tanto de que hay algo crudo en la realidad que vive, una crudeza que en el texto se juega con ciertas sutilezas en los diálogos, que se contrasta con imágenes que no alcanzan (o no buscan?) velar los cuerpos golpeados y heridos, los padres borrachos y las madres fanáticas, elementos que también son parte del mundo de los niños. En ese sentido, PunPun nos despertó recuerdos de infancia de hogares que siguen viviendo con nosotrxs, de sensaciones e imágenes que usamos para poder lidiar con realidades que muchas veces nos pasaban por encima, PunPun le rezaba a diosito «Diosito, diosito, tin tirirín» y nosotros ¿a quién?
¿Hay algún corte entre infancia y adultez? Algo de eso resonó en el diálogo, cuando alcanzamos a reconocer la mirada con ojos adultos que pusimos sobre el relato, algo que en un segundo momento se nos hizo ajeno. Adentrarnos en una realidad observada por los ojos de niñxs, fue hacernos testigo e intérprete de lugares que muchas veces se volvían confusos. Como la violencia cruda que los ojos de PunPun parecían todavía no poder registrar y, quizás, otras cosas que a través de nuestros ojos adultos también dejamos de ver.
Frente a ello apareció el recuerdo de una lectura anterior : en «Formas de volver a casa» de Alejandro Zambra, ante los ojos de los padres el niño se perdía de camino a casa, pero la cuestión es que este si sabía cómo llegar, no estaba perdido, todo lo contrario, era a él a quien «se le habían perdido sus padres». Los adultos entorpecen todo dirán algunxs niñxs que pululan por este territorio, pues pareciera ser que son aquellxs los que hacen existir problemas donde antes no existían. Después de leer PunPun podemos decir de una manera más elaborada que los problemas, sin duda, no comienzan creciendo.
Una representación más velada e higenizada del horror quizás nos volvió más sorpresivo los retratos de la violencia en la infancia. ¿Qué podemos hacer con la paradojal vergüenza de oriente y la culpa de occidente? Todas estas son algunas ideas de lo que pudimos conversar en nuestro tercer encuentro, no sabemos cómo responderlas pero sí al menos guardamos registro de sensaciones y palabras encontradas una vez más en el Kotan.