Pudo ser cualquiera de nosotrxs, pero ¿quién es ese nosotrxs?

[REFLEXIONES] Reflexiones en torno a lo ocurrido en el partido de Independiente con Universidad de Chile en Avellaneda el pasado 20 de agosto de 2025. Desde la constitución de una identidad individual y colectiva, en su relación con la cultura, la agresividad y las estructuras sociales, Javiera Cáceres nos invita a pensar el lugar de lo ajeno y de la diferencia. Se plantea que lo colectivo requiere tolerar aquello que suele leerse como amenaza y muestra como las estructuras de poder fallan en su función de sostén, reproduciendo lógicas de opresión. Nos advierte que cuando esas mediaciones simbólicas se quiebran, la violencia no solo irrumpe, sino que se normaliza, y recae en ciertas vidas que son sacrificables. Más allá del fútbol, la reflexión abre el espacio para pensar en cómo la violencia es gestionada y transformada en espectáculo.

Pensar lo identitario requiere el reconocimiento de un Otro que pueda decirte: ¡Este eres tú!, posibilitando la creación de una imagen unificada de sí mismx. Lo colectivo se puede entender también como un espejo del propio yo, un espejo común que posibilita la pertenencia, puedo verme reflejado en ese grupo. Por tanto, en un partido no solo se juega el triunfo, sino también la posibilidad de sostener algo del yo propio, como una voz recíproca que sostiene la imagen individual y colectiva. En esta configuración se instala un límite, una separación entre lo interno y lo externo, una frontera para una identidad emergente.

Toda frontera implica la existencia de otro situado en el lugar de lo ajeno, un otro que trae consigo la diferencia. Lo cultural exige una renuncia: abandonar la ilusión de la unión plena con lo que está más allá de sí, abandonar el mito del amor romántico y la media naranja. La homogeneidad imaginaria es el dispositivo que se construye negando y anulando dichas diferencias que sostienen realmente lo cultural, se requiere entonces abandonar la fantasía de que “somos iguales” y posibilitar que emerja eso que a primera vista “separa”. Constituirse en lo colectivo supone entonces tolerar el vacío que abre la diferencia, aceptar que el otro coexiste sin borrarlo y confronta al sujeto con su propia identidad.

¿Acaso puede tolerarse esa diferencia como constitutiva

o solo puede vivirse como amenaza a eliminar?

La agresividad es constitutiva del yo y de las relaciones con el otro, pues implican un resto hostil que de algún modo habita una amenaza al narcisismo propio del sujeto. Sin embargo, la posibilidad de tramitar esa agresividad requiere de un marco simbólico que la contenga, un espacio donde pueda expresarse sin transformarse en pura voracidad destructiva.

El juego, como metáfora de lo social, sólo es posible en la medida en que existen reglas que lo encuadran: si se hace trampa, el juego se rompe; si se transgreden las normas, se termina.

El lenguaje, las leyes, reglas, instituciones y la autoridad, funcionan como marcos simbólicos que modulan la agresión y permiten que la confrontación no se vuelva aniquilación. Se inscriben como un borde simbólico y abren la posibilidad a un espacio de mediación entre el yo y lo ajeno.

Cuando los marcos regulatorios – el lenguaje, leyes, reglas, instituciones, autoridad— fallan en su función mediadora lo que se abre es un vacío. En esos quiebres, las instituciones dejan de sostener los lazos simbólicos que organizan lo social y ese vacío no solo habilita la violencia, sino que erosiona lo común. Posibilitar una vida en común demanda una renuncia a la satisfacción inmediata de las pulsiones, a la expulsión de la agresión sin mediación, por ejemplo, e interpela la posibilitad de establecer normativas para que esta vida en común sea posible. La renuncia debe sostenerse en acuerdos horizontales y vínculos solidarios; cuando en su lugar aparece el monopolio de la fuerza institucional, la renuncia se transforma en imposición y/o en dominación. Por otra parte, cuando esta mediación y esos bordes se quiebran, la agresión emerge como desborde, como una pulsión que no tiene lugar.

El quiebre en el partido no fue solo un exceso de la hinchada, de personas particulares, sino fue la evidencia de una mediación institucional fallida, desde la Conmebol y el gobierno hasta la policía. En ese vacío, la violencia no sólo irrumpe: se legitima, se normaliza y se vuelve parte del tejido. Los marcos de reconocimientos instituyen las condiciones para que ciertas vidas sean protegidas y otras no, funcionan entonces, como herramienta de control y castigo.

La vivencia de que lo común se desmorona y el otro sólo puede experimentarse como amenaza.

Este pánico revela el fracaso del Estado y de sus instituciones para contener la violencia: lejos de ser mediadores son productores de vulnerabilidad y lo que es peor, legitiman su represión a través de la inseguridad que es producto de su propia falla, es allí donde la ambivalencia se hace evidente.

La violencia nunca es neutra, sino que se descarga allí donde encuentra cuerpos ya marcados por relaciones históricas de opresión: mujeres, migrantes, infancias, cuerpos racializados, pobres, disidencias, “MINORIAS”. Esta es la expresión interseccional de la violencia: no se trata de un estallido emocional aislado, sino de una lógica estructural que actúa desde el cruce de jerarquías sociales patriarcales, capitalistas y coloniales que designan qué vidas importan y cuáles son sacrificables.

Lo que se expuso no fue solo violencia desatada, no fueron solo “los monos locos”, “los flaites”, sino la manifestación de una matriz estructural que organiza qué cuerpos quedan en la intemperie del odio. El Estado y sus mecanismos de control en complicidad con el capital de la industria del futbol y la supuesta falta de seguridad de la organización, revela una dimensión del poder que lejos de fallar en su función, utilizan su soberanía para crear las condiciones sociales que posibilitan las masacres y permiten dejar estos cuerpos en un estado de desprotección absoluta, expuestos a la deshumanización y al sacrificio. Así, la violencia no es codificada como un crimen, sino como una pulsión inherente de la rivalidad deportiva. Se nos dice que es así la barra, la pulsión de muerte está ahí, implícita, pelearse a morir por un equipo, pero esto no es más que una gestión de la muerte.

Finalmente, se desvía el conflicto hacia un falso “otro”, estamos divididos y, se escenifica en el juego que enfrenta a quienes, en el fondo, comparten más similitudes que diferencias. El odio se dirige hacia el hincha, un rival, el enemigo, en lugar de dirigirse a la estructura que los denigra a ambos. El sistema legitima la violencia, convirtiendo el sacrificio de unos cuerpos en un espectáculo tolerado, igual que en la antigua roma. Estos cuerpos ya marcados por la opresión se vuelven sacrificables, vidas que pueden ser brutalizadas sin consecuencias. Es una lógica que opera en y ante los márgenes de la ley, donde la vida se convierte en un objeto prescindible.

Entonces…

¿Quién es el Nosotrxs?

Sino la posibilidad de reconocernos en el espejo de ese “otro”.

 

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