Todos los años es lo mismo. Pasa igual que la primavera, no te das cuenta y llega, es la esperanza que pasa desapercibida, pero cuando los ves, ya estás completamente inmerso en su mundo de velocidades. Los volantines plagan de un día para el otro todo el cielo de Puente Alto, y no se van más por toda una temporada. Los niños de todos los portes y colores repletan las calles y sus avenidas, los pasajes y sus plazas: también cerros y potreros, colegios y esquinas; a dónde llegue aire reinará un volantín sobre estas tierras preandinas.
Y no sólo se ven volantines. Por ejemplo, cada volantín necesita su carrete. Un carrete es un artefacto tecnológico circular de madera. Se usa para que al elevar el volantín el hilo esté perfectamente enrollado en poco espacio, y con una manilla rotatoria es capaz de dar yardas y desenrollar el hilo según te lo pida el viento, así como solo toma instantes desplegarlo. Puede ser a una velocidad increíble, el carrete es un objeto poderoso y fundamental: si la brisa está soplando de manera adecuada. La punta del hilo es amarrado al carrete, y de esta forma queda asegurado para no perderlo por el viento fuerte, y que se lo lleve el Raco con hilo y todo.
Existen a su vez distintas técnicas para usar un carrete, las cuales son fundamentales para dominar y surcar el cielo azul en el arte de los volantines. Todo esto de los volantines es cosa seria. Pero para saber esta información, había que nacer en una casa tuviera los accesos al conocimiento del arte del volantín. No todos sabían, algunos elevaban amarrando su hilo a palitos, o incómodos y pequeños carretes primitivos sin manijas ni tecnología rotatoria. Muchos niños eran primera generación de volantineros en su hogar. Otros, no contaban con alguien de su familia que se hiciera el tiempo y les enseñara a encumbrar. Sea como sea, la competencia no era igual, partía desde estas grandes diferencias. Y eso generaba drásticas diferencias al momento de una comisión.
La comisión era un acto en el cual dos volantines peleaban en el cielo, defendiéndose y atacando contra sus adversarios hasta que uno, luego de tanto batallar incansablemente, pierda, siendo cortado su hilo con el hilo del volantín que triunfa.
Prontamente empezaron las discusiones, y los niños de Puente Alto entero estaban discutiendo, criticando a una ley sagrada y naturalizada de la calle: estaban poniendo en duda si es que realmente «volantín cortao no tiene dueño». Este acuerdo callejero prosperó por décadas en nuestras tierras, hasta que de a poco comenzaron a abrir los ojos.
Una nueva idea les había hecho entender que no existía gloria en aprovecharse de alguien más. Que no era necesario el avasallamiento entre pares y que todos nos debíamos respeto. Y quitarle el volantín a otro niño, el cual tiene cero conocimientos y condiciones para competir y dar pelea, era ser irrespetuoso con el otro, y lo más lejano a un acto honorable. Nunca en estas tierras se había pensado así con respecto al «volantín cortao no tiene dueño», y ya los niños le daban vuelta a la idea en su cabeza. ¿Cómo resolverlo?
Se formaron dos claros bandos opuestos. Debatían esta regla clásica y tradicional día tras día. Los que sí apoyaban que volantín cortao no tiene dueño argumentaban que esta regla estimulaba la competencia, en la cual una vez en el aire pasaba a ser territorio de nadie, un coliseo épico, un lugar en disputa dónde batallar y obtener la gloria. Sin pérdida o riesgo no habría tal honor de surcar toda una tarde el cielo y ser el mejor, temido, decían ellos, y que no tiene nada que ver con que unos partes con mayores ventajas que otros, es solo algo de gallardía, y esfuerzo. Iniciaron campañas de difusión para que se mantuviera la regla clásica y sea respetada: ponían papeles Kraft en los murales de los colegios, rayaban los palos de los arcos de fútbol, así como también los postes de luz.
Muy a diferencia y con un gran peso popular, estaban los niños que no apoyaban esta tradición y comenzaron a cuestionarla duramente. Decían que no hay condiciones iguales para una competencia en que el volantín cortado no tenga dueño, sino que el niño queda sin su volantín al no poseer las condiciones propicias para triunfar en una batalla desde el primer momento. Algo así como los medios de comisión estaban tomados para unos pocos, los cuales usaban su privilegio para quitarles los volantines a los demás, argumentando sana competencia, cuando se sabía quién iba a ganar ese enfrentamiento desde el primer momento. Además, estos niños privilegiados no entregaban la información necesaria de cómo elevar, qué hilo usar, cómo defenderse y qué características posee tu hilo, cómo comparar hilos, así como para qué te servía una cola, o cuando se le ponen dos, parchar, con scotch y etc… etc… ¡No había manera de aprender! Y por ende el juego de los volantines no era regulado sólo por una mano invisible y justa deportivamente como planteaban los niños conservadores, sino que partía desde la desigualdad real en esta herencia de conocimientos, herramientas y posición.
El grupo que estaba en contra de la ley comenzó a unirse para apoyarse cuando se perdía un volantín, e iban todos al rescate para devolverlo al niño que lo perdió en la comisión. Así es como un grupo de niños basquetbolistas inician sus primeros intentos de la «Escuela Libre de Volantines puentealtinos», en donde cualquier niño mayor a cuatro años podría iniciarse en este bello arte, sin importar de dónde venga, cómo sea o qué traiga puesto. Fue una iniciativa de ellos mismos, y ellos mismos la llevaron a cabo. Recolectaron toda la información y usaron todos sus conocimientos para lograrlo gracias a su apoyo mutuo y solidaridad.
Una vez la escuelita estuvo lista, ¡fue como una explosión!, se agolpaban en sus cercanías y cada niño de estas tierras quería entrar. Se comentaba a gritos por todas las calles de su apertura, y de los grandiosos aprendizajes que allí se podían obtener en el arte del volatín. Pero cuando el bien parece ganar fuerza, las sombras se develan más temprano que tarde. Y esto, parecemos ignorarlo siempre que vamos ganando… Un gremio antiguo y oculto salió a la luz: había sido un secreto por décadas en Puente Alto, pero ellos eran quienes fomentaban la campaña de los niños conservadores, los que apoyaban la ley de «volantín cortao no tiene dueño», ellos eran quienes poseen todas las verdades y conocimientos de este antiguo arte, y así mismo, evitaban que se propagara su conocimiento.
«El Gremio» se hacían llamar, y eran quienes derrotaron en secreto a todos quienes se osaban a surcar el cielo: se dividían Puente Alto por territorios, poniendo niños expertos en comisión y además tenían a niños involucrados como agentes secretos con largas cañas de madera para captar todo volantín que cortaran en batalla. Estos volantines que rescataban los niños con largas cañas de madera eran reparados de ser necesario y volvían a ser puestos al comercio en el bazar local. ¡Sí!. ¡Eran sus negocios! Y estaban haciéndoles creer a todo Puente Alto que eran volantines nuevos, recién fabricados. Les vendían el mismo producto que le acababan de quitar al niño. Y se repetía el ciclo, de una forma infinita, generando abultadas ganancias por doquier.
El Gremio salió de sus sombras para reaccionar contra la Escuela libre de Volantines, querían liquidarlos. Sabían que esa información privilegiada les traía la ventaja necesaria para perpetuar su negocio a costa de todos nosotros. Una noche, el Gremio salió a la luz desde las sombras para saquear y sabotear la Escuela Libre. Les cortaron los volantines, les tiraron agua a su hilo, y tierra a los rodamientos del carrete. Todo estaba destrozado y esparcido, y los corazones de los niños rotos. Pero cuando un corazón es valiente y deja el temor, no hay mal que lo aparte de su camino ni en cien años.
Lo que no sabía el Gremio, era que la Escuela Libre estaba siendo liderada por un ex miembro del Gremio, el cual estaba prófugo y se creía exiliado de Puente Alto. Este ex miembro se fue al darse cuenta del gran engaño que estaba haciendo a todos los niños. Por eso quiso distribuir a toda la sociedad tal conocimiento del volantín: entendía que era necesario para que este arte se diera en plenitud. Este arrepentido les contó a los demás de la Escuelita Libre, e ideó un ingenioso plan: sabía cómo podían detener al siniestro Gremio. Debían golpearles en el punto donde más les doliese.
Hicieron un gran afiche gigante, tamaño pandereta, para pegar por todos lados. Este afiche tenía la descripción estilo manual de cómo hacer un volantín. Estaban todos sus pasos, qué pegamento usar, qué papeles servían y dónde comprarlos, cuáles eran los palos apropiados, cómo cuadrarlo etc., etc.
Salieron tarde en la noche, después de que el pan ya había cerrado. E iban calle tras calle, pasaje por pasaje empapelando en puntos claves donde convergen muchos niños. Fueron implacables, pues a pesar de que el enemigo vigilaba con espías e incluso volantines con cámaras, supieron eludir al malvado Gremio y la operación fue exitosa.
Todo Puente Alto amaneció con el manual en sus paredes, y a pesar de que intentaron quitar algunos, llegó el alba y todos en la calle ya estaban tomando nota. Nunca más fue necesario tener que ir a sus tiendas, ahora cuando un niño perdía un volantín iba con sus amigos y hacían otro. Ahora podían hacer otro. Ya no había intermediario, ni quién se beneficiará de su pérdida. Pronto el gremio empezó a carecer de significado, y sus miembros uno por uno fueron abandonándolo. Se dice que el último de los miembros del secreto y oscuro Gremio fue a parar donde Espino Curvo, el de terribles deseos, monarca del reino vecino de La Florida, para quién sabe qué cosa. ¿Planea retornar con ayuda del la nobleza? Sea como sea, las calles corren libres y por el cielo brillan los volantines, ¡libres!, a veces en disputa, o pacíficos y lejanos; se respiraba un nuevo aire de camaradería, en donde por fin hace sentido que volantín cortao no tenga dueño.
Volantín cortao no tiene dueño
Un carrete es un artefacto tecnológico circular de madera. Se usa para que al elevar el volantín el hilo esté perfectamente enrollado en poco espacio, y con una manilla rotatoria es capaz de dar yardas y desenrollar el hilo según te lo pida el viento, así como solo toma instantes desplegarlo. Puede ser a una velocidad increíble, el carrete es un objeto poderoso y fundamental: si la brisa está soplando de manera adecuada. La punta del hilo es amarrado al carrete, y de esta forma queda asegurado para no perderlo por el viento fuerte, y que se lo lleve el Raco con hilo y todo.