El día elige nacer alegre por Los Andes, como cada mañana a una hora distinta. Un glorioso río asfaltado daba terreno a los caminos aliados, y como torrente paralelo al Maipo busca su propio destino; una F06 hacia la costa por Gabriela, la calle repleta era reinada por los colectivos legales y piratas, pues ambos vivían en armonía con los piratas, y antes de doblar por el caótico Vicuña, la micro se detiene para subir una pareja que iba con su niño, y en los asientos se encuentran con su vecino, que iba a comprar al Castillo. El joven alegre los saluda, y le pregunta al pequeño ¿Sabes por qué se llama así la calle que une al Castillo con Puente Alto?…
A las afueras de las tierras libres puentealtinas, El Castillo; con sus torres de conventillo, con sus muros de pasajes achicados, con sus colores y brillos; niños siempre juegan por alguna cuneta, banderas y calles pintadas de pasión, humo oloroso de asado en la vereda -podrás saludar al menos a una persona cada cuadra; su mercado es noble y cuenta con ampliados materiales disponibles, animales diversos merodean, gárgolas incluso asoman al sol, inquietas, para observar un improvisado duelo pichanguero, macheteando pa un mono comprar.
Dentro de su corazón más íntimo, en la citadela del Castillo, estaban los locales habilitados para la compra de especias sativicas, adormecientes a la garganta, y aceleradores de pulsación: medicinas exóticas traídas desde las antiguas salas donde Strogoff alguna vez reinó; exquisitas raíces con los más variados efectos, y sabores. De todas las villas y poblados de Puente Alto asistían en conjunto al variado mercado. Las calles del Castillo estaban bien resguardadas por los más diestros guerreros, ya que poseían un poder que el Rey de la Florida, Espino Curvo, el de torcida mente, buscaba y anhelaba con toda su vil corazón.
Celoso Espino Curvo, el de los deseos siniestros, quería interrumpir el comercio principal de las tierras sureñas precordilleranas con su vecino comerciante el Castillo, pues su garra imperial aún no podía rasgar los indómitos racos en donde se forjaban intensos minerales. Cristalizados a dura presión, esas piedras preciosas estaban asegurándoles el mejor trato con el Castillo, ciudad brava, que a su vez tenía para ofrecer esas especias que Espino Curvo, el de malévola lengua, anhelaba desde el profundo, y gris, de su pecho.
Al poseer la más variada gama de delicias y excentricidades, el mercado del Castillo, y en especial su ciudad interna, goza del sentido popular, y era increíblemente más vasto que el de la Florida. Por eso los diamantes templados por el viento cálido de la precordillera, bajados del Manzano, lugar de la montaña diamante, eran llevados en caravana para comercializar hacia sus territorios con toda confianza. Todas estas prismáticas piedras iban en constantes envíos, y en ese momento fue que las tropas del monarca, Espino Curvo, el de fríos sentimientos, atracaron celosos los envíos puentealtinos, justo cuando iban las carretas doblando por Gabriela, la de competencias callejeras; se escuchó gritar a un crío, y asaltaron las tropas de La Florida a las carrozas desprotegidas. Violentos y rápidos saqueaban, desparramando los brillantes minerales, que se escuchaban sonoros al golpear, en piedra, el asfalto.
Pero, en ese momento, como si un dios quisiese mal y otro buscase alivio, un colectivo pirata, de empático sentir, apareció, y apenas vio la escena, valiente frenó. Dentro de los clandestinos estaba un glorioso grupo: el Batallón Chacabuco. Ellos fueron colectiveros que vivían en Gabriela oriente, con sus carpas tendidas en frente, acostumbrados a rayar por las plazas los cánticos que Victor dejó, y beber ayahuasca con fotos del Pancho, Sandino y José. Se bajó enfurecido del colectivo he hizo unas señales. De pronto, todo cambió; el cielo se nublo por partes como para meterle tensión, mientras que comenzaron a llegar desde la Avenida sendos carruajes enlatados, negros colectivos sin patente, y la lucha se inició de inmediato: las lanzas monárquicas, de sombría hoja, eran sostenidas por los guardianes amarillos, que iban en la tradicional motocicleta de la Florida tratando de impactar a los colectiveros, mas este mercenario no se lo esperaba, y de un garrotazo en el pecho quedó tirado, tendido en el asfalto, mientras otro del Batallón lo fue a liquidar a sablazos. “Las motos no tienen jurisdicción aquí, ¡copa frustrado!” les gritaban, mientras llegan más del Batallón por atrás y aparecían a su vez más y más refuerzos del monarca. En la pelea uno del glorioso Batallón choca su coleto a tres motos, desparramando a los amarillos por el piso, “’!Puente Asaltino maldito!”, le dicen al colectivero, y esto hierve su sangre en un instante; como si una tetera pitara por sus orejas arremetió con furia en contra de ellos, a toda velocidad: tuvieron que arrojarse a la carretera que pasaba debajo de ellos para lograr huir. El sitio era un caos, y el conflicto seguía al rojo vivo.
La disputa continuaba y era cada vez más grande. Los gloriosos del Batallón Chabacuco, puente altinos nómades, no daban a torcer ni un brazo, no regalaban ni un segundo; embestían sus carruajes a máxima potencia, y aunque a veces chocaban entre sí, en otras oportunidades achataban sus puntas aplastando a un amarillo, dejándolo como un cubito. Luego de un par de aplastados comenzaron a huir muchas de las motos de Espino Curvo, el de negros sueños. Algunos también se rindieron y devolvieron el cargamento que habían alcanzado a robar. En las partes que seguía la batalla, el Batallón no esperaba, y corretearon a todas las motos que quedaban.
¡Habían ganado la batalla! Los vecinos festejaban y todos gritaban de goce y alegría. El Batallón victorioso se dirigió junto a los prisioneros a una casa esquina y desde ahí dispararon sus molestias contra el reino opresor de La Florida mientras los Castillenses escuchaban con solemnidad. Todos estuvieron de acuerdo con lo que escucharon, y quedaron decididos que este asalto no podía quedarse así: planeaban cortarle el brazo al monarca, era tiempo que Espino Curvo, el de pútridas palabras, supiese que se paga caro cuando asolan tu libertad en estas tierras sureñas, en estos pueblos alzados de nubes rojas, y vientos cálidos andinos.
Así fue como surgió la alianza, del Castillo y los coletos puentealtinos, y gracias a eso, después de aquella victoria, esta calle se llama Batallón Chacabuco, porque atraviesa la espina dorsal del Castillo; donde en ella se peleó con sangre y defendió su tierra, dio la mano al amigo extranjero, y en él sintieron su pena, ayudándolos valientemente, mostrando su veracidad como hermanos. Y por eso ahora es donde en ellos se mueven, los colectivos sin patente, la calle guarda su nombre eterno, y es la entrada al reino libre preandino, de los extensos campos viñedos, por un puente como siempre, así es como Puente Alto elige a sus amigos; por eso la 06 dobla ahora cuando va por Gabriela, para entrar por ésta heroica avenida. El Reino del Viento, la Ciudad de las Arañas, por siempre aliada ahora a La Pintada, gracias a estos nómadas piratas, del glorioso Batallón, y así cuidar por siempre, al Castillo y su gente.
Avenida batallón Chacabuco
De todas las villas y poblados de Puente Alto asistían en conjunto al variado mercado. Las calles del Castillo estaban bien resguardadas por los más diestros guerreros, ya que poseían un poder que el Rey de la Florida, Espino Curvo, el de torcida mente, buscaba y anhelaba con toda su vil corazón.