Roberto
Con el encendedor quemaba la parte aplanada, con pequeños agujeros, de una lata de cerveza Cristal que usaba como pipa. Una quemada y miraba al cielo, como si desde arriba alguien lovestuviera esperando. Otras veces lloraba mirando la nada. Se sentaba en la línea del tren todos los santos días, a veces solo, otras con un grupito de tres o cuatro vagos que andaban en la misma, callejeando.
Me fui acercando de a poco a ese sujeto para entender por qué, todos los días, se sentaba a consumir pasta base y ver el día pasar. Yo vivía unas casas más allá de donde vivía Roberto. Así se llamaba. Pero todos le decían el Pluto, porque tenía cara de perro. Era una herencia familiar: su vieja tenía la misma cara.
Ella todavía vivía, postrada en su silla de ruedas. Pasaba el día hablándole a la gente que cruzaba el pasaje: preguntaba si habían visto a Roberto, que lo llamaran, que la ayudaran. La señora aburría. Entonces llegaba Roberto, con su cara de perro, y la entraba a la casa. Se escuchaban los gritos, los golpes, el llanto. Llegaban los pacos y no hacían nada. Y así, una y otra vez, hasta que la vieja se murió.
Cuando eso pasó, Roberto se perdió del todo. Se la pasaba drogándose y desvariando en su casa. Empezó a llegar todo tipo de gente. La casa se transformó en una ruca: un desfile de pajarracos, cada uno más raro que el anterior. Era como si el mundo de la línea del tren se hubiese mudado al pasaje, directo a la casa del Pluto.
De a poco empezó a venderlo todo: los sillones en la calle, el comedor, la tele, la cama. Todo se iba por tres mil pesos, cuatro mil a lo más. Todo para cervezas, paraguayo y unos monos de pasta base.
Siempre tuve curiosidad por ese mundo que habitaba Roberto. Por eso me fui acercando, como un fantasma, a su casa, a sus dominios. Un día, a eso del mediodía, cuando las cartas ya estaban echadas, Roberto estaba tirado en el suelo, vomitado entero. Entré a la primera sala, donde antes estaba el sillón. Había mierda por todos lados, ropa tirada, la silla de ruedas de la vieja, rota, como si la hubieran apaleado con odio.
Subí despacio la escalera. Había otros torrantes en pelotas en el suelo: uno alucinando, otro muerto en vida. Me regocijaba la basura, el olor, la miseria. Nadie me vio entrar ni salir. Y seguí haciéndolo por varios días, como si el silencio del pasaje me diera permiso.
Un jueves, cuando ya nadie pasaba por ahí, volví. Esta vez entré por el techo, bajé al patio y abrí lentamente la puerta delgada de cholguán que daba a una cocina llena de basura y mierda.
Caminé despacio, esquivando los restos de lo que alguna vez fue algo. En medio de la casa, un clóset viejo. Un mueble grande, oscuro, fuera de lugar.
Recorrí el resto antes de pensar siquiera en abrirlo. Pero algo me llamó la atención: pequeñas gotas de sangre, un hilo fino que iba derecho al clóset. Me acerqué, paso a paso. Puse las dos manos en las manillas y tiré.
Las puertas cedieron con un sonido agudo. Adentro, la oscuridad era casi sólida. Olía a metal, a humedad, a podredumbre. Entrecerré los ojos: trapos amarrados, botellas, y al fondo, bolsas negras cerradas con cinta. Me incliné más, aparté los trapos. Algo brilló débilmente, reflejando la poca luz que se filtraba por una cortina. Me acerqué aún más, hasta que medio cuerpo mío ya estaba dentro.
Entonces escuché un crujido detrás. Apenas un paso.
Quise voltearme, pero ya era tarde.
Un golpe seco.
Oscuridad.
Desperté desorientado. No podía moverme. Estaba amarrado con cinta, la boca tapada con un trapo que sabía a mierda y óxido. Al principio creí que soñaba, pero el dolor en la nuca era real.
Lo angosto del armario era real. El sonido afuera, también.
Estaba dentro de ese clóset.
La madera apestaba a sangre vieja. Mi espalda tocaba algo frío que cedía al moverme. Toqué con las manos atadas. No quise imaginar, pero el olor a podredumbre lo explicaba todo. Debajo, el piso estaba pegajoso, húmedo. Y entonces lo entendí.
Yo nunca había estado observando a Roberto.
Él me estaba dejando entrar.
Cada día que crucé esa puerta, cada vez que subí esas escaleras creyéndome invisible, él lo sabía.
Todos lo sabían.
Y yo, con mi curiosidad enferma, con mi fascinación por la miseria ajena, me había convertido en parte de lo mismo.
Un cuerpo más para las bolsas apiladas.
Intenté gritar, pero el trapo me ahogaba. Intenté moverme, pero la cinta cortaba. Entre el miedo y la rabia, me invadió una calma absurda.
Como si finalmente hubiera cruzado la línea que tanto tiempo estuve rozando.
Era presa de mi propio morbo y curiosidad.
La suerte estaba echada: el sonido de un hachazo rompiendo la garganta y el filo de un cuchillo que raspa contra una vértebra, la médula resistiendo antes de partirse como quien parte un pan.
Apilado junto a otras bolsas quedará mi cuerpo, hasta que otro curioso decida abrir el armario.
Silverio
Desperté como si me hubieran sacudido los sueños; la luz que asomaba por el frente del cerro me avisó que era de madrugada. Las ranas ya no croaban y los jotes aún no despertaban.
Aquel hombre, que apreciaba el horizonte como quien visita a un familiar, llegó cerca de mi choza con preguntas, abriendo las manos para entenderlo mejor.
—¿De dónde es usted, señor?
—Yo de aquí. Aquí es donde vivo, ¿acaso no le parece?
—No, señor, nada más quería saber si usted es del lugar. Ando buscando a mi padre; se vino en busca de trabajo por acá, pero no regresó.
—Ah… ¿y de dónde camina usted?
—Yo de Comalle, de ahí es que soy.
—Bueno, no lo conozco, pero me han dicho que está prosperando.
—No —me respondió—. Comalle está todo abajo, lo saquearon. Nos robaron todo y por eso es que busco a mi padre. No ganaría nada conociendo ese pueblo.
—¿Y tu padre dónde dices que está?
—Dijeron que aquí, pues; que criaba animales en el valle. Pero por acá no lo he visto.
—Bueno, yo vivo aquí y es donde encontré la vida, pero en mi vida he visto a su padre. Por aquí no vive ni un alma más que la mía y la de mis corderos. Muchos han llegado aquí, pero les da miedo la noche. Cuando llega la primera ventolera ya quieren irse; se van a los pueblos porque tienen miedo del diablo, dicen… del mal. Como si no supieran que el mal de esta tierra son los hombres que se envuelven en el pecado y matan o violan cuando se les da la gana. Si quieres, puedes pararte aquí en mi choza a tomar un poco de agua y comer un mendrugo de pan, pero después de eso, te vas.
—Disculpe, señor. Yo solo busco a mi padre para informarle lo que pasó. Mi madre está herida y mis hermanos medios muertos. Yo tomaré agua y me iré caminando hacia el pueblo; por mí no debe preocuparse. Solo le pediré una cosa más: si es que llega a ver a un hombre llamado Silverio Bustamante, hágale entrega de esta carta. Siempre se lo agradeceré si me hace ese favor.
—Pues claro. Dámela, y si lo veo pasar, se la entregaré.
Y se fue para nunca volver. «Hacia el pueblo», dijo, pero no supe para cuál. En todo caso, son todos los pueblos iguales: llenos de basura y de putas que quieren endemoniar en el vicio a los pobres diablos que pasan preguntando por sus gentes; y ahí se quedan hasta que se mueren de tanto tomar.
Ahí recordé a ese viejo que vino a mi casa creyéndose dueño de las tierras, con el ganado comiéndose el pasto de mis ovejas, diciéndome que el pastizal ahora era de él y que mis ovejas tenían que morirse de hambre. Y yo le peleé. No sé cómo se llamaba, pero recuerdo el quejido de cuando le enterré la horqueta y luego la sangre que salía a borbotones, hasta de la boca. Después un quejido más bajo, y después murió. ¿Quién va a venir aquí a quitarme lo que es mío? Nadie. Por eso lo maté y lo enterré ahí mismo, y sus vacas las vendí.
Por eso esta carta va a quedar en la tierra; se volverá polvo, igual que ese tal Silverio, que bien muerto está.
El número veintiséis
No sé cuándo ni cómo comenzó a apoderarse de mí esa sensación de vacío en la guata. Ese que no se llena con un pucho ni con un copete. Es un hoyo que se siente hasta la espalda, como si la luz que nos ilumina algún día comenzara a olvidar nuestras tripas y quedáramos cortados por la mitad, invadidos por una oscuridad que cala los huesos debilitados por la tristeza.
Pero esto no es nuevo. Recuerdo que las vías del tren ya no me causaban emoción, los pájaros eran sombras que se reflejaban en el cemento y los perros no eran más que un ataúd de pulgas al que ya ni pan me animaba a darles.
La música, sin embargo, era una de las pocas cosas que me hacía sentir vivo hasta este tormento. Quizás todo lo que tenía que hacer era llegar a este preciso instante y poder comprender que no se trata de uno mismo, sino de una cólera insaciable de sentimientos que nos piden ser más que un número.
En la Torre de Babel vivían cincuenta cigarros, vivían amontonados, hechos todos de papel.
Así decía la canción de Los Tres que sonaba justo antes de que el ruido ambiente sucumbiera ante el chirrido del radio.
—Piso uno, atento. Piso uno, atento.
La voz repetía una jerga mal actuada, una caricatura de policía profesional.
Hice a un lado el café matutino y giré la silla siguiendo el sonido hasta su origen. Tomé el radio con la mano aún tibia y respondí al llamado.
—Aquí piso uno, atento.
Los guardias corrían cerrando el perímetro, vestidos con sus chaquetas rojas y chalecos anticorte, ropa diseñada para enfrentar mecheros. Ahí no servía para nada. Era un disfraz inútil frente a la evidencia: alguien había decidido acabar con su vida desde lo alto.
Entonces aparecieron las carpas azules, inflándose con el aire reciclado del edificio, estampadas con los logos pulcros de la PDI. El porcelanato blanco, trapeado y encerado en el turno de noche, ya no era un piso: era una bandeja. Un rompecabezas de carne. Lo que quedaba del cuerpo, huesos y fluidos repartidos de forma brutal en un rectángulo de dos por cuatro.
Llevaba toda la mañana preguntándome qué empujó a ese joven —que perfectamente podría ser mi hijo— a convertirse en el número veintiséis. Veintiséis cuerpos cayendo desde el piso sesenta y dos, volando hacia el único destino seguro que tenemos, dejando atrás los sueños que un día los iluminó, yendo al vacío sin más que la ilusión de no despertar jamás.
Necesitaba entender. El reloj marcaba el fin de mi media hora de colación. Debía engullir un plato de fideos con salsa espesa y rojiza que, sin merecerlo, recordaba las cerámicas sosteniendo el cerebro reventado de aquel número veintiséis. Pero había que comer, aunque no hubiera hambre, aunque el ánimo no diera para eso. Es un trabajo y se debe cumplir como es.
De regreso al cubículo no podía detener mi cerebro y evitar pensar en los muchos escenarios que recorren la mente del hombre suicida.
¿Por qué aquí? ¿Cuánto tiempo estuvo parado antes de saltar? ¿Miró a alguien? ¿Vino antes con su familia, a vitrinear? ¿Comió algo? ¿Qué pensó justo antes de soltar las manos?
No tenía respuestas para tantas preguntas. Solo podía afirmar que la torre más alta de Latinoamérica dejaba de ser un símbolo de poder y se convertía en el camino para olvidar el vacío. Una guillotina detonada por el mismo hombre capturado. Un arma letal para las almas dañadas. El camino solitario a la desaparición.
Pero el sistema no se detiene. Tres metros cuadrados se cubren, se sellan, se empuja a los curiosos, se llena un formulario. Las tiendas siguen abiertas. Diciembre no perdona. El capitalismo no se conmueve. La sangre sobre los regalos es solo un detalle, una molestia temporal.
La música de mi teléfono no volvió. El aura gris se apoderó de mi cuerpo, lo opacó y comenzó a pesar como si miles de kilos se sostuvieran sobre mis rodillas ya mayores. Tomé mi teléfono buscando el número de mi único hijo. Comenzó a sonar ese tono inolvidable de recuerdos de su infancia, cuando él era pequeño. Cuando hubo respuesta, solo un breve y simple «te amo, hijo» salió de mi boca y mi dedo raudo presionó el botón para detener la llamada.
Cegado por algo invisible pero aprisionado en mi cuerpo, subí hasta el piso sesenta y dos donde los peritos revisaban las barreras de seguridad como quien realiza un trámite sin sentido. Sabían que no fallaron. Nunca fallan.
Me acerqué al borde, apoyé las manos en el metal frío y miré hacia abajo.
No sentí miedo.
Ahí, en esa caída inmensa y perfecta, estaba la respuesta a muchas preguntas. La única forma de escapar al inmenso vacío que ya me había consumido.