La ausencia de la matriarca

[EXPERIENCIAS] Sebastián Campos Navarro nos comparte un texto íntimo y cercano a más de dos años de haber sostenido la mano de su abuela por última vez. Suspiros, llantos, caminatas, un pecho inflado, dolores y miradas son algunas de las cosas que acompañan estas letras.

Fechas, celebraciones, tristezas, triunfos y desgracias que hemos aprendido a vivir con una menos.

El 4 de junio se cumplen 2 años desde que sostuve su mano de 94 años, frágil y desgastada, que sentí su corazón fibrilar a través de su pecho, luego su último suspiro que dio paso al breve silencio absoluto, interrumpido abruptamente por mi llanto inconsolable. Uno de los mayores dolores de mi vida, un recuerdo que nunca dejará mi memoria.

Grande es la ausencia de su sonrisa permanente, sus ansias por ver las fotos de mis viajes y de la naturaleza indómita que he podido capturar, de su mirada perdida en alguna zona recóndita de su mente, de llegar a la casa y escucharla decir «hijito que bueno que viniste» muchas veces con un sollozo intercalado en ese par de palabras y que afanosamente se preocupaba de disimular (cosa que, siendo sincero, nunca logró).

Fue mi compañera de salidas del colegio en la infancia, de caminatas por las frías calles de Peñalolén iniciando el nuevo milenio, idas a museos y paseos de curso entrañables y la única mano que sostener luego de despedirme de amigos y compañeros una vez finalizados algunos ciclos escolares. Gran fortuna fue la mía de poder devolver este apoyo y compañía en mi adultez de poder invitarla a eventos y conciertos, entre ellos el orgullo de verme en los escenarios de las mil guitarras por Víctor Jara, otro motivo por el que inflaba el pecho cada vez que podía hablar de «su nieto que vivía con ella y que la cuidaba», palabras que le decía a personas que nunca había visto en su vida y que probablemente ya hayan olvidado a una abuelita sin nombre hablarles sobre su gente.

Pese a que la pena me embarga, aprieta mi pecho y mi garganta al escribir esto y recordar tantos momentos de la vida, lo que pasó, lo que no, las palabras que quedaron solo en la mente y no llegaron a ser emitidas y las que nunca debieron ser pronunciadas…

La certeza del amor mutuo es lo que queda, así como lo indudable e intangible de una entrega inquebrantable hasta el último momento, y estoy sumamente orgulloso de ello, de lo que mi abue me entregó desde siempre sin siquiera dudarlo por un segundo y de lo que, por mi parte, pude aprender de ella y replicar, aunque sea en una mínima parte, algo de su bondad.

Su amor por su gente nunca tuvo momentos de flaqueza y creo que ese amor incondicional es de sus grandes legados, un legado forjado pese a todos los determinantes sociales que pesaban sobre ella y de la generación de la cual muchas veces fue esclava.

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