El martes 30 de mayo de 2006 va a ser el primer gran paro nacional del movimiento, convocado por la Asamblea de Estudiantes Secundarios. Afiliándose la FECh y los profes, el lunes, por fin, se organizará una marcha multitudinaria para acabar con el LOCE, las alzas al pasaje, la estafa de los dos viajes, que con la PSU, nos arruina y segrega, soñando así ponerle fin a malas administraciones municipales, de colegios que se caen estructural y educativamente, de un sistema impuesto y que beneficia al rico, lucrando del bien más primo de cualquier sociedad, alejando aún más al pobre de ésta. ¿Quiénes somos?, ayer, el día jueves 25, amanecieron once colegios más tomados, y hoy viernes, ya somos más de treinta en toma, y al menos unos ochenta en paro. Eso somos, somos calles enteras enojadas por sus mentiras, somos los que no le compramos a Yingo, ni a los diarios y sus mentiras, y con el indefinido del Nacional, se espera que el martes, en el primer paro nacional de este siglo, que nace entre antiguas cadenas, se movilicen sobre 250 colegios y liceos chilenos. Eso seremos. Porque hasta hoy éramos hijos de los que no quisieron pelear, de aquellos que callaron y comieron, míseros, lo que fue arrojado; somos hijos de quienes decidieron negar la realidad, y como si fuera Voldemort, no pudiendo ser nombrado: somos el hijo del obrero que no sabe que es obrero, somos la clase media que sola se mete en esa cifra, pero llega raspando a fin de mes, somos el juguete del comercial más caro, somos el paseo al shopping, el ignorar a los limpia vidrios, la tele más grande, el zapato más zarpado: somos la primera generación nacida en libertad, pero de tantos miedos engendrados desde la sociedad moral al vientre de nuestras madres, quedamos en la plasta de lo antiguo, atados al último gran triunfo del capitalismo en el siglo pasado, con su masivo lavado mental, de esa sociedad con tanta plegaria eclesiástica, en matrimonios casados porque quedó embarazada, y que así debía ser, somos el feto que nunca nació, somos lo nonato de un siglo nuevo, y que al vivir solo queríamos libertad, igualdad, la promesa que nos dejó Dragon Ball, somos la ilusión y el anhelo que trasnocha en transición, en democracia que le hicieron creer al nieto bastardo del siglo pasado, del que comieron todos nuestros padres: este lunes les gritaremos juntos, ¡NO LOS QUEREMOS!, este martes todos reafirmaremos, que lo que le hicieron a nuestros progenitores, nosotros no lo aceptamos,encontramos sus trampas, incluso estudiando no estamos librados, incluso, desde las cenizas, sería difícil empezar. No queremos más sus valores represivos, que cambian según el flujo del dólar, estamos hartos de la vergüenza al cuerpo, expansiones así surgieron en las orejas, pelos quedaron rojos y más de alguna caricia, ilegal al matrimonio, surgió bajo sábanas fumeteadas. Somos hijos de quienes no quisieron pelear, más que la lucha diaria de mantenerse con vida, de mantenernos felices, atrapados en la burbuja que ellos creían, alimentándose de la gran mentira social. Hijos del reality, pasta baseros de Estados Unidos, engendrados del miedo, somos el primogénito que la resignación adoptó, pero ahora, en el alba de estas nuevas diez décadas, seremos miles, compañeros, seremos miles y recorreremos las calles, seremos miles y alamedas abriremos al pasar, hartos de todo, hartos y seremos miles, quebrantando los decretos del mundo sucio, crearemos uno nuevo, no escrito ni impuesto, se elevará entre la sangre enemiga, la moral antigua, y el sudor de todos los que ya no tengan miedo.
Para lograr esto, junto a los cabros del colegio nos propusimos salir y rayar las calles, los muros cercanos y de los colegios. Al más puro estilo mayo 68, claro que nosotros no conocíamos de esos franceses, nuestra inspiración era más barrial, pues los graffos son los cuadros en la periferia, el esmalte de las calles; el plan era ambicioso, llenar de consignas por los alrededores, con latas de aerosol para facilitar el movimiento: tenía que resultar bien, pues ya hay pingüinos procesados, el gobierno se hace el logi, pero reprime y reprime, si el 26 de abril pasado, durante la primera marcha estudiantil, de un momento a otro empezó a sonar los gritos de compañeras, y una masa corría para atrás, la alameda se cerró, y un verde muerte, un verde podrido, avanzaba hacia nosotros. Es como haber saltado bien alto hacia el mar, y nadando con todas tus fuerzas, tratas de salir a la superficie antes de perder todo el oxígeno. Así mismo es estar corriendo con los pacos detrás tuyo, mientras te soplan la nuca, y en sus perversas mentes, de Fuerzas Especiales, se acomodan ellos sobre nosotros, sobre todos, denigrándonos muchos peldaños. Golpes y gritos, los perros siempre les ladran a ellos; un bastón choca contra un pecho, y de nuevo, y de nuevo: el chico cae, cae, tres carabineros lo recogen, pero cuando ven que sigue consciente, le vuelven a pegar un palo, y este queda tendido ante sus brazos, para ser detenido. La masa que observa y corre ve esto, y palos con camotazos desafiaron la gravedad, iracundos fueron a impactar sobre los escudos uniformados, algunos sobre algún brazo, algunos sobre alguna pierna, e indignados se gritó en conjunto “¡ASESINOS!” bien fuerte, y nuevamente, como si el país no hubiera tenido suficiente ya. Los que corríamos comenzamos a dudar, y al parecer, cara vamos a dar. Agarro un palo y me subo la polera a la cabeza, como para aliviar el lacrimógenado aire, y en eso, un encapuchado, del gris ambiente, da unas vueltas a mi polera, y me deja como un ninja. “¡Cuidado, los pacos!”, me advirtió, y ambos corrimos en distintas direcciones. Cuantas escenas similares se vivieron en el centro, violenta era la gorra pero fuerte también nuestras convicciones, así como la fraternidad ante el enemigo común, y que lúcidos estábamos, para poder reconocerlo tan claramente, con todo el ímpetu que habita en la juventud, pareciese que toda esa masa móvil, lanzadora de proyectiles pequeños y medianos, fuera el último vestigio de alma nueva, de estación en transición, queriendo destruir los valores de la sociedad pasada, la única carne viva, y al fin anunciar el nuevo siglo, sobre el escombro antiguo, donde en él, tallaremos vasta la rama de nuestra esperanza.
Después de ese día de movilizaciones, que fuimos reprimidos tan violentamente, las siguientes vendrían a ser igual y peores, y la tele, cada día más nefasta, asquerosa, justificándose, abogando al abogado del diablo; quedamos con la gran mayoría de la sociedad encima, estábamos atrapados por los medios, la familia, y el ron Mitjans -pero algo pasó, algo cambió: algunos adultos también empezaron a apoyarnos. El país entero comenzó a opinar otra vez, soplando el viento nuevo cordillerano. Este siglo tenía resistencia, al parecer. O al menos, quedará escrito que no todos estábamos de acuerdo, que no todos queríamos vivir allí, o así.
Viernes en la noche, las lunas de mayo suelen perderse a menudo entre las nubes, salen a recorrer ocultas en constelaciones: una larga calle llena de ladrillos, por el costado izquierdo de un colegio, mis manos agitan la lata, y el aerosol pinta pegajosa la consigna: “LUNES 29 MARCHA – MARTES 30 PARO GENERAL, NO SEAN AMARILLOS”. Un compañero en cada esquina, vigilando a los vigilantes, a ver si pasaba la policía, para replegarnos seguramente, mientras tanto pegábamos un afiche con unos tarros: soda cáustica, harina, y vinagre, revuelves todo con agua, estirando el papel a lo largo del muro, y pasándole un escobillón mojado del engrudo, quedaba pegado nuestro “manual” de cómo tomar un colegio, adherido al ladrillo como granito. Se hablaba ahí de los temas principales, en relación a comida, seguridad, prensa-difusión, limpieza, asambleas y actividades. Tenía todo cubierto, para que cualquier centro de estudiantes con iniciativa pudiese llevar a cabo la toma de una manera exitosa, sin escándalos, desorganización ni peligros, pudiendo sumarse al movimiento siendo un aporte. Éramos zorros recorriendo en zigzag para robar un huevo, fuimos sabuesos olfateando a los pacos, y esquivándolos entre el asfalto y los árboles de vereda, nos escabullíamos más y más por la ciudad, rayando y empapelando los colegios, siempre hacia la cordillera, siempre por dentro, evitábamos a toda costa ir por las avenidas: si bien podía llegar a más estudiantes, era mucho riesgo y la organización del colegio no estaba dispuesta a sacrificar compañeros, no creíamos en mártires, tampoco en héroes. Ya vamos por el sexto liceo, los tarros se vuelven más pesados y el sábado asoma con viento nocturno; me gusta agregarles cosas a las publicidades de los paraderos, como bigotes o asomados gigantes, también en el camino taché un mural del Colo, y un compañero, de picao, pakeó uno de la U, haciéndole una pichula gigante mientras se reía. Nos ponemos a conversar, siempre me cayó bien la gente que asiste al estadio, no me importa de qué equipo sean, y entre webeo y webeo me entero de que él traía un pito, un ya enrolado porrito. “¿Nadie más sabe?”, negó con la cabeza, “Así es como el indio pica por atrás” me dijo, y ambos reímos sin querer ser descubiertos, ya cómplices de algo. Estaba pero completamente prohibido llevar cualquier tipo de objeto que nos pudiera causar problemas legales, ya salir y rayar así era peligroso en sí mismo, llevar una droga o ser pillado mientras se fuma era el perfecto titular para LUN, y su encabezado estilo “Anarquistas comunistas nazis drogados y con dos kilos de marihuana de alta calidad son procesados por dañar patrimonio histórico con ofensas a Jesús, Arturo Prat, Don Francisco y el Dalai Lama”. Encima está el otro tema, el de los compañeros: nadie iba a dejar que quemáramos el pito, que ardiera para el cielo y nos fuéramos entre humo, que nos quitase un poco el estrés de recorrer así, y transformarlo solo en aventura: si queríamos hacerla, hay que hacerla piola, pero súper piola, el que fuma callao fuma dos veces, o en nuestro caso, puede fumarse todo el caño. El plan era el siguiente: en el próximo liceo íbamos a pedir vigilar una esquina, argumentando que ya estábamos cansados de llevar las latas y los tarros culiaos, que nos pesaban caleta, y nadie hizo ningún drama, aunque un poco me temblaban los pies, ese frío de maldad, de estar haciendo “algo malo” se intensifica, pero avanzamos hacia la esquina, y sin perilla, mi compañero me lo pasa “Toma, está con boquilla, préndelo cuando dobles un poquito por la esquina, yo quedaré visible, y cuando des tres fumas a mi me toca, y así vamos”, parecía todo redondo, doy mecha y me pongo a exhalar, porro de tiempo otoñal, agorex sabor del barrio, está bueno y se lo giro al loco, soltando el humo antes de tomar su lugar. Mi compañero me mira y al verme ya volado, se ríe, soltando el humo “Qué wea, ¿ya quedaste volao?, mira”, estaba de lado, su mano sostenía el caño en su boca entrompada, y tiraba fuerte para quemar, avanzando el rojo a través del blanco papelillo, “mira como quemo”, el humo espeso pareciese estar húmedo, rodea su rostro antes de irse con el viento, y el humo se va hacia atrás por su pelo, y el humo espeso pareciese evaporarse donde aparece un rostro, donde aparece una cabeza con una gorra, verde, donde aparece una mano apretando el hombro de mi compañero, lleno de resinoso humo todavía, y nos dice “¿En qué andan el par de weoncitos?”. El miedo derrota la fuerza de mis talones y alocados comienzan a bailar, temblando hacia ambos lados; dos pacos medianos y gorditos, ninguno de los dos tenía poto, y mirándonos bien, uno de ellos nos dice “Yapo, ¿Qué andan haciendo acá aparte de fumar marihuana?”. La angustia existía en mi mente, vagando libremente, pensaba entonces cómo librar: o quizás solo bastaba con que zafaran los compañeros; por suerte no teníamos ya las latas, ni los tarros ni las escobas, tampoco los afiches, lo más probable es que no sepan que estamos rayando, pero quizás si saben que anda un grupo pintando desde hace un par de horas los alrededores. “Vinimos a quemar uno acá mi cabo nomas, si ya nos íbamos”, se adelanta mi compañero, astuto, él ya entendió que debemos confundirnos con lúmpenes, “Si estamos fumando nomás no andamos en nada malo, mire no traigo nada más que mis llaves” y le enseñó sus bolsillos vacíos, pero al moverlas dentro de éste para desplegarlo, se pusieron en guardia. “¡A LA PARED!”, y yo no tenía mi carnet, ni él, nos revisaron al mismo tiempo, preguntándome: “¿No tienes más?, porque si te pillo un pito, flaco, te llevo detenido”, “No, no teníamos nada más, solo ese”, me agarra hasta las weas, siempre es intimidante, ¿cómo alguien puede bajarse del auto sabiendo que le palpará las bolas en unos momentos más al sospechoso?, que botón, que vigilante, “Mire si no tenemos nada más mi cabo”, le decía mi compa, “¿Y qué andan haciendo acá?”, no sé si sería mejor decir que vivimos por los lares, porque si es así, probablemente nos lleven hasta nuestra falsa casa, “Mire la verda es que no somo de acá, vinimos a comprar unos pitos a la blapo pa que le voy a mentirle, pero era el último se lo juro mi cabo por lo má sagrado”, los carabineros lo miraban intensamente, había algo en él que les hacía confiar, sus ojos combotas, su seguridad natural al hablar, los tenía dominados, ellos eran los volados, y seguía hablándoles y ellos respondían, ingenuos, entonces dijo: “Bueno, si nos dejan pasar ésta, a este par de buenos cristianos, les diremos exactamente donde están los zurditos rayando la calle”, y algo en mi pecho se derrumbó hacia la cabeza, hasta las piernas fueron cortadas por un hacha, y dos sonrisas, malévolas, nacieron en la noche. Este conchetumadre los iba a entregar, ¡a los cabros!, a la gente de la toma, por salvarse él de un pito, es el iceberg y el Titanic, un miserable caño de máximo una noche calabozeada, si cuando cachen que andamos con ellos tendrán más prensa para hacer mierda el movimiento, los medios, tejiendo anclas de piedra, atan pesada la bola en los grilletes, y a nadie dejan pensar. “Qué wea loco, ¿cómo los vay a entregar?”, le dije con decisión, y todo se rompió, como que esa magia flotante que salía de su boca desapareció en un momento, y ambos pacos me miraron fijamente, volviendo a existir: con voz de detective, uno me dijo todo serio “¿Acaso los conocen?”, “No” -apuré la respuesta, pues si respondía él ya iba a lucir sospechoso, “Solo los vimos pasar mientras caminábamos, sabe, nos gusta fumar y caminar”, “Sí, lo hacemos todo el tiempo”, seguíamos salvando, pero ¿a qué costo?, tampoco fui capaz de encarar y decir la verdad, es que era imposible decirle, ¿qué le iba a confesar?, que estamos drogándonos para seguir poniendo nuestras consignas a través de los colegios y liceos, para batallarles el lunes y el martes armarles el nacional, y gritarles que tienen teta o tienen tula, no. “No le hagan caso”, agregó hábilmente mi compañero, “yo sé exactamente dónde están”, ese momento se hizo pequeño, como de ojo de pez; los pacos acercándose íntimamente a él, como esperando la confesión, como bautizando al Judas, se acomoda al medio, y poniendo su boca entre ambas orejas de los pacos, susurró, riéndose al final de la articulación: “En tu ano. ¡CORRE CHUNCHO CULIAO!”,y empujó con fuerza a ambos verdes, tirándolos hasta el piso; yo desraízo mis piernas para darle vuelo y aún no creo lo que pasó, ¡ESTÁ LOCO ESTE INDIO DE MIERDA!, pero al menos no era traidor, no era una Yanacona, como esos dos que se estaban parando apenas, mientras corríamos ya a una cuadra de distancia, esos cerdos de papapletos regalados eran como las tortugas, y desaparecieron a los segundos de la acción, mientras nos perdíamos por la ciudad. “El grito que te mandaste debió alertar al resto”, le digo, mientras corremos entre calles despejadas, casas cortadas y ampliadas, las villas en la noche nunca tienen mucho ajetreo, excepto las plazas: las plazas son el pulmón vivo de todo poblado, y no nos podíamos mantener corriendo así mucho tiempo, si quedaron picados seguro traerán refuerzos, y será mejor escondernos, pero veo un paradero y justo va a pasar la micro, el rojo nos espera, corro más fuerte y mi compañero me alcanza, corro más fuerte pero él me toma de la manga “Espera weon, ¡espera!”, me detengo y lo miro, todavía nervioso, todavía en la mala volada, “¿Qué paso?” le digo, exhalando mucho aire desde la boca, agitado, y en eso se nos está por pasar la micro, “Se nos va a pasar la micro, ¡y hay que ir con los cabros!”, sus ojos rojos parecen no pescarme, subió su índice al cielo, como si encontrase el camino, “Calmao, es que”, “¿Qué wea?” respondo rápido, lo único en que podía pensar era en esos pacos, en si nos seguían, y en qué estaban los cabros; se agachó, sacudió su zapatilla hasta sacársela, y dentro de ella, tres pitos ya enrolados, aplastados y sudados, me ofreció uno, y sacó su encendedor “Esos pacos pajeros no nos van a seguir. Deben creer además que ya estamos en nuestra casa. Ojo, que así quedan especiales, los porros que guardo acá quedan de raza, tienen su aroma a Cheese” me dijo, cagándose de la risa, mientras Bambam estampado en el transantiago iba pasando por atrás de nosotros, yéndose con nuestra micro.
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