1.
Discutimos la noche anterior. Ella venía en camino a mi casa a solucionarlo, sin avisarme, me quería dar una sorpresa, me quería ver feliz. Todo pasó tan rápido que me negaba a aceptarlo, el mundo se me derrumbó en segundos, ni siquiera pude despedirme, y de un momento a otro, la discusión de la noche anterior me pareció completamente ínfima a todo lo demás.
Solo recuerdo dejar caer el vaso de agua y tirarme al suelo. Mi madre me contuvo, porque según ella, me puse a llorar de una forma que nunca me había visto. Cuando logré recuperar la conciencia, íbamos camino al hospital. Cuando vi las caras de su mamá y hermana comprendí.
Estos últimos 3 años habían sido los últimos de su vida y jamás volvería.
Jamás volvería a cantar mientras cocinaba, jamás volvería a pintarse el cabello como a ella le gustaba.
Jamás me besaría otra vez, supe que era verdad y que ya nada se podía hacer.
Supe que la realidad te cae como un balde de agua fría y que cuando te das cuenta, ya estás totalmente empapada. Parece surrealista el hecho de que una persona con la que convives gran parte de tus días se vaya en un par de minutos, pero así es la vida, o, mejor dicho, así es la muerte.
—Tienen al culpable — me dijo su madre— está con los policías.
Casi como si fuera una buena decisión, salí corriendo a buscarlo al primer piso, mi madre me gritaba desde atrás, pero yo solo corrí, corrí y corrí hasta que cuando lo vi sentado en la sala de espera, lo supe. Con esposas y un policía a su lado. Consumida por la rabia y la pena de perderla, me tiré encima de él, le grité y le pegué tanto como mis manos pudieron soportar, mi madre y los policías me detuvieron y controlaron. Estaba completamente en shock y hablar se me hacía imposible. Todo lo que recuerdo de ese día sigue borroso en mi mente, estuvimos en el hospital hasta el día siguiente, cuando entregaron su cuerpo.
Mi madre me sacó del hospital y mi padre estaba en el auto afuera de este, al subirme no dije nada. Ellos se miraron y mi padre condujo hasta nuestra casa.
Al llegar, subí a mi cuarto, me saqué la ropa y me di una ducha. El agua fría corría por mi cuerpo y no parecía tener efecto en mí, todo ahora a mi alrededor no importaba. No podía pensar en otra cosa que no fuera ella, su cara, nuestros momentos juntas o la misma ducha que alguna vez compartimos. Mis piernas dejaron de soportar el peso de mi cuerpo y caí de rodillas, no veía más que agua correr, pero no sabía si eran mis lágrimas, o el agua que golpeaba mi cuerpo.
Tal vez estuve media hora bajo el agua fría, hasta que entró mi madre y se percató de que estaba en el suelo de la ducha, en un completo estado de inconsciencia. Según ella, mis labios estaban morados, mi cuerpo del mismo color y tiritaba, pero yo no lo recuerdo. Lo único que veo es a ella entrando, y sacándome de ahí con una toalla. Me miré frente al espejo, pero no era yo, era otra, todo en mi cambió por completo, pero no lo supe en ese entonces.
Mi madre me secó y me vistió, como cuando era una niña de 5 años que esperaba que su madre le escogiera la ropa del día, y la ayudaba, porque ella se ponía la polera al revés ya que no entendía cómo funcionaban las costuras. Me quedé sentada en el baño, mi madre estaba arrodillada frente a mí, pero para ser sincera, no recuerdo ninguna palabra de las que me dijo. Cuando llegó mi padre, me tomó como “princesa” y me recostó sobre la cama, las lágrimas no dejaban de salir de mis ojos y yo tampoco podía contenerlas.
Los días siguientes fueron los más dolorosos que recuerdo. Fuimos al velorio y al funeral, no abrieron el cajón ya que tenía su cara con heridas, el tipo que la había asesinado le había hecho cortes en su rostro y ahora lucía como una persona diferente. El lugar estaba lleno de lirios, su flor favorita. El día estaba soleado y corría poco viento, me recordó a aquellas jornadas donde íbamos a una plaza que se encontraba cerca de la universidad a almorzar, ella amaba el aire fresco y el sol, brillaba como él, yo siempre se lo decía. A sus ojos, el clima estaría perfecto, por lo que todo giraba en torno a ella. Cuando me tocó decir unas palabras en su memoria, recité el poema “Yo canto lo que tú amabas”, de Gabriela Mistral. Con una fuerza irreconocible, no derramé ninguna lágrima, ganas no me faltaron, pero sé que a ella no le hubiera gustado. Por loco que pareciera, la sentía aún conmigo, y sentía que se lo debía. Me mantuve fuerte, por ella.
La vuelta a mi casa fue silenciosa y lenta. Mis percepciones del tiempo se vieron afectados de tal manera que no sentía cómo los minutos u horas pasaban, estaba viva, pero no estaba viviendo. Dormí la gran parte de los días siguientes, gracias a las pastillas que me recetaron, ya que mis ataques de angustia e ira eran abrumadores. Por alguna razón toda mi cordura se desvaneció en el dolor y rabia que sentía, era comprensible, un brutal asesinato por homofobia no era fácil de digerir. “Podría haber sido yo”, era lo que más me repetía a mí misma en los momentos que estaba despierta.
No lo noté en ese entonces, pero bajé mucho de peso gracias a que comía muy poco, mi cuerpo se vía muy diferente a como alguna vez había sido. Estaba delgada y pálida, con poca fuerza en los músculos. Mi cabello rojo se veía débil y se caía. Apenas se veían las pecas de mi cara. Siempre había sido la viva imagen de mi madre, mismo cabello, ojos y particularidades en la piel. Pero por alguna razón, ya no me importaba.
Tuve que congelar mis estudios. Mis padres intentaron muchas cosas para sacarme de ese hoyo profundo en el que estaba, me diagnosticaron depresión. Pero se sentía mucho más violento en el día a día. Fui a terapia y estuve un mes internada en una clínica, ya que absolutamente todos mis sentidos estaban perdidos.
Los recuerdos que tengo de la clínica son pocos, un cuarto blanco, sábanas blancas, doctores con batas blancas. Pastillas y agua. Sol. Hacer pulseras. Terapia de grupo (donde nunca dije una palabra).
Poco a poco fui recobrando el sentido, la cordura, el apetito, y así sucesivamente. Casi 3 meses de una lucha interna conmigo misma. Aprendiendo a convivir con el dolor, la rabia y todo lo que un asesinato puede traer. Así fue hasta que el tribunal fijó fecha para el juicio del asesino de Aria.
Lo conocía. Ambas lo conocíamos. Era un compañero de universidad, que siempre nos repudió por estar juntas. Homofóbico.
Mi madre no quería que fuera al juicio, temía que yo recayera en lo que habían sido los meses anteriores. Si bien había subido dos kilos y tenía un poco más de color, tomaba muchas pastillas a diario, más suplementos alimentarios por los problemas de salud que desarrollé. Mi padre tampoco estaba de acuerdo de que fuera, pero entendía lo que significaba para mí, y comprendía que me destrozaría mucho más no presenciarlo.
Con la hermana de Aria, Claudia, publicamos el caso en internet y llamó la atención de la prensa por lo brutal y morboso que había sido. Pero todos lo trataban como un asesinato común y corriente. Casi no era relevante el hecho de que fuera mujer, feminista, diligente en asuntos de política y derechos dentro y fuera de la universidad o lesbiana.
Éramos muy parecidas, y a la vez, muy distintas. Nos conocimos en un foro realizado en la facultad humanista de la universidad en mi primer año. Su tema central era el feminismo y la perspectiva de género en la política. Yo había entrado a estudiar derecho, ella estudiaba ciencias políticas. Era un año mayor que yo. Pero en esencia era una niña pequeña que amaba la música.
Pasado el tiempo en aquella sala, me cautivó su forma de hablar y su forma de relacionarse con los otros panelistas, era una mujer muy inteligente y sabía hablar con claridad. Hizo muchos aportes. Yo me limitaba a tomar apuntes de lo más relevante.
Recuerdo estar sentada en las sillas del centro, ni muy adelante, ni muy atrás. Pero en un momento, ella al hablar, fijó su mirada en mí. Tal vez porque no había personas pelirrojas de ojos azules en la sala, pensé. Pero sus ojos no transmitían curiosidad o asombro, más bien, era una especie de encanto. No nos conocíamos, tal vez era la primera vez que la veía, pero sus ojos me atrajeron en el primer momento. Me miró mientras hablaba, sin perder el hilo de su discurso. Al terminar, me sonrió, y yo le sonreí de vuelta. Me siguió mirando en repetidas ocasiones durante el foro. Al terminar este, alguien a mis espaldas habló. Un dulce – hola- hizo que me volteara sin pensarlo. Era ella. Su piel no era muy morena ni muy blanca, sus labios eran rosados. El cabello le caía hasta un poco más debajo de los hombros, y creo que medíamos lo mismo. Sus ojos eran de color miel, me embobé. Era muy linda. Respondí a su saludo de forma tímida, no acostumbraba a hablar con desconocidos.
— ¿te gustó el foro? – preguntó con una confianza que envidié.
— Claro- dije de forma tímida– me gustaron tus intervenciones.
— Pues muchas gracias- dijo sonriendo– ¿puedo saber tu nombre?
— Karina, ¿y el tuyo?
— Aria- me inclinó la mano- un gusto conocerte.
— Igualmente- sonreí y le correspondí la mano.
2.
Los días previos al juicio se me hicieron eternos. 3 meses habían tenido que pasar para darle audiencia al asesino de Aria. Un tiempo corto al pensar de otros homicidios. Mayo se había convertido en un mes que no deseaba recordar, pero el solo hecho de pensar en ella y en la tonta pelea que habíamos tenido antes de su muerte, me hacía sucumbir.
o éramos una pareja que discutiera seguido. Al contrario, nuestra relación era bastante sana. Siempre buscábamos el bien de la otra.
Nuestras vidas siempre estuvieron marcadas por la diferencia, en términos familiares ella solo tenía a su madre y hermana. A veces trabajaba medio tiempo junto con Claudia para ayudar a su madre con los gastos, ya que dos hijas en la Universidad es violento para cualquier bolsillo promedio chileno.
Yo por mi parte nunca tuve deficiencias económicas. Era hija única que dos padres con trabajo. Siempre fui una chica tímida y más bien solitaria. Aprendí a tocar el cello a los 9 años, y en eso se basó gran parte de mi vida. Hasta que llegó ella. Me enseñó en maravillas de la vida que desconocía.—Karina, hola. — era Claudia al teléfono.
—Hola. – dije sin mucho ánimo.
—¿cómo te encuentras, linda?
—Igual que siempre, ¿y tú?
—Aguantando. Sigue siendo difícil, hace poco volví a trabajar, mi madre aún no puede. Tus padres me avisaron que habías salido de la clínica la semana pasada, pero no tenía fuerzas para llamarte, lo lamento.
—Lamento oír eso de tu madre – saber que la madre de Aria estaba mal me hacía sentir culpable. – pero por lo demás no te preocupes, lo entiendo, yo también quería llamarte, pero no podía.
—Karina – su voz se quebró – creo que ya te avisaron de que hay fecha para el juicio.
—Sí, ya lo sé.
—¿irás? – su voz me suplicaba.
—Sí, haré lo posible – comencé a llorar. Ella al escuchar mis palabras también.
—Gracias.
—Gracias a ti. -corté la llamada.
Mi madre me miraba desde la cocina, analizando la situación. Había vuelto a casa hace poco y me vigilaban bastante bien.
3.
Recuerdo nuestra primera cita. Fue en una cafetería cerca de la universidad. Ella me invitó. Se arriesgó, claro, Aria era abiertamente lesbiana y yo era una chica de 19 que no conocía su sexualidad. Me concentraba en estudiar y tocar el cello.
Creo que me gustó desde que la vi, pero no lo supe en ese entonces. Ese nuevo y extraño sentimiento, esas mariposas en la cabeza y garganta al hablar con ella eran nuevas para mí. Pero placenteras. Quisiera seguir hablando con Aria toda mi vida.
Pronto nos hicimos amigas, buenas amigas.
¿Existía tensión? Por supuesto, pero ella cuidaba cada uno de sus pasos conmigo. Nunca se propasó o me obligó a experimentar algo de lo que yo no estuviera segura.
La primera vez que nos besamos fue gracias a mí.
Me gustaba, de verdad me gustaba y quería estar con ella para toda la vida, pero la vida es muy corta para nosotras.
Y se lo dije, después de 10 citas a diferentes parques, cafeterías, noches de películas y tardes de fruta se lo dije, “me gustas”. Con mucho miedo esperé su respuesta. Aria me miró, con sus ojos color miel. Tomó mi mano y me besó. Fue algo cálido, húmedo, tímido. Pero supe que yo también le gustaba, y que ese sería el comienzo de nuestra historia juntas.
Caminamos por aquel parque, aquel que se convertiría el testigo de nuestros momentos de amor y discusiones. Tomadas de la mano, contemplamos el atardecer de ese día, mágico, el más lindo que recordaré por siempre.
4.
—¿Hija de verdad crees que estas lo suficientemente estable como para ir al juicio?
—¿qué tratas de decir con eso, mamá?
—aún sigues en tratamiento y tu padre y yo hemos hablado… creemos que no sería lo mejor…
—mamá, debo hacerlo, en su memoria, además, me llamaron hace nos días… tendré que testificar…
—¿¡Qué!?- el grito de mi madre llamó la atención de mi padre.
—¿Qué sucede? — preguntó mi padre entrando a la cocina.
—Karina va a testificar en el juicio contra el homicida de Aria.
Mi padre se quedó pensativo unos momentos, luego agregó — eso no sería tan malo— mi madre lo miró seriamente.
—definitivamente no, estás débil aún, saliste hace poco de la clínica y no volveré a verte caer, no así — comenzó a llorar y salió de ahí.
No volvimos a hablar del tema hasta el día del juicio. Me levanté temprano y me vestí formal para la ocasión. Mi madre no se asomó a verme.
—¿podrías llevarme el juzgado? — le hablé a mi padre.
—claro que sí, tu madre no querrá ser parte de esto así que yo estaré contigo en todo momento.
—gracias papá — le di un abrazo cálido, pero la verdad, es que sentí como él sintió cada hueso de mi espalda, mis costillas y mis brazos delgados y desgastados. Una lagrima corrió por mi mejilla.
Camino al juzgado sentía ganas de vomitar. Los minutos parecieron horas para llegar. Apenas podía respirar con normalidad, enfrentarme al asesino de Aria otra vez sería doloroso, pero debía hacer esto por ella.
Llegamos cerca de las 2:30 PM. El juicio comenzaría a las 3:15 PM.
Me tiritaba todo el cuerpo, serían momentos decisivos para recuperar la justicia perdida del mundo homofóbico en el que vivimos. Claudia se encargó de llamar la atención de la prensa y hacer que fueran al juzgado. Al bajarme del auto, quisieron entrevistarme y sacarme fotos, pero mi padre no lo permitió. Entramos en las oficinas lo más pronto que pudimos y ubicamos a la familia de Aria.
Puedo recordar los buenos momentos, donde sentíamos que éramos libres, volábamos, pero manteníamos los pies en la tierra. Teníamos raíces y crecíamos como los árboles. Pero las cosas cambiaron, ahora tengo un arma en mi mente, y podría contar con los dedos quienes nos hicieron daño, cortarlos con una daga y dejarlos sangrar. Estoy cansada y enojada, alguien debería estarlo ¿no?
He pasado años tratando de encontrarme, de reconciliarme conmigo misma y vivir. Cuando por fin lo logro, me lo arrebatan a la fuerza y debo aprender a vivir con ello, ¿Por qué? Aun no lo comprendo del todo. Me pidieron que sonriera, pero no tengo nada por qué sonreír, lo tengo todo, y a la vez no tengo nada, esa es la mayor mentira de mi vida.
Con Claudia entramos a la sala correspondiente, ambas debíamos testificar frente al juez. Había mucha prensa fuera de y dentro, ya que el crimen había sido tan violento, era el primero así en unos diez años más o menos, y que fuera hacia una mujer lesbiana, lo dejaba como precedente.
Pasaron los segundos, los minutos, las horas, hasta que llegó mi turno de hablar.
No diría mentiras, amaba a Aria con todo mi corazón, pero también sentía odio dentro de mi alma, odio hacia su muerte, su asesino, su partida. ¿Por qué él se sintió con el derecho de arrebatármela?
Me pidieron hablar.
—Aria era la persona más adorable que conocí en mi vida— comencé diciendo— era una mujer inteligente y fiel a sus principios… nunca le habría hecho daño a nadie conscientemente. Íbamos a la misma universidad, ahí nos conocimos, a pesar de que ella era mayor, siempre me trató como su igual. Comprendí el valor del amor a su lado. Él acusado… es compañero de la universidad, más específicamente de la sección de Aria… Nos conocía a ambas… Siempre intentó desprestigiarla por ser lesbiana, decía que su palabra no valía nada… ella era un sol en la vida de las personas, siempre intentando ayudar y luchando por lo que creía correcto. Su corazón estaba hecho de oro. Yo era afortunada, ella era una estrella.
Lo encontraron culpable finalmente, cumpliría 10 años de prisión, y aunque encontraba que la sentencia era generosa, estaba segura que recibiría su castigo por lo que hizo.
Mirar al cielo era lo único que me daba paz. Saber que ella estaba en las estrellas y yo tenía atados los pies en la tierra. En un lugar mejor, sin dolor, sin prejuicios injustos, sin nadie que la odiara por ser quien era, eso ayudaba un poco a mi alma. Pero nada es lo que parece, nunca volvería a ser una pisca de lo feliz que fui con ella. Mi vida había cambiado en 180 grados, nada volvería ser lo que fue, la soledad era mi nueva compañía. Pero al menos tenía su recuerdo.
El recuerdo de la felicidad, de sus ojos, su cabello, sus manos, y eso era suficiente. Un día conoces a alguien que te cambia la vida sin avisar. Y se va. No se queda, porque no puede. O no debe, pero permanece en tus recuerdos para siempre.