Se acerca el fin de semestre y tanto en las consultas como en los dispositivos de bienestar estudiantil, comienzan a llegar estudiantes con malestares asociados al rendimiento y la sobrecarga académica, una demanda que disminuye hacia el final del periodo académico.
¿Qué provoca este fenómeno? ¿Es simplemente una cuestión de rendimiento individual o es un fenómeno derivado de las condiciones de la vida estudiantil?
Mientras estas preguntas surgen, suena en mis audífonos la canción «La Cultura» de la banda vasca Kortatu: «hay que agusto, me iría hoy a la cama. Pero hay que estudiar, tengo examen mañana. Cualquiera diría que los exámenes son el fin al que dedican su propia vida. ¡Qué aburrimiento, qué tontería! Tendré que tomarme una anfetamina. Y recuerdo el tiempo cuando todo esto me resultaba constructivo, inspirador y educativo».
Pareciera que el fin de semestre evoca un ambiente de malestar psíquico, donde el sufrimiento es un costo normalizado. Una especie de contrato implícito para poder obtener, en el futuro, un título universitario. Esto a veces socava el interés genuino en la elección y permanencia en una carrera universitaria. Es importante vislumbrar esta sentencia en Chile y, de acuerdo con el devenir histórico, «estudiar una carrera universitaria se ha instalado como norma, proyecto y destino moldeado no sólo por aspiraciones de movilidad social ascendente, sino también por la constatación de que, sin una profesión, las condiciones materiales proyectadas hacia el futuro se tornan inestables y potencialmente precarias» (Cifuentes, A., 2022, p.65). Entonces, el malestar se vuelve una condición aceptada para poder optar por mejores condiciones materiales en el futuro.
También se percibe una ansiedad relacionada con no retrasarse en la finalización de la carrera, ya que se ponen en riesgo los distintos sistemas de financiamiento económico universitario: perder la gratuidad, tener que pagar fuera del plazo que ésta cubre, pagar un semestre más de CAE. Además del temor de quedarse atrás por factores económicos, aparece uno asociado al contenido: «la fatiga ante la sobrecarga académica y la presión de vivir bajo una temporalidad desconocida, es decir, un ritmo de permanente aceleración, donde la exigencia de anticipación constante no deja espacios para el ocio y, por tanto, es fuente de ansiedad» (Cifuentes, A., 2022, p. 54).
En 1966, se publicó en Francia el libro «Sobre la miseria en la vida estudiantil considerada bajo sus aspectos económico, psicológico, sexual e intelectual» por la Internacional Situacionista. Me gustaría detenerme en su planteamiento: «el estudiante es un ser dividido entre un estatuto presente y uno futuro, y cuyo límite va a ser traspasado mecánicamente» (1966, pp. 56). ¿Son estos estatutos, basados en la premisa del futuro, los que hacen que se acepte y normalice esta situación de sufrimiento, aislándola a casos individuales?
Creo que es posible responder esta pregunta desde el planteamiento de Winnicott en su libro «Realidad y juego», en torno al «impulso creador de realidad» (Winnicott, 1971, p. 95). La ausencia de este impulso no necesariamente produce sujetos apartados de la realidad, pero puede generar sujetos enfermos y muy arraigados a la realidad, en un «régimen de acatamiento y sometimiento a la realidad, que bien puede ser muchas veces vivir conforme a la creatividad de otra persona o de una máquina» (Constantini, 2017, p. 46). Esta situación descrita se puede asociar al concepto de «normopatía», el cual se puede definir como: aquello que es normal resulta patológico. Varios autores han trabajado sobre esta idea desde el propio Freud (1991)) con su escrito «La psicopatología de la vida cotidiana» de 1901. Otros autores como Wilhelm Reich vieron aquí la sumisa docilidad resultante de la represión sexual burguesa. Erich Fromm prefirió hablar de conformismo, adaptación pasiva y miedo a la libertad. Theodor Adorno y sus colegas enfatizaron el sometimiento y el convencionalismo de la personalidad autoritaria (Pavón-Cuéllar, 2022).
Así, la patología de la normalidad, precisamente por ser de la normalidad, es un fenómeno fundamentalmente social y no individual (Pavón-Cuéllar, 2022) alguien muy bien adaptado a la sociedad y sus normas, a pesar del alto costo que esta adaptación conlleva. Volviendo a los autores mencionados por Pavón Cuéllar y sus estudios en torno al nazismo y el fascismo: «Uno actúa patológicamente al comportarse normalmente, al desempeñar su rol en Zimbardo, al obedecer en Milgram, al conformarse al grupo y a su norma en Asch y Sherif, al someterse y ser convencional en Adorno, al ser conformista y adaptativo en Fromm, al ser dócil y sumiso en Reich. En todos los casos, el comportamiento normal es lo patológico, lo erróneo, lo irracional, lo violento e incluso lo asesino, como lo era el comportamiento normal de nazis y fascistas» (Pavón-Cuéllar, 2022).
Volviendo a la «máquina universitaria», esta produce, en momentos puntuales del año, sujetos enfermos (crisis de pánico, trastornos de ansiedad, trastornos del sueño, entre otros) o, a veces, sufrimientos prolongados, sin importar las condiciones materiales de vida de estos. La meritocracia funciona para todos por igual; la particularidad no tiene cabida ante el mandato del rendimiento. De acuerdo con el artículo citado, es importante tener en cuenta que «los/as/es estudiantes de primera generación universitaria (EPG) presentan mayores dificultades para concluir sus estudios superiores debido a sus déficits de capital cultural heredado (…) donde el proceso de transición está marcado por desajustes entre el habitus de los/as/es estudiantes y la lógica institucional-universitaria» (Cifuentes, A., 2022, pp. 63).
¿Qué proponer? Tal vez la respuesta cliché, pero necesaria, es colectivizar el malestar para, como dice Freud en 1924 “transformar la realidad sin desmentirla, produciendo un trabajo que opere sobre el mundo exterior” (2007, p. 195), y no solo realizar modificaciones a nivel personal, como «gestionar el tiempo, planificarlo, o mejorar el autoconcepto académico». Buscar una forma de subvertir las condiciones institucionales que provocan malestar, poner en práctica un potencial de agencia en la realidad exterior; «una actividad de discernimiento de los obstáculos que impiden nuestro tránsito desde el deseo hacia la acción colectiva. El tránsito es un proceso cognitivo y sensible, perceptual y sensitivo, por el cual elaboramos el propio malestar en la acción psicopolítica de la realidad» (Exposto, p. 177, 2022). Se trata entonces de buscar el encuentro de las individualidades que pongan en el centro la reivindicación del quehacer colectivo, que supone el encuentro con otros y las relaciones que se juegan con las instituciones, una agencia y potencial de cambio de aquellos que se supone son protagonistas de la educación superior.
Mientras suena en mi cabeza el final de esta canción: «que la cultura es tortura, no nos vamos a engañar».
Bibliografía:
Constantini, L. (2017). Ficción y realidad. Huellas, Psicoanálisis y territorio. 43-53
Cifuentes, A., y Abarzúa, M. (2022) Experiencias de transición desde la educación secundaria a la Universidad: Expectativas, tonalidades afectivas y la promesa del futuro postuniversitario. Salud Mental Universitaria, Voces, Trayectorias y Políticas Situadas. 49-69 https://libros.uchile.cl/files/presses/1/monographs/1332/submission/proof/48/index.html
Exposto, E. (2022) Politizar el sufrimiento. Marxismo y psicoanálisis en León Rozitchner. FILO:UBA. http://repositorio.filo.uba.ar/handle/filodigital/16605
Freud, S. (1991) Psicopatología de la vida cotidiana. En obras completas, volumen 6, Amorrortu ediciones.
Freud, S. (2007) La pérdida de la realidad en neurosis y psicosis. En obras completas, volumen 19, Amorrortu ediciones.
Internacional Situacionista y Estudiantes de Estrasburgo (2016). Editorial Cuarto Asalto. Madrid 2016. https://profesordefrancesenmadrid.com/wp-content/uploads/2022/02/Guy-Debord-4.pdf
Pavón-Cuellar, D. (2022) Normosis y Normopatía: Patologías de la normalidad en el capitalismo. https://davidpavoncuellar.wordpress.com/2022/03/25/normosis-y-normopatia-patologias-de-la-normalidad-en-el-capitalismo/
Winnicott, D.W. (1971) Realidad y juego. Gedisa. Buenos Aires, 1988.
Muy bueno! Muy interesante. Me queda una reflexión complementaria, puesto que la colectividad se me hace necesaria mas no suficiente como para enfrentar la meritocracia individual. Y es que a una política de los logros quizás podríamos pensar el fenómeno desde el fracaso. Por más oportunidades de acceso se sumen, no es posible fracasar y el costo psíquico del fracaso es demasiado alto para el sujeto (y posiblemente también para las colectividades, aunque exista mayor contención). Una sociedad donde se nos permita fracasar una y otra vez quizás sea imperativo hoy en día en que la posibilidad del fracaso sin costos, es un privilegio.
Me traslado a mis tiempos de estudiante de liceo municipal a la PUC donde la brecha educacional de base y la económica marcaban diferencias notorias. Había estrés y ansiedad, pero la competencia era menos o menos notoria a como es hoy.
La promesa de futuro nos mueve, nos empuja o nos paraliza.