Vivíamos en un séptimo y sexto piso del centro, en un gran PH tipo conventillo. Las únicas banderas del lugar eran la ropa esperando al sol que la seque. A veces, los perritos para tender rodaban sobre el techo hasta perderse en el tragaluz. Era atrapante ver como giraban y rebotaban por el zing. Imposibilitados de hacer otra cosa que bajar, golpe tras golpe, para encontrar de repente el abismo en frente de ellos. ¿Sabían acaso que solo un mal movimiento los haría caer en la ruina? Y así estábamos varios en ese lugar, rodando para todos lados, sin pensar en que quizá, al final de todo eso, se encuentre irremediablemente la gran caída. Mi mente venía siendo un vertedero, y necesitaba escapar un poquito de todo eso. Harto de pensar, de hurgar, de ahogarme dentro de ideas inconclusas, poco definidas, de constantes luchas contra la luna. Difícil situación acontece cuando deseas huir de ti mismo, pero yo tenía mis métodos. Íbamos a hacer algo especial en la casa. Hace días que no podíamos juntarnos todos y en un comienzo se planeó con dos vecinos: una colombiana que ya era como mi hermana y un punki fanático de Batman. Ya en la noche se nos sumó el pololo de mi amigo, con un vino bajo el brazo. Su cara y expresiones me recordaban al Jocker, y era obvio que así lo conquistó.
Envases avinagrados de cerveza coloreaban mi pieza, y junto a la ropa sucia amontonada y los ceniceros llenos, se generaba un gustoso sabor en el aire. Pequeños dibujos cargados en juventud, con trazo tosco y algunos pulcro, cubrían las paredes de la pensión. Mi colchón lo sostenían dos pallets de supermercado y casi todos los muebles estuvieron un día por las calles: estaba sentado sobre la orilla de la cama, quemando una colita, mirando mi querida lámpara de lava. Dejaba un sombrío verde asomar por los muros, que variaba en intensidad según la distancia. Si había algo que valía la pena allí era observar por horas sus movimientos, su densidad, su baile, lo que el calor generaba para intentar correr una vez más hacia arriba. A quizás la supuesta salida. Comprendí sus ilusiones. Siempre eso sí volvía a su realidad, descendiendo al comienzo cuando estaba casi por salir, para esperar subir nuevamente. Por fin tocaron la puerta. Era mi vecino, Henry, y daba golpes mientras gritaba “¡ya está sucediendo, ya está sucediendo” Estaban él y su pololo. Apenas abrí la puerta sus ojos me comprobaron lo que me venía a decir. “¡siento que ya es!, está actuando, lo sé, lo sé.” Me dijo.
Era el momento sagrado en el cual hay que fumarse uno. Siempre para empezar este ritual esperábamos contactar los primeros signos de locura para quemar el primer cañito. Yo había hecho trampa, pero era solo una colita y me hacía falta. De repente la escalera se siente fuerte. Voy a la puerta y me encuentro con la colombiana bastante agitada. “Angela, ya lo sabemos. Estábamos por ir a buscarte para darle mecha”, le señaló el enrolado, y le muestro a todos que sobre la mesa había siete más: “Hice bastantes, no quiero tener que armar en la noche como la última vez”.
Bueno, en la casa siempre existió la ley del duende. El que lo armó lo prende, y ya dándole unas buenas pitadas lo corro hacia la izquierda. Estábamos ansiosos, alegres, expectantes. Todos fumaron con tranquilidad, hasta que una mosca se paró en la pared. Fue inevitable pararme para observarla. Desde mi posición sobre la cama se veían sus tonos grises y verdes, azules y morados. Claramente no era cualquier mosca, su tamaño era mucho más grande que el promedio y sus alas parecían que alguna vez las usó un hada. Largas y delgadas eran sus patas, escamoso y brillante su cuerpo. Todos nuestros ojos se encontraban a centímetros de ella, y parecía agradarle la idea de estar en pasarela. Caminaba como una lagartija a lo ancho de un mural, y los elogios comenzaron a llenar la pieza.
Era algo realmente magnífico. ¿Cómo podíamos estar apreciando a tan bella criatura? De pronto caí en razón, y todo estaba más que confirmado. “Chicos”, les dije, “ya pegó completamente el ácido”.
Habíamos comprado dos cartoncitos y los cortamos por la mitad. Cada uno media dosis. Cada uno con una gran travesía que nos esperó y por fin estábamos ahí. Libres de lo que no queríamos, de lo que nos imponen, de lo que nos imposibilita. Todos nos mirábamos, para dentro y para el otro, para lo humano más que lo social. En ese momento sí “se podía ser”, y no como quería ser, ni como aparento, sino más bien como lo que soy y somos. Un gran sentimiento de aceptación llegaba siempre dentro del ácido, y tus demonios tal vez los veías como una linda parte de ti. Me encontraba en ese sitio, entre mi pieza y cuatro pensamientos; deslumbraban seis colores, tres sonidos y nueve imágenes; me mantuve atareado dentro de mí, y el brillo de otro caño asomó entre el humo de los cigarrillos. Apenas le di una pitada, todo eso se desquebrajó. Me atormentó recordar algo. Impaciente, acaudaló mi mente la negativa. Había quedado de verme con la cajera del Resto en el que trabajaba, y debía estar por llegar. ¡Cómo lo olvidé! Justo en este momento. Tal vez mi mente lo hizo porque no solo necesitaba droga si no también amor. Más que amor ambos sabíamos a lo que íbamos. Mi situación actual era mala. Debía responder lealmente ante mis amigos; quedándome y guiándolos dentro del ácido, disfrutando y riendo con ellos. O podría contestar a mi noble instinto humano, intrínseco, de poder mojar. Tampoco sabía bien lo que quería. Era el humano contra lo social, el ser contra las convenciones. ¿Sacrificar un buen nombre en pos de coger? Y claro, si realmente eran mis amigos iban a entender mi situación. Además el ácido iba a durar horas, podía volver a cumplir la función de mejor compañero apenas ella se fuera. Comenzó a sonar un celular y Henry lo contestó. No entendí lo que dijo, y me pasó después de unos segundos el teléfono. Me sentí el más diminuto y estúpido habitante de la tierra. Era la cajera, estaba abajo en la avenida. ¡Es cierto que mi celu no andaba! Le dejé el número de mi vecino para que contacte. Fácil sería culpar a la weed de mi frágil memoria, pero desde pequeño decían siempre que andaba en la luna. Les conté en el acto mi traspié, mi situación y mis esperanzas de poder, a pesar de todo, concretar con la chica. Para hacerme el tonto me escudé en que me sentía obligado a responder. Entendieron que ya ocurrieron muchas miradas de cara doblada durante el trabajo, de ojos inquietos y manos en el pelo entre los dos. “No puedo decirle ahora que no, pero volveré con ustedes. Ella no se va a quedar y apenas se suba al taxi retorno triunfante con todos”.
Se generó una tensión esperable, pero aceptaron moverse del cuarto a la cocina. Cuando pasé junto a ellos, con mi compañera de trabajo, no fue solo odio lo que se respiró, fue como si la gravedad pesase un poco más. Paso a paso llegamos a mi pieza y nos instalamos sobre el colchón. Le pasé un vaso con vino y agarró uno de los caños. Ya venía algo enfiestada y eso me tranquilizaba. No pretendía decirle que estaba en ácido, que olvidé que venía y que tuve que dar explicaciones entre miradas de decepción. Todo sucedió bastante rápido, apenas terminamos de fumar ella me agarró un brazo tocando un tatuaje. Lo acariciaba y miraba, como si no fuera de mi piel y tocase a alguien más. Yo la miraba hacia abajo, su pelo era liso y lo único perfumado en el lugar; el escote dejaba ver ese tobogán que se genera entre el cuello y los hombros, me imaginé tirándome por allí cien veces, sintiendo la suavidad y la calidez que me simbolizaban, los nipones antiguos creían que el cuello era la parte sexual más bella de una mujer, y vaya que sabía esa cultura. Con mi uña redonda muevo la piel de atrás de su oreja, y su pequeña mano se desliza entre mi polera, y pecho, y cuello, cada recorrido de sus dedos daban una tibieza que sentía hasta la otra parte de mi cuerpo: mi mano, sobre su rodilla, la vista: en sus ojos. Como si usara tenazas aprieto su carne contra mi palma, estrujando tiernamente mis dedos sobre su calza. Avanzo hacia arriba por su pierna, sin soltar nunca la presión. Inclinó la mano hacia la parte interior de su pierna y ésta está más cálida, más esponjosa. Un lujo realmente. Su mano había llegado a agarrar mi hombro, y estaba acercando su cara, cuando de pronto tocan la puerta desenfrenadamente con gritos de auxilio.
No lo puedo creer, ¡qué mierda pasó! Era Ángela y atrás venían los chicos, muy exaltada escupió: “¡Ayúdanos se está sintiendo mal y no sabemos por qué qué hacer mira mira no responde solo se cae y no se mueve y hay que ir al hospital y estamos muy locos pero tú tú ya lo has hecho varias veces el ácido tienes que llevarlo no sé vamos que cara poner en la guardia ni que decir vamos acompáñanos te necesitamos vamos ahora a tomar un tacho!”
Efectivamente, colgaba de los brazos de Henry su pareja. Parecía pasmado, pero energético. Como si en cualquier momento soltase baba y gritos y se cagase en el lugar. La concha de tu madre. Agarro mi billetera, un par de caños y los cigarros. Bajamos corriendo todos mientras me excusaba con ella. Aunque no hacía falta, entendió la situación y trató de alentar y dar estúpidos consejos. Yo era el que aún no entendía todo. ¡Por qué mierda! por qué mierda tenía que estar a las tres de la mañana, un sábado, en ácido, muy volado, yendo a un hospital por la intoxicación de un amigo. Yo tampoco sabía mucho que hacer, nunca me pasó. Maldita vida. La calle estaba aún muy movida y agarramos el primer taxi que pasó. Vi su carita una vez más antes de subir al auto. Apenas cierro la puerta el conductor nos preguntó dónde íbamos. “Al bar de Luca, por acá derecho cinco cuadras”, contestó la pareja de mi amigo, y todos rieron. Todos rieron menos yo. Todos seguían riendo, menos yo. Entre las carcajadas se asomó la voz de Henry: “Amigos, ¡la operación fue un éxito! Te salió convincente, Angela. Perdón, Diegui, pero no soportábamos la idea de que estuvieras ahí con ella y no acá con todos. Su llegada fue como un Grinch en navidad”. No estaba en el asiento del tacho, sino en el más maléfico plan ideado jamás. Siendo rescatado sin pedirlo, observando la gloria para verla alejar, mirando la espuma sin tocar el mar. Siempre algo pasaba. Tendré que esperar, nuevamente, otra ocasión. En ese momento, por fin entendí a la lava de mi lámpara.
La lava de mi lámpara
Vivíamos en un séptimo y sexto piso del centro, en un gran PH tipo conventillo. Las únicas banderas del lugar eran la ropa esperando al sol que la seque. A veces, los perritos para tender rodaban sobre el techo hasta perderse en el tragaluz. Era atrapante ver como giraban y rebotaban por el zing. Imposibilitados de hacer otra cosa que bajar, golpe tras golpe, para encontrar de repente el abismo en frente de ellos. ¿Sabían acaso que solo un mal movimiento los haría caer en la ruina? Y así estábamos varios en ese lugar, rodando para todos lados, sin pensar en que quizá, al final de todo eso, se encuentre irremediablemente la gran caída.