En el cuarto sucio de esa pensión, estaban tirados él y ella contra la pared. La luna rayaba la noche, pero no alcanzaba a entrar por la ventana. Sus ojos atestiguaban la oscuridad del cuarto, y mecían sus miradas con serena tristeza. ¿Cuánto fue que se amaron?, tanto había para hacer, en esas tardes sumergidas en nubes protectoras del sol, decidiendo qué futuro alcanzarían, sacramentando juramentos eternos, en las mañanas celando a la cordillera, prometiéndose su finita vida, y el amor, sus deseos por concretar, mas el tierno llanto del tiempo objeta los sueños, y termina siempre por develar las sombras más temprano que tarde. En sus manos un cogollo, fresco y oloroso, si la azúcar brillara así perdería su reino los diamantes, pero a pesar de esto, la soledad se sostenía en el ambiente. Lúgubremente muele con sus dedos, sopesando lo que venía, cabizbaja ella lo miraba, amándolo, como el primer momento, deseándolo, como el vívido primer orgasmo juntos, igual que los días paseando bajo la lluvia, igual que las mantas en invierno. La pena desbordó en sus pechos, creando esferas pesadas de carbón, y así la pieza se llenó de negros minerales, observando la triste escena. Ella le pasó una boquilla, él saco los ocb, sus dedos torpemente acariciaron la piel de la seda, y el papelillo comenzó a enrolarse hasta el final. Es una pena, él la ama a ella, ella lo ama a él, pero un maldito día que el sol decidió levantarse, el destino quiso arrebatarles el alma, y apuñalar la alegría de vivir. Ella, caminando por la calle, el sol había desaparecido hace poco y los pájaros se guardaban en su nidal, desenfrenados tres tipos de un auto se bajaron, y comenzaron a forcejearla. Dios estaba mirando, como ella gritaba, como intentaba golpearlos con sus delgados brazos, huir de la realidad, pero le pegaron, ellos la subieron. De esa sucia realidad en forma de trapo, untada en las garras del cosmos humano, manchada, por décadas en tristes árboles cortados para escribir edictos, en la putrefacción espiritual que asola al hombre en su destino, las desigualdades del mundo es la lucha nunca librada, la mentira de los países, desarraiga al ser de su alma. Así fue como gritaba, gruesas manos la amarraban contra el piso, ásperas, la insultaban y reían, en ese hediondo peladero, lloraba y rogaba que la dejaran, que su voluntad se trisaría, que los días no podrían pasar, y las noches las cubrirían tinieblas, ellos, la llamaban maraca y golpeaban sus piernas, sonrientes, observando con sus desgraciados rostros el alce con la flecha recién cazado. Uno de ellos comenzó a rasgar sus ropas, con una navaja de cinco centímetros, amenazaba su cuello y ordenaba a otro ir retirando las telas cortadas. Se comenzó a desvanecer, y entre sus nebulosos ojos vio el rostro de su amado, mirándola con ternura, recordando sus besos, deseando la calidez de su piel, odiándose, por ser tomada así, como basurero de instintos, como festín de ratas piojosas, violada, su intimidad, su cuerpo jurado para el amor, para la tranquilidad de lagos entre bosques, profanado por bestias impías, esbirros del patriarcado y de todo el egoísmo humano, pruebas de la muerte de dios, anacrónicos demonios de hace treinta y tres siglos, ellos, tomaron prisionero la carne de ella, rompieron su voluntad, y festejaron el abismo que dejaron en su alma. Sangrando, hurtada de luz, carente de espíritu, su mirada a ningún lugar, cubierta con el semen y cortes en sus piernas, desgarrada de pánico, se quedó entre su mente y el universo, recorriendo astronómicos sitios, donde posiblemente existía salvación, ahogándose en penumbras, comenzó a llorar y rascarse todo el cuerpo. Alguna vez, él y ella desvelaron días entre gemidos a las paredes, acariciaron la suerte de la plenitud sentimental, deseándose mutuamente a toda hora, haciéndolo al cocinar, imposibilitados de ver una película completa, y regaloneando tiempo extra cada mañana, pero el canto eterno del destino corrió el viento fuerte y se lo llevó al cielo, para nunca palparlo jamás. “Te amo” le dijo ella, y lágrimas escurrieron lentamente, con voz ronca y lluviosa, replicó él: “Te amaré en todas nuestras vidas, en todas nuestras noches, en todos nuestros destinos, en cada plano de la existencia, en cada poro de tu cuerpo. Te amé en este abismo y te amaré en lo que vendrá, te amo ahora, vida mía, en este momento, ayer y en cualquier tiempo.” Él, con el caño en su mano, acerca su brazo izquierdo al muslo, revelando su muñeca, y ella asoma desde la oscuridad un cuchillo, las sombras se tornan violentas en su contorno, lo mira fijamente a los ojos, como dándole gracias, como declarándose eternamente suya, sus manos, deslizan el filo a través de la piel dél, y desangra tintosas gotas hasta el piso. Le acaricia el rostro, peina un pelo de su frente antes de pasarle el cuchillo, él le devuelve un beso, amarga caída que es la vida, tenues ilusiones que se desmoronan, el cosmos teje destinos y los caminos son redes que se deshilachan, danzando infinitamente bellas ante la eternidad. Sostiene la mano izquierda della, le acaricia una vez más, recuerda también cuando la besaba, y empastaba en saliva todo su recorrido, mordiendo tiernamente, amándola en caminatas abrazados, pero ahora, teniendo que abrir su carne, imposibilitado de continuar existiendo, los dos, arrebatados el uno del otro, extraídos a la miseria de ver muertas sus ganas de vivir. Recuerda que morirás, y si el oráculo les entregó este futuro, amargo y ennegrecido, quisieron negarse rotundamente a no poder decidir siquiera cómo partir, ya cansados, para seguir sin estos recuerdos, que asechan, en incontables momentos con oscuridad y desgracia, para olvidar, para desaparecer de la crueldad y con la promesa de reencontrarse, como juraron, como lo desean, y ambos lo sentían así en su corazón. Los dos, sangrando se miraron y prendieron lo enrolado, se juntaron más y acariciaron sus piernas, comenzaron a llorar, sin amparo quedaron sus sentimientos suspirando al olvido, la angustia hurta cada segundo mientras se besan, pero una sonrisa, tibia, devota en un futuro espléndido, prometida en tranquilidad y amor, expresaban sus rostros. Se acariciaron las mejillas, gritaban cientos de cosas a través de sus ojos, pronto, pronto mi amada, pensaba él, volveremos a ser dos y para nosotros mismos, volveremos a refugiarnos entre sábanas desparramadas, entre besos de largos trayectos de micro, estaremos nuevamente juntos, amor de mi alma, camino de mil caminos, elegida mía, para mí entre todas las estrellas que pudieran existir, tuyo de todas las formas y en todas las existencias, volveremos a estar juntos, volveremos a estar juntos y te amaré incluso más que ahora… Ella dio otra pitada, él la observaba fumar, aún lucía bellísima, aún apreciaba cada músculo que su sabio cuerpo colocó. Él dio la última pitada, y tosió por vez final, se abrazaron, la sangre inundó el lugar, se dedicaron dos salados besos, de los que no se quieren soltar, cargados hacia el pecho, nudosos al cuello, la luna seguía sin llegar a la ventana, la noche se hizo más negra, y en ese frío piso de baldosas, ambos cayeron para no volver, eligiendo reencontrarse en la infinidad del tiempo, negando la posibilidad de dejar de amarse, perteneciéndose a sus ojos, y entrelazando sus almas para la eternidad, jurándose así, volver a enamorarse.
El último cogollo juntos
En el cuarto sucio de esa pensión, estaban tirados él y ella contra la pared. La luna rayaba la noche, pero no alcanzaba a entrar por la ventana. Sus ojos atestiguaban la oscuridad del cuarto, y mecían sus miradas con serena tristeza. ¿Cuánto fue que se amaron?, tanto había para hacer, en esas tardes sumergidas en nubes protectoras del sol, decidiendo qué futuro alcanzarían, sacramentando juramentos eternos, en las mañanas celando a la cordillera, prometiéndose su finita vida, y el amor, sus deseos por concretar, mas el tierno llanto del tiempo objeta los sueños, y termina siempre por develar las sombras más temprano que tarde