Resonancias de Amor: sobre la cuarta fecha del club de lecturas sensibles

[ACTIVIDADES] En el último encuentro del club de lecturas sensibles nos dejamos llevar por la inquietante escritura de Clarice Lispector en el cuento Amor. La propuesta fue, como siempre, abrir el espacio a lo que el texto nos va haciendo sentir una vez que nos encontramos con el, eso que nos pasa en el cuerpo, lo que nos detiene, lo que nos atraviesa y luego se vuelve pensamiento.

En el último encuentro del club de lecturas sensibles nos dejamos llevar por la inquietante escritura de Clarice Lispector en el cuento Amor. La propuesta fue, como siempre, abrir el espacio a lo que el texto nos va haciendo sentir una vez que nos encontramos con él, eso que nos pasa en el cuerpo, lo que nos detiene, lo que nos atraviesa y luego se vuelve pensamiento.

Muy prontamente apareció la experiencia de la crisis. Esa grieta cotidiana que Lispector alcanza a poner en palabras, momentos que irrumpen en lo ordinario y que, de un instante a otro, lo desacomodan todo. Varios reconocimos esas sensaciones: crisis cotidianas como las que se viven en la micro o en la calle mientras caminamos hacia nuestros rutinarios destinos, «esas que yo he tenido» dijo más de uno. La lectura y su conversación nos recordó cómo esas interrupciones también nos pertenecen, cómo se sienten en la piel y cómo, a pesar de la experiencia individual y particular, es algo que nos une en colectivo. En esta medida, leer a Lispector fue, más que entender, sentir la escritura: detenerse, tomar apuntes, mirarse hacia adentro. En ese gesto íntimo y compartido a la vez, el texto se volvió un espejo de nuestra época o quizás de nuestro territorio, si somos más precisos: esas crisis que parecen insignificantes, de las que rehuimos para mantenernos enteros y funcionales, pero que, si se dejan entrar, revelan un fondo ruidoso, angustiante y mucho más profundo en la experiencia de vivir.

En esta misma línea es que también surgió la pregunta por el género. ¿Qué significa que Ana -la protagonista- cayera en un «destino de mujer»? Entre los cuidados, las obligaciones y el mandato de amar a otros de forma sacrificial emerge el dilema: ¿De qué podría protegerse una mujer que responde con tanto ímpetu a ese llamado? Porque es preciso pensar, también, sobre ¿Qué queda de si misma cuando la vida entera de una mujer se organiza en torno a la familia? ¿Qué espacio posible para ser una?. Más que entender, Lispector nos invitó a sentir. Y en esa apertura cada quien resonó distinto: ansiedad, melancolía, extrañeza, imposibilidad. Es en ese borde donde la escritura de Lispector se confunde con nuestras propias vidas y lo que nos empuja a reconocernos en una fragilidad compartida.

¿En qué medida evitamos, día a día, ese exceso de mundo que de pronto amenaza a Ana y que de pronto nos amenaza a todos nosotros? Lo repugnante y lo sano, lo conservador y lo desbordado, todo es parte de una misma cosa. ¿Por qué insistir en sostener ese ideal social de borrar lo sucio? La imagen final de Ana mirándose en el espejo y volviendo a ordenar su reflejo nos hizo desear grupalmente otro final. Pero también cabe preguntarnos ¿Qué pasaría si nos volviéramos todos locos y todos al mismo tiempo? Acaso el amor ¿Es la razón o la consecuencia por la que algo se ordena o se desordena? Finalmente ¿Qué es el amor? ¿A caso una fuerza que nos atraviesa sin previo aviso, a caso la muerte cotidiana de cada uno?

Esta última lectura conversada nos ha dejado más preguntas que respuestas, por suerte.

Nos volveremos a encontrar en la próxima fecha del club de lecturas sensibles para abrir otro texto y dejarnos mover por él.

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