Es víspera de navidad y las familias de Japón se reúnen en el calor del hogar y la familia, no así los protagonistas de esta historia que no tienen a la suerte de su lado. En los barrios de Shinjuku, Tokyo, nos encontramos a tres personas en situación de calle: Gin, un hombre mayor con problemas de alcoholismo, Hana una enfermiza mujer trans que añora sus viejos años en el espectáculo nocturno y Miyuki, una adolescente que se encuentra prófuga de la policía por motivos desconocidos. Todo iba más menos normal para el cotidiano de este trío: noche fría de nieve y vagando por las calles buscando un poco de sustento para sobrevivir. Sin embargo, cuál milagro de navidad, todo cambiará en la vida de estas personas al encontrarse un bebé recién nacido en la basura. “¿Qué hacemos?” es la pregunta obvia que se hacen, idea que será el motor de toda la historia y que darán pie a un sinfín de periplos que develarán el pasado y los deseos ocultos de nuestros protagonistas.
Contrario a lo que uno podría suponer con tan interesante premisa, Tokyo Godfathers se trata de una comedia negra con pequeños tintes de drama y no al revés. Satoshi Kon, autor de la obra, de manera estratégica y cuidada, hace uso del humor cual mecanismo de defensa para enfrentarnos a crudas realidades de una manera cuidada y digerible. Es más, esta obra califica completamente como película de navidad por más extraño que aquello parezca, ya que, con pequeños toques de magia y teatralidad, concede a esta obra todo el aura y cariño que uno espera encontrar en una obra que referencie dicha festividad. Sin embargo, por mucho nanai al corazón que Tokyo Godfathers nos haga sentir en la superficie, es posible encontrar una crítica dentro de su profundidad más allá de su comedia e irreverencia.
Satoshi Kon era un autor particular, el que con historias tan alocadas como diversas, constantemente se atrevió a criticar de manera ácida a la sociedad japonesa posmoderna. Así como en Perfect Blue abordó la frágil salud mental de su país, en Tokyo Godfathers nos enfrenta al fenómeno de la situación de calle, el cual contrasta de manera bestial con la idea de progreso del capitalismo nipón, y más aún con el fuerte sentido de unidad que caracteriza al país. Y el cual si bien no es un fenómeno único de Japón, los matices culturales y la dificultosa situación habitacional post burbuja económica son un fenómeno que ha servido como fuerte inspiración y motivo de angustia hasta el día de hoy
Kon declaró en una entrevista que Tokyo Godfathers no es una película sobre “homeless (people)”, o al menos no trata sólo sobre eso. El déficit material y habitacional es sólo una parte del fenómeno, ya que, la esencia e hilo conductor de las historias de estos tres personajes son la culpa y la falta de familia.
Tal como Sigmund Freud refería en El malestar en la cultura (1930), la sociedad es posible gracias al irremediable antagonismo entre las exigencias de nuestros deseos y las restricciones que nos impone la cultura. En este sentido, la culpa es el malestar constante que los sujetos pagamos como tributo para mantenernos participando de la sociedad, la que nos provee de seguridad y estructura. Sin embargo, dicha dialéctica nos lleva al triste resultado de que entre más va creciendo y se desarrolla nuestra cultura, más crece nuestra sensación de malestar pudiendo llegar a ser algo intolerable.
Sin entrar en spoilers, el conflicto central de cada una de las historias de los protagonistas gira en torno a esa falta que se instaló al momento de alejarse de sus familias, fuera o no por propio deseo. Y tal como decía Freud, el sufrimiento llega principalmente a través de tres caminos: el propio cuerpo, el mundo exterior y en la vinculación que tenemos con los otros sujetos. Entendiendo al concepto de familia como el primer eslabón que constituye la sociedad, se puede evidenciar el sufrimiento de nuestros protagonistas como un intento fallido en la relación con los otros, lo que les invita a la marginalidad, ya que, esa falta sólo halla el consuelo en un intento desesperado de instalarse fuera de la sociedad misma, donde irónicamente se forma una nueva familia y espacio al que pertenecer.
Ya decía Freud que el aislamiento voluntario es un mecanismo de protección inmediato en que los sujetos se defienden frente al sufrimiento. Puesto que, si bien es posible decir que el ser humano aspira, persigue y busca mantener la felicidad por medio de la búsqueda del placer, es más grande el instinto de autoconservación y por ende, lo primordial termina siendo la evitación de dicho malestar. Jamás nos hallamos tan cerca del sufrimiento como cuando amamos, el amor procura felicidad, pero también nos la arrebata.
Dentro de todas estas ideas negativas y pesimistas, con mucha magia y tragicomedia, Tokyo Godfathers sin querer queriendo nos muestra la posibilidad de salir de dicho dilema emocional, resignificando la experiencia.
Si bien el vivir en sociedad siempre va a llevar una cuota de angustia y malestar, no es posible vivir fuera de ella, ya que es parte de la naturaleza del psiquismo humano esa tendencia de búsqueda al lugar y espacio donde pertenecer. Como dice Freud, sólo la religión puede responder a la pregunta del propósito de la vida, sin embargo, es parte de la humanidad el perseguir la felicidad y mucho de ello, está atravesado por esta cultura y forma de relacionarnos. La cual, en el vínculo con los otros, nos restringe, pero también, nos dan ese espacio en el que crecer y encontrar la satisfacción del amor, al final de todo, algo bueno siempre podemos hacer… Gracias Tokyo Godfathers, gracias Satoshi Kon.