Es en los documentos encontrados en Mesopotamia, escritos en caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla, que encontramos los primeros relatos de sueños de los que disponemos. Pueden remontar hasta el tercer milenio antes de J.C. Una primera observación debe permitir marcar la distancia entre el estatuto del sueño hace más de cuatro mil años y hoy día. En la mesopotamia de lengua sumeria, luego acadia, el sueño no se presenta como un objeto privado. Se inscribe, en todo caso, a partir de los documentos tendenciosos y sin duda parciales que se han conservado, en un contexto donde su función social, política y religiosa es predominante o exclusiva. Este contexto es en primer lugar el de la adivinación, donde la oniromancia compite con la extispicina, es decir, una mántica basada en la lectura del futuro en los órganos de los animales sacrificados (pájaros y ovejas principalmente) y muchas otras mánticas. En un libro editado y dirigido por André Caquot1Caquot intervino en el seminario de Lacan en 1970, en el curso El reverso del psicoanálisis. y Marcel Leivovici2Autor, de hecho, de un libro citado por Henri Michaux, en Façons d’endormi, façons d’éveillé, París, Gallimard, 1969., La adivinación3A. Caquot y M. Leibovici, La divination, Paris, Puf, 2 tomos, 1968., Jean Nougayrol plantea de entrada la distinción, a la cual tendremos que acostumbrarnos entre <<songes (o sueños mensajes) y sueños propiamente dichos (o sueños simbólicos)>>. En lo que refiere a los primeros, serían <<un privilegio de los grandes de este mundo>>: así un sueño del rey de Lidia, Giges, porta como mensaje el consejo, seguido por Giges, de someterse a Asurbanipal, Rey de Asiria, si quería triunfar sobre sus enemigos, a los que les bastaría tan solo escuchar pronunciar el nombre de asurbanipal para rendirse. Se observa además la articulación prótasis/apódosis: si… entonces, caracterizando un modo de pensamiento que, aun cuando está revestido de una forma que puede considerarse científica por excelencia, es, por otro lado, de no plantearse directamente como un omen, un presagio, ya que la realización de la predicción, es como el soñador acepta o no someterse a la condición. Esta estructura de condicionalidad debe ser señalada, y se expresa de diversas maneras, caracterizadas todas por una relativización del mensaje supuestamente contenido en el sueño.
Para atenerme a un ejemplo revelador, un presagio paleo-babilónico menciona que un examen del esqueleto de un pájaro puede permitir concluir, según que su costado derecho esté marcado de una mancha roja u oscura, que los sueños del rey sin verídicos o falsos. Es decir, la mántica es un medio, independiente del sueño, para decidir sobre su valor de verdad.
Un libro de Leo Oppenheim4A. Leo Oppenheim, The Interpretation of Dreams in the Anciet Near East, With a Translation of an Assyrian Dream Book, FIladelfia, The American Philosophical Society, Vol. 46, parte 3, 1956. publicado en 1956 expone excelentemente, por medio de una recensión sin duda exhaustiva en la época, todo lo que puede ser dicho de los sueños en ese período donde, gracias a la invención de la escritura, podemos tener una traza de la actividad onírica humana, ya que, seguro, el Homo sapiens no ha podido hablar sin soñar, pero, hasta ese tercer milenio en todo caso, ningún rastro de esta actividad, de la cual las pinturas rupestres anteriores no parecen poder dar testimonio, aun cuando podríamos a veces caer en la tentación de leer en ellas imágenes de origen onírico.
Oppenheim aborda el sueño desde diferentes ángulos y concede gran importancia a la interpretación. Destaca de entrada que los documentos de que disponemos son tales que no podemos considerarlos, directamente en todo caso, como la <<expresión de una experiencia individual>>, teniendo en cuenta su conformación e incluso su aplicación en convenciones políticas y religiosas estrictas. Señala también, lo que seguirá siendo una constante, la distinción entre sueños de mensaje (message dream) y sueños simbólicos (symbolic dream), los primeros se entregan en texto claro, mientras que los segundos son codificados. Otra clasificación se superpone y se combina con esta distinción: por un lado, los sueños que son revelaciones divinas (sean transmitidas claramente o no); por otra parte, los sueños que reflejan, bajo la forma de síntomas, el estado de ánimo del soñador y su <<salud>> espiritual y corporal. Estos sueños, significativamente, se mencionan, pero no son objeto de un relato. Finalmente, los sueños mánticos, que incluyen una predicción del futuro.
De manera general los sueños retenidos, es decir, aquellos cuyos relatos fueron escritos en cuneiformes sobre tablillas de arcilla, obedecen entonces a restricciones político-religiosas. El autor, quien otorga un gran crédito al psicoanálisis, estima que el material conservado es difícilmente interpretable analíticamente. El relato mismo se encuentra muy a menudo estructurado según una retórica casi inmutable: identidad del soñador, localización del lugar donde el sueño tuvo lugar, contenido del sueño, final del sueño y, a menudo, se termina con una indicación que apunta a saber si la predicción o la promesa contenida en el sueño fue o no cumplida. Otra constante parece residir en el sexo del soñador, regularmente masculino, a excepción de algunos sueños hititas5Esta excepción parece tener un motivo político ligado al estatuto de la reina en los Hititas, bien superior al de las esposas de reyes en la era mesopotámica..
Cierto es que, a pesar de lo que podríamos calificar de elaboración secundaria precoz y de origen cultural, es imposible en estos relatos no vislumbrar la singularidad lenguajera del sueño. Así, el sueño de Gudea, el más antiguo de los sueños sumerios que nos ha llegado, en el cual el soñador reporta que la divinidad que se le había aparecido llenaba el espacio de la tierra al cielo, o bien la recurrencia respecto de la posición de la aparición de la divinidad, es decir, la mayoría del tiempo por encima de la cabeza del soñador. Estos dos rasgos son suficientes para convencernos de la existencia de una lengua propia del sueño, en la cual la imagen sustituye a la palabra (…).
Extracto de:
Bruno, P. (2024). ¿Qué es soñar?. Otra escena ediciones.