Himizu: la ilusión y la pregunta sobre la experiencia

[RESEÑAS DE MANGAS] La historia sigue a Yuichi Sumida, un adolescente de quince años que vive y trabaja en el negocio de alquiler de botes de su familia, mientras soporta el abandono de su madre y el abuso físico y emocional de su padre. Yuichi anhela una vida normal y sencilla, pero su entorno caótico y los constantes recordatorios de la crueldad del mundo lo llevan a una espiral de autodesprecio y desesperación.

Himizu (2001) de Minoru Furuya, es un manga crudo; un drama psicológico que explora los rincones oscuros de la psique humana y la lucha por encontrar un propósito en un mundo evidentemente indiferente (y lo paradojal que resulta). La historia sigue a Yuichi Sumida, un adolescente de quince años que vive y trabaja en el negocio de alquiler de botes de su familia, mientras soporta el abandono de su madre y el abuso físico y emocional de su padre. Yuichi anhela una vida normal y sencilla, pero su entorno caótico y los constantes recordatorios de la crueldad del mundo lo llevan a una espiral de autodesprecio y desesperación.

La trama se intensifica cuando conoce a Keiko Chazawa, una compañera de clase. Keiko se siente atraída por Yuichi debido a su naturaleza introspectiva y busca apoyarlo, aunque esto a menudo agrava sus conflictos internos. A medida que Yuichi enfrenta decisiones extremas y situaciones moralmente ambiguas, el manga examina temas como la alienación, la violencia y la búsqueda del autoconcepto en una sociedad hostil.

Con un estilo visual crudo y una narrativa que no rehúye de mostrar la brutalidad de la vida, Himizu es un retrato desgarrador de la desesperanza y el esfuerzo humano por los intentos de resistir a pesar de todo. Es una obra que nos aporta preguntas sobre la naturaleza de la felicidad, el destino y la supervivencia en un mundo brutal, lleno de contratiempos.

¿Detrás de escena?

Lo que me parece más interesante de este manga es que desde un comienzo intuimos el desenlace del protagonista, no porque esté explicitado a modo de flashforward, sino que, sutilmente y a través de pequeños guiños cuasi subliminales, nos muestra aquello que está tras la escena. ¿Cómo podríamos acercarnos a una comprensión de este detrás de escena? Propongo dos conceptos: ilusión y experiencia, a partir de la teoría de Donald W. Winnicott presentada en Realidad y juego (1971).

La ilusión

Freud (1895), en su proyecto de una psicología para neurólogos, propone una teórica primera experiencia de satisfacción que abre la mediación con la realidad, a partir de la acción de otro. Ante la llegada de otro que ofrece aquello que, sin tener certeza de qué se trata aquello que se desea, se produce satisfacción. Siguiendo con el legado de Freud, la ilusión como concepto central en la teoría winnicottiana, se comprende como lo emergente de un acto en conjunto con la realidad, sirviéndose así para apropiarse de la realidad, a propósito del Self, que habilita la continuidad de la experiencia como una vivida y vívida.

La ilusión es entonces lo que surge a raíz de la apropiación de la realidad producto de un otro que habilite esta posibilidad; la confianza como ambiente para crear, en el caso de los niños, crear el pecho cuando no está. Es con la realidad que se da el primer acto propiamente psíquico.

La ilusión no solamente se entiende como la satisfacción de necesidades fisiológicas básicas, sino como un ofrecimiento de la oportunidad para que se transicione de la dependencia a la autonomía, en ese sentido, es en aquel espacio de confiabilidad que se suscita lo potencial que puede llenarse de juego en forma creadora, para después transformarse en disfrute de la herencia cultural, que son dependientes de las de la existencia de experiencias vitales. La ilusión como efecto de una diada que ilusiona y gestiona la omnipotencia, es fundamental para que la experiencia se sienta como tal, experimentada.

La búsqueda de la experiencia

Diferente del concepto de sublimación freudiano, la meta autoimpuesta por el protagonista, que se entiende en la narrativa clásicamente como el viaje del héroe, no es la de la sublimación, sino que va más allá (o más acá, pues es una tarea que pudiese suponerse teóricamente anterior); encontrar una experiencia, experimentar la realidad como tal, creando algo nuevo a partir de las herramientas con las que se ha constituido y que resultan muchas veces, insuficientes para sí mismo. ¿Es que acaso nuestro protagonista es capaz de experienciar?

Detrás de escena

La imagen recurrente del monstruo sin nombre no solo aparece como imagen obscena, en el sentido etimológico de ‘otra escena’, de la falta de simbólico (de la falla en la traducción temprana de elementos beta en alfa, plantearía Bion) o como contenido del proceso primario que aparece tras las caída de una represión que falla (o que no existe, como material onírico latente), sino que también como recordatorio, tanto para el protagonista como para el lector, de que punza una marca; lo traumático se instala como remembranza de un derrumbe que pasó y está pasando, volviéndose en contra del protagonista, cuya temporalidad, al igual que lo inconsciente, es ácrono y atraviesa todo intento de experimentar la realidad.

Poema final

Hoy estoy convencido como si supiese la verdad, lúcido como si estuviese por morir y no tuviese más hermandad con las cosas que la de una despedida (…) Hoy estoy perplejo, como quien pensó y encontró y olvidó, hoy estoy dividido entre la lealtad que debo a la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, y la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro. – Fernando Pessoa, La Tabaquería.

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