Al comienzo en estas tierras nada había, ni siquiera la promesa que algún día se convertiría en Puente Alto. No existía ni el pasto que cubre este valle, ni los arbustos que repletan la cordillera. No estaban los zorzales cada mañana tarareando con el sol, no estaban tampoco los gusanos en la tierra. No estaban los árboles frutales manchando las veredas, no estaban incluso los carritos con sopaipillas repletando las Avenidas. Lo más cercano que podría compararse con ese lugar en este momento es el desierto, pero en él incluso hay más vida que en la triste desolación que reinaba. Era como si un manto negro, y siniestro, cubriera por completo todos sus indómitos dominios.
Pero, eso no le importó a cuatro hermanas arañas, que sumergidas por una rebeldía y una inquietud curiosa de su alma, decidieron adentrarse en lo desconocido de estas tierras infértiles y grisáceas. Algo, algo les motivaba el espíritu y hacía latir su sentir de que esta búsqueda inesperada les traería más de una respuesta.
No les importó ver la árida y muerta tierra infestada de nada, ni la ausencia de presencia a lo largo y ancho de su camino, pues sentían algo muy fuerte en su sentido arácnido que las seguía atrayendo, como si allí hubiese picado algo en su telaraña. Cruzaron un gran camino hasta llegar a montes que cada vez se elevaban más, enormes y rocosos, encerrándose entre sí mismos, creando un gigantesco laberinto montañoso de un momento a otro. Sólo los rojos más intensos podrían describir tal magnitud de belleza.
Por caminos escombroso avanzaron las arañas, ayudándose ante cualquier dificultad. Hasta que se dieron cuenta que por fin habían llegado al lugar. Sigilosamente, moviéndose como arañas entre la penumbra, vislumbraron un tipo de río que terminaba en una enormísima casa de metal. Esto intrigaba mucho a las arañas, pues jamás habían visto un río que desapareciera luego de entrar en una casa. Decidieron observar en silencio. De la casa 12 veces al día humeaba un vapor asqueroso, un olor nauseabundo que las ponía alerta y les hacía desear escapar. También, 2 veces al día se habrían sus compuertas y se escuchaban de todo tipo de gritos abismales dentro, causando pánico entre las arañas: seguido de esto, una cantidad de extraños artefactos parecían entrar y salir de la casa, perdiéndose en el oscuro cielo o en la intriga de sus paredes de metal. Pero del río y su agua, nada.
Las hermanas decidieron que no había tiempo que perder, y que había que actuar. ¿Pero cómo?
La araña más antigua, propuso rápidamente un plan que venía ideando. Se tomó de sus patas, y le comentó a las demás:
«Queridas hermanas, he tomado la determinación de volverme una con el viento, pues necesita una ayuda en su noble hazaña que es soplar el río y que este siga avanzando. Fielmente ha cumplido, pero por esta casa enorme de metal su tarea es impedida, y ahora ha perdido su sentido. Esta codicia ha traído enorme ruina y desolación a todo lo que vimos durante el camino, y nosotras no lo podemos permitir. Incluso puedo sentir su llanto, puedo escuchar el silbido fúnebre que anuncia su muerte. Hermanas yo sé el ritual para fusionarme con el viento, sólo llévenme cubierta de seda tras esa montaña, por la cual aún cruza el río ingenuo, y el viento no piensa tanta trampa del destino. Llévenme allí antes del amanecer, hermanas mías, y yo haré el resto.»
Las hermanas confiaron en la mayor, se despidieron afectuosamente, y se dispusieron primero a cubrirla en seda de araña. Las 3 rociaron su tela sobre ella, envolviéndola y arropándola, dándole la última despedida a sus 8 sinceros ojos.
Apenas quedó completamente cubierta de esta, comenzó a recitar el conjuro para llevar a cabo el ritual. La cargaron y atravesaron la casa cautelosamente por un camino en el risco, que llevaba atrás de donde surgía el río. Y en el peñasco más alto, antes que brille el sol naciente desde las infinitas cordilleras, dejaron atada a su hermana con fuertes lazos entre las cumbres.
La araña empezó a elevar su voz cada vez más fuerte, pareciendo retumbar en cada rincón del eterno paisaje cordillerano. Siguió así unos momentos, hasta que de pronto, junto con el primer rayo de día, evocó un fuego resplandeciente, una llamarada rojiza y enorme que cubre por completo a la araña en un haz de calor. Era como una esfera envuelta en magma hirviendo.
Estaba tan caliente, que el aire del viento sobre el río empezó a soplar ráfagas furiosas sobre la cuenca. Estas ráfagas estaban a tal temperatura que como fogata al papel empezó a fundir hasta los cimientos de la casa de metal, la cual impedía al río correr. Se veía como los artefactos extraños huían despavoridos por el calor, abandonando la triste edificación a su suerte.
Las hermanas arañas observaban y con alegría celebraron cuando el viento rojo dejó hecho cenizas los últimos vestigios de la siniestra casa. Inmediatamente, vieron el renacer del río, el cual bajaba vestido de gala y por primera vez en mucho tiempo en dirección al bello valle que en sus fauces esperaba impaciente su magia hace décadas, e incluso siglos. Mientras corría en libertad, el río aró toda la tierra a su paso, transformando la triste escena de asesinato, a parto natural.
Así nació el río Maipo, y su nombre significa la posibilidad misma de trabajar la tierra, de ver la vida crecer y morir gracias a su infinita bondad, y acompañado ahora de una ráfaga cálida que renace vital cada mañana, un viento andino dispuesto por siempre a protegernos de quién desee robar la fuente de la vida, evitando que sea nuevamente arrebatada para su vil interés. Es por esto que el Raco resurge cada día a batallar, aparece día a día como arca eterna del deseo de la araña mayor, fundadora y protectora junto a sus hermanas de estas nacientes tierras. Dicen que aún está ahí, atada entre delicadas sedas, dedicando todos sus esfuerzos por nosotros, recitando en la noche antes del alba, fundiendo su alma con el viento, para que así todos los Puentealtinos seamos libres con su brisa sobrecogedora, con su caricia cálida de madre protectora.
Génesis puente altina: las cuatro arañas
Al comienzo en estas tierras nada había, ni siquiera la promesa que algún día se convertiría en Puente Alto. No existía ni el pasto que cubre este valle, ni los arbustos que repletan la cordillera. No estaban los zorzales cada mañana tarareando con el sol, no estaban tampoco los gusanos en la tierra. No estaban los árboles frutales manchando las veredas, no estaban incluso los carritos con sopaipillas repletando las Avenidas. Lo más cercano que podría compararse con ese lugar en este momento es el desierto, pero en él incluso hay más vida que en la triste desolación que reinaba. Era como si un manto negro, y siniestro, cubriera por completo todos sus indómitos dominios.
Que hermoso cuento, cada vez que corra el raco pensaré en esa araña que dió su vida por nosotros, aún atada entre las telas de sus hermanas.