En el nombre de los desaparecidos

[CUENTOS] En el nombre de los desaparecidos es un cuento que nos lleva a la ciudad de Caldena, una ciudad, en apariencia futurista, donde las cosas funcionan sospechosa y suficientemente bien. El cuento nos lleva por distintos pasajes que nos recuerdan el trabajo de la memoria, el problema de la normalidad y la peligrosidad que pueden tener los sueños si lo entendemos como portadores de una verdad que siempre aparece desfigurada. ¿Cómo nos movemos si nos acercamos a una verdad que nos puede traer alivio, conflicto y sospecha, pero que al mismo tiempo también nos puede poner en peligro? Con esto les invitamos a leer este texto que gentilmente nos comparte Francisco Araya. Abrazos!

En Caldena, la ciudad sin ruido, nadie hablaba de las desapariciones. No porque no ocurrieran, sino porque no dejaban huecos visibles. Los turnos de trabajo seguían cubiertos. Las viviendas asignadas se reasignaban en cuestión de horas. Las bases de datos se corregían solas. Los rostros ausentes eran reemplazados por otros casi idénticos, con la misma postura, la misma eficiencia, la misma sonrisa neutra.

Caldena funcionaba. Eso era lo único que importaba.

Iris Kelm lo sabía mejor que nadie. Trabajaba en el Departamento de Ajustes en Datos Humanos, una oficina enterrada bajo el nivel administrativo, donde no se hablaba de personas, sino de coherencias. Su tarea consistía en revisar desviaciones de conducta en ciudadanos clonados de tercera y cuarta generación.

No eran errores. Eran fallas leves.

El primer informe llegó como todos los demás.

“Sujeto C-4117. Patrón de sueño irregular. Actividad onírica no autorizada.
Solicita acceso a archivos previos a su activación”.

Iris suspiró. Obvio que soñar no estaba prohibido. Era inevitable. Pero soñar demasiado, o peor aún, soñar con escenas no vividas, ni siquiera registradas en la memoria, era una señal temprana.

La marca de los que no encajaban.

—“¿Qué soñaste?” —preguntó Iris durante una evaluación.

El hombre frente a ella tenía su mismo rostro, con pequeñas variaciones en la línea de la mandíbula. Compartían matriz genética. No era extraño. En Caldena, casi nadie era completamente distinto de nadie.

—“Una casa” —respondió él—. “Que no existe”.

—“¿Cómo esta seguro de que no existe?”.

—“Porque no figura en ningún plano urbano. Pero recuerdo detalles como el olor. La humedad. Una grieta en la pared.

Iris anotó sin levantar la vista.

—“¿Algo más?”.

—“Sí” —dijo él, bajando la voz—. “Recuerdo haber elegido ese lugar. No me lo asignaron”.

Eso era grave.

Las elecciones personales habían sido eliminadas por razones prácticas hacía décadas. Reducían la eficiencia. Generaban conflicto. Introducían error. Los clones no elegían. Eran activados. Asignados. Integrados. Cuando alguno comenzaba a recordar elecciones que no le correspondían, el sistema actuaba con rapidez.

El informe de Iris fue claro, preciso y clínico.

“Desviación narrativa incipiente. Recomendación: “retiro preventivo”.

El archivo se cerró solo.

Esa noche, Iris no durmió. No necesariamente por culpa. Había firmado decenas de retiros antes. Pero algo en la voz de C-4117 le había resultado demasiado cercano. La grieta en la pared. Ella también la había soñado. No como recuerdo, sino como insistencia.

Al día siguiente, el sujeto ya no figuraba en el sistema. Su identificación había sido reasignada a un nuevo individuo, activado sin demoras. Mismo puesto. Mismo horario. Mismos gestos. Caldena no dejaba vacantes. Las desapariciones no eran públicas.

No había redadas, ni sirenas. No se detenía a nadie en las calles. Simplemente, algunas personas dejaban de presentarse a su turno, y otras, idénticas, aparecían en su lugar. Los registros históricos se ajustaban para que nunca hubieran estado allí.

Eso era lo más inquietante. No era muerte. Era corrección retroactiva.

Iris comenzó a recopilar datos en secreto. Pequeñas inconsistencias. Microerrores en las reasignaciones. Cambios mínimos en el comportamiento de los reemplazos. No suficientes para activar una alerta, pero sí para sugerir algo inquietante: los nuevos clones tardaban cada vez más en estabilizarse. Soñaban antes. Preguntaban antes. Fallaban antes. Como si la desviación fuera contagiosa.

Encontró a Lenn Orsay en el Archivo Profundo, una sección a la que casi nadie accedía. Lenn era técnico de memoria, especializado en reasignación cognitiva.

—“Los recuerdos no desaparecen” —le dijo él, sin rodeos—. “Se redistribuyen”.

—“¿Cómo un reciclaje?” —preguntó Iris.

Lenn negó con la cabeza.

—“Como un residuo. Siempre queda algo. Una imagen suelta. Una emoción sin contexto. No sabes a quién pertenecía, pero insiste.

—“¿Y eso no les preocupa?”.

Lenn sonrió con cansancio.

—“Mientras Caldena siga funcionando, no”.

El siguiente caso fue el de una mujer.

Dara M-209.

Había cuestionado una orden directa por primera vez en su ciclo laboral. Nada dramático. Solo había preguntado por qué.

Ese “porqué” bastó.

Iris la entrevistó antes del retiro.

—“¿Sabes lo que implica esto?” —le preguntó.

Dara asintió.

—“Desaparecer” —dijo—. “Pero no morir”.

—“Eso es correcto”.

—“Entonces” —añadió—, “¿a dónde va lo que fui?”.

Iris no respondió. No tenía un campo para eso.

Después de la desaparición de Dara, Iris notó algo nuevo.

Un vacío. En ella misma.

Como si cada retiro arrancara una pieza que no pertenecía solo al sujeto eliminado. Empezó a escribir nombres en una libreta física, algo casi ilegal. C-4117. Dara. Otros.

Nombres que ya no existían. Mientras tanto, Caldena seguía impecable. Las pantallas públicas hablaban de estabilidad. De armonía. De progreso sostenido. La ciudad era citada como modelo de perfecta gobernanza. Nadie hablaba de los que no encajaban.

Una noche, Iris soñó despierta. Estaba en una sala blanca, llena de cápsulas. Dentro, cuerpos idénticos a ella dormían, conectados a redes de datos. Algunas cápsulas estaban vacías. Otras, rotas.

Una voz —la suya, pero no— le dijo:

—“No somos errores. “Somos acumulación”.

Despertó llorando.

Al día siguiente, su acceso fue limitado. Luego, reducido. Y finalmente, marcado como inestable. Iris recibió la notificación sin sorpresa. Había tardado demasiado.

—“Se ha detectado una desviación en su patrón cognitivo” —le informó el sistema—. “Se recomienda evaluación”.

Iris cerró la libreta y la escondió bajo el suelo de su vivienda asignada.

—“Entiendo” —dijo.

La evaluación nunca se completó. Durante el traslado, los sistemas de Caldena experimentaron un microfallo. Apenas unos segundos. Lo suficiente para que Iris viera, en las pantallas apagadas, reflejos que no coincidían. Rostros superpuestos. Recuerdos cruzados. Personas que habían dejado de estar… mirando desde algún lugar que el sistema no había podido borrar del todo.

Cuando Iris desapareció, nadie lo notó. Su puesto fue cubierto. Su vivienda ha sido reasignada. Su nombre eliminado. Pero en los días siguientes, algo cambió. Los clones comenzaron a soñar con nombres. Con grietas en paredes inexistentes. Con libretas escondidas bajo el suelo.

Caldena siguió siendo perfecta. Pero debajo de esa perfección, algo se acumulaba. Los que no encajaban no se habían ido. Habían sido distribuidos. Y algún día —desde luego, no hoy, no mañana— esa acumulación iba a dejar de ser silenciosa.

Porque incluso en la ciudad más eficiente, lo que se borra sin duelo no desaparece.

Solo aprende a esperar.

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