“Oye, hermano, ¿tení un lillo?”, “Sí”, le respondo, y entro mi mano al bolsillo para no mostrar el paquete entero. Seis de la mañana, bombo y caja entre los asientos de más allá; con un vino; una voz ronca en rima, atrevida y decidida, su boca transmuta el pensamiento y este fluye como humo en la garganta, entintando las tonadas con espesor de cerveza negra. Deja de cantar cuando le pasan el pito, su compañero exhala un torrente blanco desde su nariz y ahora es su turno; estalla en líricas confusas de sabor asfalto, a versos insolentes de piel rugosa; el beatbox favorito de mis barrios es siempre el más movido, el más pegado, con locura, que transforma su lengua en puntazos al silencio, para acariciar al arpa invisible de mis oídos y llevar sus cuerdas dóciles hasta mi mente. Me atrapo en su ritmo, me hundo en la voz volátil que reflexiona sobre aquello, y sobre esto, y sobre lo otro. “¿Fumemos uno?”, me dice mi amigo, “Me parece justo y necesario”, le digo yo. Al fondo en la cromi, la fiesta eterna, el retorno con el mambo, la mítica 210 de noche; sagrado es guardar algo para tomar y quemar pues la vuelta a casa es larga, y bien ajetreada. Pinocho jamás pensó que gracias a eso nos daría tanta entretención. Aquí existe un aire de camaradería, de buena onda, que hacen cada viaje al hogar toda una experiencia en sí misma; no solo por esa hermandad momentánea que te da infringir la ley en conjunto, es por Puente Alto: el pueblo de las arañas, sí, el pie andino de la capital. Su gente soplada por el raco se unificó, construyó canchas enrejadas y botillerías cada cuadra, y para estar más juntos todavía las casas fueron partidas en dos y los departamentos en blocks. Crecimos corriendo nuestros barrios y hablándole a todo mundo; de azulado, gris y verde sus tonalidades; pajaritos volando entre dos árboles; el veinticinco y el comando; vigilados siempre por la cordillera, ¡que maravilloso lugar!; mas el miedo en la tele siempre debe estar presente, y eligieron estigmatizar, mentir, difamar: la fraternidad surgió así más fuerte en este bello sitio, los que veíamos la realidad fueron creando un orgullo patriótico por bancárnosla aquí: sintiéndonos más puente altinos que otra cosa, cuidando la villa, respirando sus cerros y paseando la pobla con el espíritu en alto, ¿acaso pasa en otra comuna? Por eso fue que cuando nos preguntaron el par que iba freestaliando si íbamos para Puente y afirmamos, nos saludaron de inmediato con un “¡wena compare!” y brillos concentrados en sus ojos. Ya está, éramos aliados, cazadores de la noche. Comrades. Vecinos.
Íbamos quemando y ellos nos giraron medio caño, aspiro hondo, uno, cuatro, siete, nueve segundos y entrego a mi amigo. Se siente medio extraño, quizás la tripa que me sube.
Por las ventanas entraba un refrescante viento a la cuncuna, y nos libraba de todo el tabaco esparcido por el aire. Cada grupo por su parte, en su propia volá; unos tipos de largos pelos negros bajaban dos Balticas; un par fuma convertibles junto a la puerta charlando como ardillas; otros, atrapados entonaban el ritmo que salía de su celular; estábamos en un mercado hindú, la diversidad periférica es exquisita, y lucían en alegres colores los cartones, las botellas, las petacas, unas cuantas latas, prensado, o mejor verde, ¿cuántas cosas más?, era un desfile espléndido y todos queríamos participar en él. Armo otro, el último, decepción de tantas noches saber aquella verdad, aunque todavía hasta un largo rato no me molestará. Mi lengua al papel para terminar de enrolar, cuando se apagan todas las luces de la micro. “¡Ehhhhhhhh!”, “¡Ehhhhh!”, chiflidos varios, descontento general entre los usuarios. Y en ese momento me doy cuenta que no solo las luces que iluminan a los pasajeros estaban apagadas, también las traseras y delanteras y fijándome bien, …¡LOS POSTES TAMPOCO TENÍAN LUZ ELÉCTRICA SEGÚN IBAMOS PASANDO!… estábamos en completa oscuridad avanzando por Vicuña.
Me da violentamente la perilla, la micro sigue el camino, mis talones bailan frenéticos y percuten ansiedad, si en ese momento tenía estómago era puramente para adornar; las manos, pierden la dirección de mi cerebro, y aprieto fuerte mis rodillas mientras observo. De un segundo a otro se ilumina en blanco cristal y celeste caribeño, todo el techo de la 210 queda cubierto de esa brillosidad y deslumbra nuestros rostros. Me siento tranquilo, muy tranquilo. De pronto todo es paz, mucha paz, y la luz se hace más intensa, más bella, me encanta esta luz, deseo atravesarla y que penetre a mis venas, me abraza en tibia envoltura y me arropa, me arrulla, me adormece, me ador.. me add.. dor…
Entreabro los parpados y distingo unas siluetas, figuras, las sombras empiezan a desvanecerse, todo comienza a ser más claro. Me apoyo en mis rodillas y me levanto, conmigo hay cinco personas además de mis compañeros de viaje, uno a lo indio, los demás recién despertándose como yo. ¿Qué es esto?, ¿dónde estamos?, ¿caí preso?, ayyy por qué sigo tan volado, no sé qué estoy haciendo aquí, pero no me importa, estoy tranquilo; ¿no debería exaltarme?, ¿preocuparme por esto?, ¿pero dónde estoy?, es una sala circular y no distingo bien el fondo, ahí, ahí están esos personajes que vi al despertar, nos miran, se comunican entre ellos, pero me siento feliz, ¿por qué estoy tan contento?, ¿no tendría que estar extremadamente inquieto?, es como… ser inmensamente rodeado de arena en temperatura perfecta por el sol, aislado de pensamientos nefastos, conducido al bello sendero de la armonía; pero nos observan todavía, ¿qué tramarán?,
¿será posible que realmente es lo que creo?; avanzo y choco a un par de pasos con la nada, empujo mi mano y hago contacto con un material duro, macizo, pero invisible; bueno, creo que ya puedo afirmarlo; estábamos encerrados; y esto es lo que creo que es, pero no puedo decir que lo que temía, ¿por qué no lo temía?, no es sorprendente acaso estar en este momento, ¿no debería estar meándome y gritando y renegando al ateísmo? Sin embargo estaba completamente tranquilo.
Nadie hablaba, a nadie parecía tampoco importarle este asunto; simplemente estábamos ahí, existiendo, serenos. Una luz verde cubrió el cuerpo de uno de los raperos, y avanzó flotando hasta fuera de los límites de nuestro contenedor. Comenzó a gritar, a gritar, su garganta rasgaba el amplio salón, y forcejeaba mientras era llevado por la luz hacia esos seres, “¡AAAAAAAAAYUUUUUDAAAAAA!, “¡POR FAVOR AYÚDENME SE LOS SUPLICO!, voz solloza y horríficada, “¡POR FAVOR NO, NO, DÉJENME, DÉJENME, NO QUIERO POR FAVOR!”; algunos de los que continuábamos acá ni siquiera estaban observando, otros, como yo, mirábamos, tranquilos, indiferentes, ante la cruda desesperación de él. Apenas llega a su destino desciende y cae hasta el piso, se arrastra para atrás y forma una pelotita con su tembloroso cuerpo; lloraba cada vez más fuerte, se atragantaba por la falta de aire, nunca vi a un hombre tan cagado de miedo, y a pesar de esto, todos continuamos como si no pasara nada, ¿y qué realmente está pasando? Dos luces más se encienden y arrastran a los corpulentos muchachos de pelo largo, sucede lo mismo con ellos; apenas abandonan nuestros límites sienten un horror medular, que se apodera desde su espalda y hurta la tranquilidad mental; desconsolados gritan en auxilio, pero a nadie le importa, todos seguíamos en confort aquí dentro. A, nadie, le, importa. ¿Es morbo el que me impide dejar de mirar? Todo es luz y serenidad, y las luces aparecen nuevamente, esas que se llevaron a los tres muchachos; pero ahora con una Katana, un Mandoble y dos Gladius romanas. Los tres elegidos miran atemorizados, en pánico piensan lo peor, gritan en conjunto: se elevan y es acercado a cada uno un arma distinta; quedando el rapero con las rápidas Gladius; el más alto de pelo largo con el temible Mandoble; mientras que el otro se hace de la Katana. Giran a dos pies de tierra elevados en el aire, formando un círculo deslumbrante. Descienden creando un triángulo, atrás de cada uno hay un ser que lo avala, lo mira; afuera todo luce presión, llanto, desgracia; pero cuanta tranquilidad que siento, que feliz que soy en este momento; me doy cuenta que ya solo dos observamos, pero con la misma indiferencia que al botar una bolsita de té. Miradas que circulaban, tampoco quería lucir que miraba interesado, ellos, empuñan fuertes sus espadas, aun no convenciéndose de lo que va a suceder; la visión se divide en tres; cada uno posiciona su terreno, relámpagos sustituyen los ojos, y un brillo rojo pequeño en el centro cae delicado, despacio, tensando todo a su vista; al llegar hasta el piso el comienzo quedará dado.
Al desaparecer la luz en el suelo estalló un vigor soberano, nadie perdió ni un momento: los tres tornaron rojas sus pupilas y olvidaron todo temor. Se acercaron, lento fueron midiendo sus pasos y estudiando sus adversarios, cada vez más juntos, a mí me seguía sin importar, ¿pero qué más iba a hacer?, no es culpa mía que se estén matando, aquí en esta luz todo es tan calmado, tan lejano aquel remolino. El cuadrilátero improvisado tenía ciertos tubos por el techo, los cuales aprovechó el chico de ropa ancha para encaramarse y lanzar una patada improvisada al rostro de su atacante, que soltó la Katana, y cayó al piso afirmándose la boca. ¡Le rompió el labio! No perdió tiempo su compañero y dando un grito de oso arremetió contra su adversario, pero este detuvo con ambas Gladius el poderoso Mandoble. Duras caras, frente a frente, entumían su respiración y se escuchaban sonoras, muy fuertes; los temores que exhalaron sus poros creó una bruma entre los peleadores. Aún con la mano en su boca y desde el piso busca venganza; con sangre coge la Katana; yo sigo muy tranquilo; sigiloso para el ataque, como un gato esperando bajo un auto su paloma, salta y da un corte, ¡¡pero entre la bruma le achunta a su amigo!! Hay gente que le sigue el infortunio, pensé, que suerte la mía de estar aquí. La calma empieza a acelerarse en aquel instante y contiene gajos morados de ansiedad; el pánico es un cigarro dentro de mis pulmones, y bombea miedo a la sangre; me encuentro suspendido por la luz verde y avanzando ya fuera de la prisión luminosa, frío, un muerto en tumba. Me llevan a otro lugar, no voy a ser tan indigno de gritar como ellos, al menos tengo mi respeto, es mi momento, seré fuerte y afrontaré dando cara, haré lo que sea y prevaleceré. Quizás mi confianza me ayude, aunque, si abandonó a Mr. Satan contra Cell, ¿terminaré agarrándome ensangrentado en el piso mi nariz? Soy conducido hasta el final de una sala, la luz verde me deja y aparece un ser. ¿Será un marciano?, solo si viene de Marte, claro, y probablemente no, uff, si solo pudiera estar dentro de esa cajita, lleno de luz, mirando aquellos giles pelear. Pelos asoman entre más pelos, camina hacia mí y las sombras dejan su rostro a la claridad: más de dos metros de altura, y es.. y es… es… ¡Chewbacca!
¿Habrá imaginado alguien esto alguna vez en su vida?, siendo secuestrado por Chewbacca, a las seis de la mañana, ¡para quizás que cosa!, ¿dónde estaremos?,
¿dónde nos llevaran?, ¿los Wookiee no eran rebeldes?, ¿deberé demostrar mi repudio al Imperio?, solo me observa; transcurren por mi cuerpo más de un sudor, y quedo salado de temor. ¿Pretendederá interrogarme?, ¿cómo carajo me comunico o entiendo lo que dice?, si habla como silla de madera arrastrándose, y luce como el tío cosa en esteroides. Pero recuerdo que tengo un pito escondido, lo estaba guardando para ser fumado antes de dormir: lo saco, da un paso atrás y grita duramente, una alianza debo hacer, le enseño el cigarrillo, da un gemido de como extrañeza, agacho mi cabeza en señal de humildad; recibe con nobleza mi presente. Lo mira intrigado, olorosa todos sus bordes, dos veces, y con una articulación que se podría resumir como “uuuuuuuurrg ahhhhrrr, uurhhh ahhrrr arrrhgg”. Me lo devuelve con suavidad. Saco el encendedor y le doy mecha, olorosa desesperado acercando su cara al humo que sale desde la punta, yo le hago señas de que debe aspirar, y luego botar, luego aspirar, luego botar; creo que lo comprende, se lo entrego en sus manos y da una larga, intensa, y profunda pitada; no paró hasta terminárselo entero, y el humo salió en forma de cascada por su boca, pelos, oídos y nariz. Bueno, fúmatelo todo nomás, conchetumadre. Al parecer quedó bien volado, porque me miraba sonriente mientras tosía, y eso, obviamente, aumentaba mis probabilidades de salir de ésta. Achinados, en expresiones que contaban todo y nada de todo y nada que se debe saber. Creo que le agrado, me abraza y se ríe y dice “arrrrgghh uuuurhhhh” y se vuelve a reír. Congeniamos. Somos el uno para el otro.
¿Quién dijo que es necesario hablar la misma lengua para tener química con alguien?, esto es algo de piel, o pelos, de trascendencia, yo y Chewbe, sí, ya le digo así, nacimos para este momento y estoy en lo alto de la ola. Quizás me pueda unir a los rebeldes. En eso aparece otro ser, y la tranquilidad reinante es desplazada nuevamente por tensión. Chewbe se pone de pie, lo mira fríamente; el ser algo le dice y no le gusta a mi peludo amigo, comienza a gritarle; las cosas se ponen feas, aquel ser intenta tomar su pistola; pero antes de alcanzar su cintura, Chewbe dispara contra su mano, quemándole y atravesando toda la palma; otra vez a su abdomen, y finalmente lo liquida de un disparo al corazón, o lo que esa cosa tenga.
¡Mierda! , se lo piteo, y desangra un azul espumoso por toda la habitación. Chewbe hace una señal para que lo siga, mientras me cuenta su plan: “Arghhh, urrrhhhh, aaaaaarggghhh”, “Urrrrrggggg aaaarhhhhg , aaarrrrrrh”, “Urrrrggg ahhhg aghhrrghh”, “¿me lo vuelves a repetir?, que estoy un poco volado”. Nos vamos corriendo a través de pasillos púrpuras, con luces que emanan desde los mismos muros y el piso, Chewbe de repente dispara hacia delante y seguimos corriendo sin detenernos, dejando atrás otro cadáver galáctico tendido por el piso. ¿Existirá en su medicina cura para trece balazos? Lo dudo. Chewbe para de pronto en frente de un muro, aprieta sobre la pared cierta secuencia y una puerta secreta se abre; entramos a un amplio salón en donde se alojaban todo tipo de naves, máquinas, botines; animales enjaulados de todas las clases y todos los portes, de todas las galaxias; estaba también Mauricio Israel; y al fondo de todo eso, nuestra micro, reluciente, esa en la que íbamos antes de la abducción, mi querida 210; pero al acercarnos ya lucia distinta; ¡tenía ciertos propulsores en su parte posterior, y aletas en su centro!
Chewbe entra y toma el control del volante, estaba modificado y su palanca de cambio era una bola ocho. Sorprendido me siento rápidamente junto a él y me señala botones, switches, y cosas raras: los aprieto, los muevo; comienza a elevarse, abre una compuerta y arrancamos hacia el espacio exterior, o interior; el negro más intenso llega a todas las ventanas, y es apaleado por brotes de amarillo, blancos titilantes, que sortean sus poses en distintas direcciones, y nos fotografían al pasar entre ellas; nebulosas carmesís asoman como brumas en el horizonte, y nos saludan desde su eternidad. Las admiro. Chewbe se pone el cinturón, yo también, la cabina es inundada por una luz roja, suena como una alarma pequeña; y comenzamos a tomar velocidad: todo se mueve rápidamente hacia atrás, creando líneas de colores, infinitas luces que nos abandonan y vuelven a aparecer en el inmenso cielo nevado. Avanzamos directamente hacia un ovalo achatado y azuloso, verde todavía en algunas partes; la tierra, volcánicos tonos explotaban por doquier, e indicaban la señal de su enfermedad. Sentimos un tambaleo al pasar la atmósfera, lo primero en distinguir es Los Andes; y así me di cuenta, la vida no es más grande que la cordillera, y el mundo es más pequeño que los ojos de un gato. Guié a mi nuevo amigo hasta mi destino, descendimos silenciosamente en la cancha de la plaza, y un sentimiento de pena inunda mi pecho, la despedida es triste; ¿lo veré de nuevo?, ¿podrá visitarme?, ¿le habré abierto el portal a otras drogas?, quién sabe, quizás caiga un día con ganha espacial, y me haga llegar hasta el Jamaica de Alfa Centauri.
Qué dolor de cabeza, estoy todo transpirado y el calor no me deja dormir más. ¿Dónde estoy?, abro bien los ojos y es la pieza de mi amigo, que me mira despertar y se ríe:
“¡por fin despertaste!, toma, aquí hay agüita. Qué rama la de anoche, no sé hasta dónde te acordarás.” “¿Cómo qué hasta dónde me acuerdo?, ¡tú!, ¡¿cómo saliste de ahí?!, ¿también los sobornaste?, ¿¡teníay otro pito y no me habíay dicho!?, ¡¿ah?!”, “¿Cómo qué si los soborné?, qué weá estai hablando. Después de qué fumaste lo de los raperos y nos dijeron que era Marciano, te asustaste tanto que quedaste duro hacia adentro y medio atormentado; todo funado; yo supuse que te subió la pepa, pero parecías revivir de a ratos cuando se pusieron a pelear, ¿no te acuerdas?, esos gordos metaleros empezaron a webiar a los loquitos de Puente, y picao a choro, le saltó de pronto con una patada a la boca; quedó la media cagaita, yo me quería bajar pero tú seguías ahí, mirando, tan pasivo; como muchos; no respondías, caché que apagaste tele y te traje a mi casa. Mi perro siempre me espera en la esquina, y cuando llegó a buscarme te aterraste, en pánico, ¡casi sales corriendo!, tampoco para tenerle miedo. Después balbuceabas ciertas cosas hasta sacarte un pito que al parecer tenías guardado, hijo de puta, para ti solo. Lo prendiste y te arrodillabas frente a mi perro, era muy gracioso, le tirabas el humo y lo acercabas a su boca, hasta que te quedaste dormido, y mira” agrega apuntando con un dedo hacia mi lado; miro para el costado y estaba ahí junto a mí en la cama, mirándome con alegría, su gran perro Komodor café oscuro. “Bueno, al parecer”, le dije, “nosotros la pasamos mejor que tú anoche”.
Contacto cercano del 210 tipo
“Oye, hermano, ¿tení un lillo?”, “Sí”, le respondo, y entro mi mano al bolsillo para no mostrar el paquete entero. Seis de la mañana, bombo y caja entre los asientos de más allá; con un vino; una voz ronca en rima, atrevida y decidida, su boca transmuta el pensamiento y este fluye como humo en la garganta, entintando las tonadas con espesor de cerveza negra. Deja de cantar cuando le pasan el pito, su compañero exhala un torrente blanco desde su nariz y ahora es su turno; estalla en líricas confusas de sabor asfalto, a versos insolentes de piel rugosa; el beatbox favorito de mis barrios es siempre el más movido, el más pegado, con locura, que transforma su lengua en puntazos al silencio, para acariciar al arpa invisible de mis oídos y llevar sus cuerdas dóciles hasta mi mente. Me atrapo en su ritmo, me hundo en la voz volátil que reflexiona sobre aquello, y sobre esto, y sobre lo otro. “¿Fumemos uno?”, me dice mi amigo, “Me parece justo y necesario”, le digo yo. Al fondo en la cromi, la fiesta eterna, el retorno con el mambo, la mítica 210 de noche; sagrado es guardar algo para tomar y quemar pues la vuelta a casa es larga, y bien ajetreada.