Contacto cercano del 210 tipo

“Oye, hermano, ¿tení un lillo?”, “Sí”, le respondo, y entro mi mano al bolsillo para no mostrar el paquete entero. Seis de la mañana, bombo y caja entre los asientos de más allá; con un vino; una voz ronca en rima, atrevida y decidida, su boca transmuta el pensamiento y este fluye como humo en la garganta, entintando las tonadas con espesor de cerveza negra. Deja de cantar cuando le pasan el pito, su compañero exhala un torrente blanco desde su nariz y ahora es su turno; estalla en líricas confusas de sabor asfalto, a versos insolentes de piel rugosa; el beatbox favorito de mis barrios es siempre el más movido, el más pegado, con locura, que transforma su lengua en puntazos al silencio, para acariciar al arpa invisible de mis oídos y llevar sus cuerdas dóciles hasta mi mente. Me atrapo en su ritmo, me hundo en la voz volátil que reflexiona sobre aquello, y sobre esto, y sobre lo otro. “¿Fumemos uno?”, me dice mi amigo, “Me parece justo y necesario”, le digo yo. Al fondo en la cromi, la fiesta eterna, el retorno con el mambo, la mítica 210 de noche; sagrado es guardar algo para tomar y quemar pues la vuelta a casa es larga, y bien ajetreada.
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