Entre ajetreados paisajes, circundantes a calles circuladas solo de paso, se forman como represas de carne los círculos de las bolitas, cortando el río que desemboca en la avenida. Los ves y no suelen superar el metro, generalmente más de alguno no lleva polera, y luce al Raco su bronceado de morena piel; niños serios y concentrados, físicos potentes de ojo y tacto, siempre calculando, atletas de los dedos a corta distancia, y a veces larga, para hacer chita o también cuarta, llevándose al enemigo cautivo, armando su ejército un poquito más. Están jugando allí y nadie les dice nada, están allí jugando y chita paga doble, cuarta sólo una; lanzan las esferas redondas como un gato acostado, las arrojan chocando heroicas en su misión, deslizan a ras de piso, aunque una piedra las pueda elevar, las bolitas se mantienen fijas convertidas en balas, en el arma perfecta para cazar, para impactar al enemigo, haciendo sonar el mundo en alegría, o desgracia, y saltan y el maruyo está prohibido, desde que salió el Tratado Puente Altino de San Carlos, donde un grupo de científicos en su proyecto de ciencias de Cuarto Básico lograron comprobar la efectividad de este mismo para cagarte cualquier jugada, cualquier movida; y de inmediato se firmó y salió a la luz, el alcalde se jactaba y salíamos ante el mundo.
El tratado volvió ilegal cualquier ruido, mofa, o sonido en el momento exacto en que un competidor esté por utilizar su momento, su turno y lanzada, pero a veces no se respeta y se arman pleitos, como esa vez que, afuera de Cochoa, un grupo de niños de la plaza del Monito salió a dar cara a los de la cancha de la Da Fantasma, dejando la media escoba. La villa dividida y el viento andino dejó de bajar, en pleno Nemesio pegaban gritos de alegato, picados y con piedras en las manos, reclamando el Tratado: un maruyo les hizo perder un lote de bolitas del círculo, una manera muy deshonrosa; pero los de la Da Fantasma tenían hermanos raperos, e inspirados por el anarquismo, decidieron no obedecer ningún edicto ni decreto oficial y los niños declararon territorio libre su cancha, sin jurisdicción de la Municipalidad ni sus leyes, advirtiéndoles que seguirán gritando «PEO» cada vez que alguno de ellos juega.
Escaramuzas comenzaron a librarse en colegios de la Básica, plazas, pasajes, veredas, cunetas, hospitales y vulcanizaciones, bandos abanderando la defensa del Tratado de San Carlos, otros alegando que están contra toda autoridad menos su mamá, y comenzaron a guachipitearse las bolitas de los otros sin siquiera jugar, haciendo mano negra en el recreo, o arrojándoles su bolsa a la chuña, pa que todos pudieran agarrar. Habían de pronto escritos con tiza blanca por los muros, algunas plazas advertían «hacer maruyo es de perkin», y cada lugar era custodiado ahora por un Señor Plazial, que pedía una cuota de bolitas como impuesto, y estaría para protegerte en caso de fraude o que vinieran de otras calles u otras villas, sin embargo con el corto tiempo empezaron ellos mismos a saquear en sus territorios, cobrando bolitas cada recreo, cada tarde en los columpios, abusando de su poder y creando alianzas con los antiguos rivales para así aprovecharse juntos de todos.
Un grupo de justicieros de Tercero y Quinto Básico, aburridos de entregarle sus bolitas a los Señores Plaziales, de vivir con miedo y con las reglas para jugar impuestas, empezaron a organizar fuera de la panadería la insurrección; «Nuestras bolitas son nuestras, ¡y nadie nos las viene a tocar!», «¡Estamos hasta las bolitas!», «El Señor Plazial no lo eligió mi mamá», eran sus consignas y grandes oradores surgieron en esos momentos, esperanzando a quien creía en la libertad, a quienes aún recordaban, en su alma de humano, los antiguos tiempos. Mas siempre existen los acusetes, y sapéandolos con los Señores Plaziales empezó la masacre. Los Plaziales y sus secuaces fueron a arrojar huevos sobre las casas de quienes hablaban fuera de la panadería; fue sólo la advertencia, y al otro día le pegaron a dos que iban a comprar unas papitas, y al siguiente le quitaron un volantín a otro, ya diciendo que van en serio.
Esto no puede continuar y dos hermanos decidieron actuar. Eran los Bolini, gustosos del pan con queso al microondas y el Chocapic remojado con azúcar, también del pan con margarina y de las papas fritas Moms: eran fieles acreedores de la libertad pues sólo habían conocido el Plazismo: deseaban a toda costa poder jugar bolitas en libertad. Sabían una antigua leyenda del Círculo de las Bolitas, contada por un cartonero una mañana que le dieron un vaso de agua, tomando nota completa acerca del ritual. Lo escondieron entre cajas de tomate con cuadernos viejos, y leyéndolo una noche se dirigieron a la plaza.
La luna se ocultaba de miedo tras las nubes, un gato gris, se asomaba a observar; los Bolini unían sus manos sobre un círculo trazado con un palo, y en él, dos bolones; un chilenito verde, transparente, y un ojo de tigre. Comenzaron a susurrar, cada vez más fuerte, tornaron su pupila de rojo, como rubíes al cielo, y elevándose por encima del círculo, comenzaron a girar, recitando en lenguas muertas: «Sepeanpa lipibrepes quepe lospo conpovopocapamospo». Los bolones, como tornado danzando en el centro, explotaron hacía adentro, en una colisión microscópica desaparecieron, y de su humo blanco salió una criatura de cada uno: aladas de un material oscuro, como el cartón piedra en espesor, casi etéreas en su contorno: uno exhalaba fuego dejándose un ascuas de bigote; el otro atraía pajaritos que se posaban sobre sus hombros. Los Bolini se inclinan antes las bestias, loando sus virtudes, ya en español: «Oh protectores de universos, honren lo sagrado de la vida esférica, protejan el honor de las bolitas, traigan ruina y desesperación a quienes los profanaron, llévenles miseria y destrucción.», ambos seres los miraron, y dando un aletazo sobre los postes de luz, pegaron un grito desgarrador: pequeños portales comenzaron a abrirse, y pequeñas criaturas, pigmeos de fuego rojo, y unos cyclopes emplumados surgieron entre los vórtice, morados y relampagueantes, y plagando las canchas principales, tomaron las avenidas hasta el Maipo, combatiendo a todos los señores Plaziales.
En las plazas pequeñas con canchas sonaban las escaramuzas, bolitas iban en todas direcciones, y sin piedad alguna, como si esa reflexión no existiese en su universo, los seres conquistaron cada rincón tomado por los Plaziales, liberando Puente Alto del yugo opresor. Así la revolución fue que triunfó, y la centralidad de poder desapareció, quedando dos grandes templos en honor a las batallas de independencia y a los universos que vinieron en nuestro auxilio: una junto al Monserrat del 27, en la entrada Puente Altina: el otro, tras Bajos de Mena, por la gran lucha que se libró en «la plaza de los chunchos». Allí se honraría el respeto por el adversario, aprendiendo lo sagrado en esta antigua tradición, pues en cada esfera, hay un cosmos que nos observa.
El círculo de las bolitas
Entre ajetreados paisajes, circundantes a calles circuladas solo de paso, se forman como represas de carne los círculos de las bolitas, cortando el río que desemboca en la avenida. Los ves y no suelen superar el metro, generalmente más de alguno no lleva polera, y luce al Raco su bronceado de morena piel; niños serios y concentrados, físicos potentes de ojo y tacto, siempre calculando, atletas de los dedos a corta distancia, y a veces larga, para hacer chita o también cuarta, llevándose al enemigo cautivo, armando su ejército un poquito más