Mañanas frías, mediodías de calor rebotando al asfalto, también en las tardes de viento o lluvia, e inclusive en las noches de sueño y alegría: nada impedía que ahí pasará todos los días el carro del maní. Sagrado era el altar del pueblo congregado a sus fauces, esperando su turno para comprar. Ya al primer pitido de vapor daba anuncio a su pronta llegada, y solían repletar las calles por donde iba a pasar. Niñas y ancianos, perros y padres rendidos al sabor confitado, salado o picante de su sabrosura redonda y perfecta: compactados para un agarre confiable a la mano, calientitos para el penetrante aroma ahumado que entra en cada poro y baila sobre tu nariz hasta despedirse en la intimidad de su carne. La textura del maní a nadie desagrada, y era ya un ritual tradicional para muchas familias puentealtinas, las cuales salían a su encuentro apresuradas con billeteras y chaucheras.
Es por eso que sorprendió a todos cuando distintos cahuines señalaban que algo extraño sucedía con el carrito del maní. A todos les desconcertó oír estos rumores de que al parecer había una conspiración en el carrito del maní, ¡y ante los ojos de todos!. ¿Qué pasaba que no debería ser así? Se preguntaban los niños, ¿Cuál es el negocio? decían los grandes.
Por más que intentaban investigar, hablar en código, buscarle la quinta pata al gato nada hallaban. La frustración se acumuló cuando varias dueñas de casas no lograban demostrar sus hipótesis, ¿Qué es lo que imaginaban con el carrito del maní?, divagaban proyectos varios, algunos oscuros, algunos un tanto siniestros, pero siempre sus intentos de encontrar esa realidad morían frustrados como el mejor guión de teleserie turca.
No era así, pero la verdad es que sí había una verdad oculta. Lo cierto es que esos rumores eran de una red organizada de desinformación para hacer ver mal al manicero, el cual en secreto venía de la Florida, y el carrito del maní una fachada para conocer a los pobladores, conversarles, entrar en confianza y hacer propaganda: el pertenecía a una facción que peleaba por derrocar al monarca de La Florida, Espino Curvo, el de terrible pensar.
De esta forma el manicero salía todos los días resilentemente a trabajar hacia Puente Alto, camuflado de un simple repartidor de maní, pero cuando reaccionaba a tal saludo especial y seña, te entregaba un rollo largo y delgado para que pudieras guardar bajo un buen abrigo, o entre la polera.
Un grupo de niños del «pan 27 » quisieron averiguarlo y pasaron horas observando y estudiando, anotando sus gestos, sus expresiones, sus acciones. Se posicionan sigilosamente en panderetas, ciruelos, duraznos y autos a la espera del carro del maní. Luego de una semana de misión, páginas y páginas fueron recopiladas por los pequeños. Este método sí fue efectivo, no como los intentos de los adultos por averiguar algo. Lo tenían anotadito al detalle, seis veces fueron las que lo observaron entregar unos pliegues de papel, y creían también haber descifrado el saludo secreto en clave que el manicero hacía.
Se tomaron su tiempo y afinaron todo. El plan estaba elaborado y todo preparado para descifrar el misterio con el carrito del maní: el mayor del grupo de los niños iba a realizar el saludo secreto al manicero para intentar obtener esos pergaminos en pliegues. Lo habían practicado infinidad de veces, pero aún no lograban afinar un detalle. Un gran pequeño detalle. En un momento del saludo secreto, hay una señal que parece irreconocible, nadie pudo entenderla del todo, porque al final había un giro de muñecas. Había dos opciones, un giro hacia la izquierda, o un giro hacia la derecha con la muñeca. Debían ahora decidir para qué lado era el giro. El niño mayor caminó con templanza hacia el manicero, un poco nervioso y un tanto ansioso, lo miró de reojo y el manicero devolvió la mirada, e inició el saludo secreto con el niño. Sus manos volaban a velocidad luz con las señas, y llegaba el momento final, ¿giro a la izquierda o giro a la derecha? La operación dependía de esta interrogante. Pero el niño, terco, pensó distinto en el último segundo, en el momento de decidir, mantuvo su mano fija, y firme, completando así realmente la verdadera señal con el manicero, la cual para engañar hacía parecer ver que las manos giraban, cuando en realidad no. Los niños que observaban la operación apenas se contuvieron de no gritar de susto, luego de emoción y alegría: la tensión pasó y entró de plato fuerte la curiosidad, observando todos desde sus puestos sigilosos. Apenas lograron contener la alegría en este punto, y cuando vieron que el papiro estaba en sus manos y el carrito del maní seguía avanzando doblando por la esquina, soltaron un fabuloso grito de compañerismo y regocijo.
Rápidamente corrieron afuera del pan 27, lugar donde todo comenzó. ¡Por fin iban a descifrar el misterio! Abrieron el rollo, y los papiros corriendo de mano en mano. ¿Qué podía ser? Cuál era el misterio del carrito del maní? No esperaban que para su sorpresa, su respuesta les traería más de una nueva pregunta.
El niño mayor comenzó a leer en voz alta los papiros del manicero, y este decía así: «Espino Curvo, el de siniestro andar, planea invadir Puente Alto para conquistarla. No sólo por su tierra vasta y rica en minerales, agua y vegetales, sino también para esclavizar a su gente. Difundir con cautela! Que los espías están por doquier. Deben organizarse para pelear y defenderse. La traición iniciará cuando el invierno se desvanezca, y las tropas monárquicas marchen hacía el sur».
Si los Persas fallaron en conquistar a Grecia, nuestro corazón hoplita se levantará para frenar a quien busca cercenar, oprimir y conquistar. Luego del shock, vino el valor, porque el miedo es algo que no se detiene, hasta que el coraje camina sus primeros pasos. Decidieron hablarlo en sus casas, y de sus casas a sus primos, y de sus primos a sus tías y de las tías a la junta de vecinos, a la reunión de zumba, al círculo de las bolitas, de trompos y juegos de mesa; llegó también a los ríos y a los parrales, llegó indudablemente también a las arañas, fundadoras de Puente Alto. Se esparció el rumor como un virus de resfriado en cambio de estación, y la gente pasó pronto a la acción. Se organizaron en talleres, por afinidades y localías, y comenzaron a trabajar el plan A, el B, el C… hasta llegar a una elaborada cantidad de situaciones. Sin embargo, la mejor de ellas siempre iba a incluir el sueño de batallar y no tener que lamentar pérdidas de vidas. Esta utopía resonó fuerte y piso firme, convirtiéndose en una consigna y un grito de esperanza para cada poblador que preparaba la defensa de sus tierras. En este contexto, el taller de Educación Tecnológica de 6to básico de una escuela por Vicuña Mackenna, diseñó, elaboró y ejecutó un plan maestro con sus mejores dotes por los más experimentados artesanos de su clase, usando los elementos maestros de esta tradición: cartón piedra y silicona líquida. Lograron concretarlo apenas la noche antes de la invasión. Esa tarde y noche el ambiente estaba tenso, más de lo usual, con un silencio fúnebre que hacía presagiar lo que el amanecer iba a develar.
A primera hora de la mañana. el sol ya estaba pegado como imán a la cordillera, y dejaba ver entre una espumosa neblina al ejército de Espino Curvo, el de vil desear, entre la frontera de ambos territorios. Los cuernos de guerra resonaban y las campanas locales estaban alertando a lo largo y ancho de Puente Alto: el momento ha llegado. El general enemigo, montado sobre una moto patrullaba los márgenes de la formación de sus soldados, y les daba indicaciones así como les transmitía sus ruines pensamientos. Venían a devorarlo todo, venían a consumir cada viento que soplase en libertad. Lo que no sabían, lo que jamás esperó este general, es que los estudiantes del taller de Educación Tecnológica de 6to básico ya estaban rodando con su plan maestro, buscando la complicidad de cada poblador que pudiesen. Cuando todo estuvo listo, una bengala roja dio la señal para accionar la defensa: en ese momento todos salieron de sus escondites frente al ejército invasor, se levantaron de entre arbustos, bajaron de los árboles, salieron de sus casas y autos, salieron de bares y estadios, canchas y plazas; todos junto a sus increíbles Bazookas gigantes, Katanas con metralletas láser, sus Tanquesaurios con púas enormes y lanza piedras de lava ardiente. No se hizo esperar el impacto que esto trajo a las tropas enemigas, y las deserciones del ejército invasor empezaron de inmediato. Algunos huían incluso arrojando sus armas para arrancar cuanto antes, otros estaban siendo sorprendidos orinándose encima, mientras rogaban detener el ataque a sus compañeros. El general invasor quedó perplejo, en sus 40 años de servicio a Espino Curvo, el alma seca, nunca imaginó ni esperó tal contraataque. Al parecer sus espías estaban completamente mal informados, o peor aún, eran espías dobles que les entregaron información falsa, imaginaba el general, aún anonadado. Lo que no sabían ellos, es que todas esas armas monstruosas, eran sólo una fachada, una apariencia cual pez globo, cual pavo real. Los niños tuvieron la ingeniosa idea de construir esas increíbles armas con cartón piedra, pidiendo la decoración final al taller de Artes. “¿Qué hacemos?” le suplicaban sus tropas al general ya desesperado, cuando un grito desgarrador irrumpió los oídos de todos: Puente Alto se alzó en un grito, en un aullido, en una gutural ronca, todos y todas lo mantuvieron y agitaron sus armas, flamearon sus estandartes y desahogaron más de un resentimiento. Lo último que se vió de ese general fue la rueda trasera de su moto dando media vuelta, y no regresando jamás. La alegría inundó con llanto y emoción toda la región, no lo podían creer, habían ganado y la guerra había acabado, habían sobrevivido por luchar todos juntos contra el enemigo.
Los festines y festejos florecieron junto con el primer día de primavera, la euforia de cada poblador por haber derrotado al invasor reside dentro hasta el día de hoy en el corazón de cada persona. Es por esto que hoy y siempre, en cada primavera en Puente Alto se acostumbra a comer maní confitado, salado y con apicantado, recordando al valiente carrito de maní, y de su anónimo héroe manicero que jamás se volvió a ver. Todos así mantendrían fresca en la memoria las valientes hazañas que en conjunto concretaron, de aquel día en que el pueblo decidió erguirse, se organizó para batallar, y ganó así a pesar del miedo, su libertad.
Carro del maní
La frustración se acumuló cuando varias dueñas de casas no lograban demostrar sus hipótesis, ¿Qué es lo que imaginaban con el carrito del maní?, divagaban proyectos varios, algunos oscuros, algunos un tanto siniestros, pero siempre sus intentos de encontrar esa realidad morían frustrados como el mejor guión de teleserie turca.