Agradezco la invitación para presentar este libro1Texto leído en la presentación del libro «A qué hora pasa el tren… Conversaciones sobre la locura» de Jean Oury y Marie Depussé, organizado por Editorial Destituir en conjunto con el Grupo Lazo Social en la Universidad Alberto Hurtado el 25 de Junio de 2026. y así poder conversar sobre la locura humana, tan antigua como actual y, precisamente por ello, profundamente atemporal.
Mientras leía, comprendí que la teoría sería el telón de fondo y la clínica el sonido de este recorrido. Por eso quisiera pensarlo como una composición en cuatro estaciones de la temporalidad psíquica: conservar, creer, tejer y transmitir. Cuatro movimientos mediante los cuales un acontecimiento puede pasar desde la insistencia solitaria hasta encontrar una historia compartida.
La lectura me condujo entonces a una hipótesis sencilla y difícil a la vez: la locura acontece allí donde la historia no ha terminado de acontecer. Tal vez nos encontramos frente a una memoria presente en la locura humana que conserva huellas, se transmite y compromete simultáneamente al sujeto, a sus vínculos y al cuerpo social. No sucede fuera de nosotros, porque nosotros no somos únicamente los personajes de una historia; somos también aquello que la historia persiste en escribir en nosotros.
Sobre todo, porque hay acontecimientos que parecen atravesar las épocas sin agotarse nunca. Los encontramos en las guerras, en las catástrofes, en los duelos y en la transmisión del sufrimiento entre generaciones. No pertenecen únicamente al pasado ni al presente. Reaparecen, insisten y vuelven a interrogarnos.
Freud sugirió tempranamente una idea particularmente fecunda: llamó atemporales a aquellos procesos inconcientes que no son alterados por el transcurso del tiempo. Conservan huellas que permanecen activas sin encontrarse ordenadas por la cronología.
Quizás por eso lo inconciente jamás olvida. Conserva sin seleccionar, registra sin interpretar y continúa trabajando allí donde el acontecimiento excede la capacidad de representación.
Tal vez por eso la locura mantiene un vínculo tan íntimo con las catástrofes: ambas comparten una misma condición de atemporalidad. Persisten allí donde algo del orden de la verdad y de la justicia permanece abierto; donde el acontecimiento aún no logra cuajar en una forma compartida.
La locura insiste, no porque desconozca el tiempo, sino porque algo del acontecimiento todavía no ha encontrado una inscripción compartida que le permita pasar a la historia.
Quizás la locura no sea únicamente una alteración del pensamiento, sino también una forma de soledad temporal: un acontecimiento que continúa sosteniéndose solo mientras todavía no encuentra una historia capaz de alojarlo.
Un acontecimiento sin mundo.
Por eso quisiera proponer una imagen.
(silencio)
La locura no es únicamente el fruto.
(silencio)
La locura es también una de las raíces de la memoria.
(silencio)
Lo que permanece trabajando en la sombra para que una historia pueda, finalmente, llegar a existir.
Quisiera destacar la insistencia de la locura como un acontecimiento sin mundo que, a través del trabajo del delirio, busca una forma de hacerse visible para que, junto a otros, pueda ser pensado, reunido en una historia y, finalmente, transmitido.
Ahora retomo la pregunta que habita el nombre del libro:
¿A qué hora pasa el tren?
Intentaré seguir las preguntas que de ella brotan.
¿Qué clase de tiempo habita?
Es una pregunta por aquello que ha quedado fuera del tiempo o, más precisamente, sin temporalizar.
Porque hay cosas que siguen pasando porque todavía no encuentran una forma para pasar del todo.
Entonces surge una nueva pregunta:
¿Qué hacemos con aquello que ya pasó y que, sin embargo, nunca termina de pasar?
O, dicho de otro modo:
¿Qué trabajo realiza el psiquismo para que la vida continúe cuando algo amenaza con quedar fuera del tiempo?
La catástrofe nos hace perder la hora. No pertenece solamente a un sujeto ni únicamente a una época. Cuando la historia aún no encuentra forma, la locura se convierte en una forma de memoria: un trabajo del tiempo sobre aquello que todavía no logra pasar. Por eso nos priva de la posibilidad de habitar un mundo en común.
Nos deja convertidos en los únicos testigos de un acontecimiento que todavía no encuentra un mundo capaz de reconocerlo.
Lo que pasó permanece unido a lo que está pasando.
El mensajero permanece unido al mensaje.
El sujeto permanece ligado a un acontecimiento que todavía no encuentra un mundo donde poder transmitirse.
Entonces la pregunta se transforma en:
¿Qué necesita lo atemporal para poder, finalmente, pasar a la temporalidad?
Para aproximarnos a esta pregunta, quizás sea necesario volver sobre los comienzos de la vida psíquica.
Quizás porque algo de la infancia del tiempo nunca desaparece del todo.
¿Qué es lo primero que registra y conserva el psiquismo?
El cuerpo.
El sonido.
El dolor que hace llorar al bebé infans: el sin palabras.
Como las raíces, estos registros primarios realizan un trabajo silencioso, continuo y esencial: produciendo una memoria del subsuelo, absorben, anclan y transmiten.

Lo que crece hacia la luz depende de aquello que permanece oculto.
La vida visible necesita de un trabajo que ocurre en las sombras.
Toda forma visible descansa sobre un trabajo invisible. Toda memoria descansa sobre una sombra que la precede. Quizás la locura sea precisamente ese trabajo subterráneo. No aquello que irrumpe al final, sino aquello que estuvo allí desde el comienzo.
La primera voz del eco, la memoria del subsuelo, el micelio. El ruido anterior al nacimiento del sonido. La huella acústica que marcó la memoria antes de encontrar una letra para nombrarse.

Aparece en las catástrofes, en los Estados que declaran el terror sobre los civiles, en las violencias sobre la filiación, en los duelos donde el amor y el dolor disputan la supervivencia de los vivos, en los combates persistentes entre la vida y la muerte.
Quizás por eso, ante las experiencias de terror, este núcleo primario acude en nuestro auxilio.
La vida visible del delirio se gesta en la obscuridad del acontecimiento, allí nace y yace una primera forma de amparo psíquico, un resguardo corporal/alucinado del acontecimiento.
Les hablo de los primeros brotes del Habeas Corpus en el psiquismo, las raíces necesitan sombra para sostener la vida que logró sobrevivir, la luz de los brotes es posible porque hubo sombra en la que trabajó primero.
Así, el delirio logra revelarse como un trabajo de conservación, no sólo resguarda el acontecimiento; también da testimonio de él.
La experiencia se compartimentaliza para conservarse, manteniendo un hilo de pertenencia entre fragmentos que permanecen separados.
A la espera de una recopilación posible que sólo puede adquirir forma, profundidad y volumen – en el dibujo la sombra es lo que le da el volumen- cuando encuentre un lugar en la escucha del otro donde ser alojado y que exige siempre un acto previo de confianza.
Pienso en esos dibujos infantiles que, a primera vista, parecen un conjunto de líneas incomprensibles.
Preguntamos qué son y una hija responde con la naturalidad de una hechicera:

«Son tortugas marinas vistas desde el fondo del mar. Y eso que ves ahí arriba es la luz del sol mirado desde adentro del mar».
De pronto, un mundo aparece ante nuestros ojos. No porque hubiéramos comprendido de antemano, sino porque aceptamos compartir un tiempo con una forma que todavía estaba naciendo. Al hacerlo, dejamos de ser espectadores de un dibujo para convertirnos en testigos de un acontecimiento: el nacimiento compartido de un mundo.
Y es aquí donde quisiera introducir a Cassandra que junto a su hermano Heleno en Troya, compartían el don profético. Ambos sabían. Pero Heleno podía interpretar los signos,
No queda absorbido por la visión, introduciendo una mediación, traduciendo e interpretando señales.
No queda absorbido por la visión.
La traduce.
Y eso se parece muchísimo a la temporalización.
Y Cassandra debía soportar el peso de ver.
La princesa troyana caía en raptos proféticos donde parecía perder toda noción de sí misma.
Ella no recuerda ni anticipa.
Ella habita simultáneamente los tiempos.
Fuego, guerra, esclavitud…La ciudad está perdida.
Durante los raptos proféticos no asistimos únicamente a una visión del futuro. Asistimos a una alteración de la temporalidad misma. Pasado, presente y porvenir dejan de sucederse para coexistir en una única escena. El acontecimiento permanece demasiado próximo a sí mismo para transformarse en historia.
Todo ocurre al mismo tiempo.
Sus clarividencias siempre resultaban ciertas.
Sin embargo, lejos de despertar reconocimiento, provocaban estupor, desconfianza o burla.
Condenada a contemplar cómo familiares y compatriotas avanzaban hacia su destrucción en la guerra de Troya, habitaba una soledad singular: la de quien ve venir la catástrofe sin poder modificar su curso.
Sin el don de la persuasión, la adivinación puede convertirse en un castigo.
Ver no siempre equivale a poder transmitir.
y justamente aquí yace la tragedia de Cassandra:
ver y no ser creída.
Padecer una experiencia cuya verdad no encuentra un otro capaz de recibirla.
La experiencia así, espera.
Espera un testigo.
Espera alguien que pueda creer.
Y cuando nadie llega, la distancia de lo compartimentalizado aumenta.
A veces esa espera dura años.
A veces atraviesa generaciones.
Así podría pensarse la memoria en delirio: Espera un futuro y no únicamente ser recordada. En la latencia de un mundo capaz de recibirla.
Y quizás allí se encuentre también su reverso.
El hijo traza unas líneas incomprensibles y alguien pregunta.
Qué dibujaste hijo? Se llama “Para la Paz, mamá”.

Alguien permanece el tiempo suficiente para escuchar.
Alguien cree antes de comprender y en ese gesto aparece una forma.
Quizás la filiación comience allí.
No cuando comprendemos quiénes somos.
Sino cuando alguien nos recibe antes de que podamos comprendernos.
Porque siempre hubo alguien que supo de nosotros antes de que pudiéramos saber de nosotros mismos.

Y aquí quisiera destacar una última idea.
La creación comienza como una forma de conservación. No creamos a partir de la nada.
Creamos a partir de aquello que logró sobrevivir.
El delirio posee una dimensión de conservación que solemos pasar por alto. Quizás el delirio sea una de las formas más radicales de esa conservación creadora.
No solo preserva la vida psíquica.
Es por esto que el delirio puede propiciar un trabajo de temporalización.
Quizás por eso Penélope (de la Odisea) me acompañó durante la lectura de este libro.
Ella teje y desteje.
Su trabajo no produce una obra terminada.
Produce tiempo y preserva un intervalo. Sostiene abierta una posibilidad.
Heleno no intentaba eliminar el destino. Intentaba mantener unidos los signos de un acontecimiento que todavía no encontraba una historia capaz de reunirlos. Recuerdo una conversación entre ambos hermanos. Heleno decía:
«Lucharemos aunque solo sea para soñar que podemos, si no cambiar ese destino, al menos retrasar su cumplimiento.»
Retrasar no significa negar el destino. Significa producir el tiempo necesario donde comienza la temporalización.
Quizás Penélope y Heleno realizan un trabajo semejante.
Penélope conserva el hilo del tejido. Heleno conserva el hilo que enlaza los signos.
Ninguno de los dos niega la fractura. Ninguno elimina el destino. Ambos permanecen junto a aquello que todavía no logra ser reunido.
Porque la compartimentalización separa los fragmentos, pero no destruye la pertenencia entre ellos. La filiación permanece como un futuro anterior: aquello que ya pertenecía antes de poder ser reconocido como tal.
Los fragmentos continúan formando parte de un mismo acontecimiento, aunque la historia que los reúna haya quedado interrumpida.
Quizás, en la escucha del delirio, la tarea consista precisamente en no abandonar ese hilo.
Llamaré fidelidad temporal a la capacidad de permanecer vinculados a un acontecimiento mientras este busca una forma compartida de existir en el tiempo.
Lo inconciente conserva.
La memoria subjetiva temporaliza.
La filiación mantiene la pertenencia entre aquello que todavía no logra reunirse en una historia.
Entre la conservación inconciente y la memoria subjetiva se abre el trabajo psíquico de transformar una huella en historia.
La memoria filiatoria temporaliza para que el acontecimiento pueda devenir pasado, inscribirse en el presente y abrir una relación con el porvenir.
Y quizás aquí podamos volver, una última vez, al problema del delirio.
Tal vez la dificultad no resida únicamente en la certeza que encontramos en él. La certeza apodíctica puede ser el modo en que una experiencia se conserva cuando todavía no encuentra una forma compartida para existir; permanece demasiado próxima a sí misma.
Por eso, en la clínica del delirio, nuestro trabajo no consiste en destruir la certeza. Consiste en acompañarla hasta que pueda abrirse una pregunta. No para desmentir aquello que insiste, sino para introducir la distancia necesaria que permita al acontecimiento comenzar a transformarse en historia.
Quizás esa sea también la función de la falta y del intervalo: abrir un espacio donde aquello que permanecía conservado pueda comenzar a devenir experiencia compartida.
¿Qué es, entonces, el psicoanálisis? ¿Qué vuelve clínica a una práctica?
Quizás la vitalidad de una experiencia no dependa de la solidez de sus respuestas, sino de la capacidad de permanecer junto a las preguntas que la constituyen. No una fidelidad a las respuestas ni al pasado, sino una fidelidad a aquello que continúa interrogándonos en la búsqueda de verdad y justicia.
Quizás porque la experiencia humana nace siempre de un acto previo de confianza.
No sabemos completamente quién es el otro.
No sabemos completamente quiénes somos.
Hay allí un intervalo que ninguna certeza puede colmar. Y, sin embargo, avanzamos.
Quizás eso sea la confianza: no la eliminación de la falta, sino la decisión de habitarla. Un espacio abierto entre lo que conocemos y aquello que todavía permanece por venir.
Una vez estuve en Rapa Nui y un sujeto llamado Moi me dijo:
«Daniela, córtala. Eres ver para creer. Empieza a creer y verás.»
Durante mucho tiempo pensé que me hablaba de la fe.
Hoy creo que me hablaba de otra cosa.
Me hablaba de la confianza necesaria para que algo pudiera comenzar a aparecer. De la disposición a alojar aquello que todavía no comprendemos por completo o casi nada.
De confiar en que la ruptura no agotó la pertenencia y filiación entre aquello que la catástrofe obligó a separar. De permanecer junto a ese hilo incluso antes de poder verlo con claridad.
Primero alguien creyó.
Después apareció la forma.
Después llegó la comprensión.
Cassandra dice:
«Veo y nadie cree.»
Moi dice:
«Cree y quizás aparezca algo que todavía no ves.»
No son posiciones opuestas.
Forman parte de un mismo movimiento.
Porque algunas experiencias permanecen conservadas, a veces durante años o generaciones, hasta que finalmente encuentran un mundo capaz de recibirlas. No esperan simplemente ser recordadas. No esperan únicamente ser comprendidas.
Los fragmentos nunca dejaron de pertenecer unos a otros.
La fidelidad temporal consiste en confiar en que esa pertenencia no fue agotada por la catástrofe, aunque la historia todavía no logre reunir sus fragmentos.
La compartimentalización los separa, pero no destruye el hilo que los mantiene vinculados.
Temporalizar consiste en reconocer esa pertenencia para que el acontecimiento pueda devenir historia.
Hay memorias que no olvidan porque olvidar sería traicionar la vida que, aun atravesando la catástrofe, insistió en sobrevivir.
Lo que conservamos no persiste por fidelidad al pasado. Persiste porque espera un futuro: un mundo donde su verdad pueda ser reconocida, donde la justicia pueda acontecer y donde la experiencia encuentre, finalmente, una historia capaz de alojarla.
Por eso tejemos una urdimbre junto a otros.
No para borrar aquello que insiste.
No para clausurar aquello que permanece abierto.
Sino para acompañarlo hasta que encuentre una forma posible de habitar el mundo.
La creación es hija de la conservación.
(silencio)
La comprensión es hija de la confianza.
Así también transcurre una vida.
Incluso en el otoño, un cerezo conserva la promesa de la primavera.