El revólver

[CUENTOS] Un susto por ruidos en la cocina traerá una discusión absurda en torno a un revolver. Un enredo lúdico, divertido y ágil en una pequeña tragedia de la vida cotidiana.

—Garabata… Garabata…

—¿Ah? ¿Qué pasa, Cancamuso?

—¿Escuchaste ese ruido? Abajo, en la cocina.

—¿Ladrones?

—Los voy a espantar. 

—¿Vas a espantar a los ladrones? ¿Y cómo? 

—Les gritaré: ¡Tengo un revólver! 

—¡¿Revólver?! ¡¿Dijiste un revólver?! 

—Sí, dije revólver, pero…

—¡¿Cuándo compraste un revólver?!

—No. Es solo para espantarlos. Yo…

—¿De dónde sacaste el dinero para comprar un revólver?

—Solo sígueme la corriente. La idea es…

—No me digas que sacaste el dinero de los ahorros. 

—Calmate, no es lo que piensas…

—¡Te mato, Cancamuso José! ¡Si tocaste los ahorros te mato!

—No toque los ahorros. Te lo juro. 

—Un revólver. ¿Cómo se te ocurre? Tú nunca has usado un revólver.

—Pero ellos no lo saben. Se asustarán al escuchar que tengo un revólver.

—¡Entonces, sí gastaste los ahorros, desgraciado! ¡¿Cómo pudiste?!

—No, no me estás entendiendo…

—¡Cuarenta años partiéndonos el lomo trabajando y tú malgastas nuestros ahorros en un revólver!

—¡No es así!…

—Se supone que esos ahorros eran para la vejez. ¿Ahora qué vamos a hacer?

—Pero, mi amor, escúchame…

—¡Mátame, Cancamuso José! ¡Mátame! ¡Usa ese ingrato revólver que compraste con el sudor de más de cuatro décadas de trabajo mal pagado! ¡Ya no quiero vivir más!

—Olvida lo del revólver. Fue una mala idea. 

—¿Qué me olvide del revólver? ¿Y entonces cómo vas a espantar a esos ladrones? Si al menos practicaras artes marciales como el vecino.

—El feng shui no es un arte marcial. 

—Pero es mejor que gastar los ahorros de toda una vida en un revólver. 

—Garabata, por favor…

—¡¿Dónde está?!

—¿Dónde está qué?

—El revólver con el que me vas a matar.

—¡Yo no te voy a matar!

—¿No me vas a matar, ni tampoco nos vas a defender de esos ladrones? ¿Entonces para qué sirve ese maldito revólver?

—¿Cuál revólver?

—El que compraste sin siquiera consultarmelo. 

—Por favor, detente…

—¡Dios mío! ¿Qué hice yo de malo en esta vida para merecer semejante castigo? ¡Un marido violento! ¡Un asesino que mantenía escondido un revólver en nuestro santo hogar! ¡Un cobarde incapaz de defenderme de los ladrones!

—No llores, mi cielo. Sabes que me duele verte llorar.

—…

—Garabata, ya no se escucha nada abajo. ¿Te das cuenta? Al parecer no hay ladrones.

—…

—Quizás solo fue el viento que movió algo en la cocina.

—¿Seguro?

—Sí, mi vida. Sigamos durmiendo. 

—Está bien. Buenas noches, Cancamuso.

—Buenas noches, Garabata.

—…

—…

—…

—Cancamuso…

—Dime, mi cielo.

—¿Te imaginas que unos ladrones hubieran entrado en la casa?

—Ni me atrevería a pensarlo.

—Sí.

—…

—Me siento más segura sabiendo que tienes un revólver. 

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