Freud inicia su escrito recogiendo una crítica recurrente en torno al quehacer del analista: la idea de que este “siempre gana”. Esta crítica interroga el estatuto que otorga el analista al analizado, la verdad que este construye sobre el sujeto y, por tanto, la responsabilidad que conlleva la labor. Para una clínica infanto-juvenil, este debate evoca la necesidad de considerar al NNA como un sujeto de derecho y, fundamentalmente, como sujeto deseante. De ello se desprende que la noción de la cura se oriente a la posibilidad de agenciar su propio sufrimiento, atendiendo a las marcas en la construcción de dicha subjetividad. Así, la ética de la escucha requiere alojar la palabra del NNA como una enunciación de su propio deseo.
Freud realiza una distinción esencial en lo técnico, dando lugar a las posibilidades de sugestión del analizado, de este modo, el eje del tratamiento se desplaza hacia la posición subjetiva del sujeto ante lo dicho por el analista, que, si bien devela algo, también mantiene una incompletud de sentido, otorgando valor a lo reprimido. Para pensar la posición subjetiva, se vuelve operativa la distinción entre verdad material y verdad histórica-vivencial. Cabe señalar, que se distinguen con precisión los elementos singulares de la interpretación y la construcción en el texto, que no abordaré aquí.
En cuanto a la técnica propiamente dicha, la “construcción” es una posibilidad de colegir lo olvidado, aquello que ha sido estructurado desde lo infantil, pero que permanece inaccesible. De este modo, la construcción se presenta como una apertura a otros discursos posibles. Actúa como un puente simbólico que restituye fragmentos biográficos y huellas mnémicas, construyendo nexos con lagunas del pasado.
En cuanto a la retrospectividad, y como he nombrado esta presentación, «en el curso del acontecimiento todo habrá de aclararse». Los efectos habilitantes de las construcciones solo se pueden observar desde una apuesta al porvenir, cuyo valor está dado por la respuesta del analizado. Freud, en su descripción nos lleva al símil entre la construcción y el trabajo con el síntoma, al señalar que los recuerdos “hipernítidos” funcionan como desplazamientos o resistencias que el analista debe bordear para acceder a ese espacio de la historia, abriendo también una vía para entender y vincular esto con los recuerdos encubridores.
Surge aquí una pregunta esencial para la clínica infantil ¿cómo es posible recordar vivencias en un aparato psíquico donde, en ocasiones, la represión no se ha instalado y, por lo tanto, aun pareciera no haber olvido? Me remito, entonces, a la dimensión transgeneracional y al mito familiar. El bebé nace en una trama de discursos y deseos preexistentes; los efectos de las construcciones históricas de los progenitores serán revisados en retrospectiva a medida que se desarrolla el vínculo con bebe, NN y su devenir adolescente. En esta escena, la transferencia es multinivel, involucrando no solo a NNA, sino también a la madre y al padre, o cuidadores, así como a las instituciones que portan su historia. En la emergencia de dichos montos de afectos sepultados, se nos aclarará la posición del infante y sus investiduras.
Haciendo eco de esa comparación con la psicosis a la que el propio Freud se entrega, es difícil no reconocer en las producciones infantiles la presencia de tramas de niñeces que se construyen para decir sobre su realidad guardan la estructura de pequeñas formaciones delirantes. Comprendiendo que hay un intento de explicar algo que no pudo ser elaborado desde la realidad material, observamos en las infancias como se rellenan estos vacíos con producciones fantasmáticas y míticas en torno a la concepción, la muerte, la sexualidad; es decir, su lugar en el mundo, como un intento de incorporar algo de lo externo que resulta enigmático y, así, hacer soportable su experiencia.
Para pensar la diferenciación entre la verdad histórica- vivencial y la material, lo relevante no es la factualidad del relato, si ocurrió o no tal cosa que señala el sujeto, sino como este ha vivenciado esos hechos, como se los ha ido explicando y cómo se las ha arreglado para soportarlos. Esta verdad vivencial se encuentra apuntalada en el presente y en la expectativa de futuro, pudiendo comprender en ello la tan insistente repetición; sin embargo, requiere ser resituada en el pasado al que pertenece. Dado que la verdad histórica vivencial del NNA ha sido donada en la filiación, y por tanto pertenece también a la verdad histórica-vivencial de sus progenitores o cuidadores, la técnica analítica busca que el NNA se apropie de su propia historia y de su síntoma, diferenciándose de la verdad transmitida, no para eliminar las fantasías, sino para padecer en menor medida.
La noción de construcción me remite a lo señalado en el El creador literario y el fantaseo, donde Freud dice: “el nexo de la fantasía con el tiempo es harto sustantivo. Es licito decir: una fantasía oscila en cierto modo entre tres tiempos, tres momentos temporales de nuestro representar (…) vale decir, pasado, presente y futuro son como las cuencas de un collar engarzado por el deseo”. La historia vivencial se apuntala en estos espacios temporales para dar andamiaje a la existencia.
No obstante, cabe retomar la advertencia freudiana, donde nos señala que una construcción correcta puede generar empeoramientos sintomatológicos; cuestiones que ha esbozado en otros escritos con ideas como que en un análisis no se deben tomar decisiones relevantes. Finalmente, el psiquismo dispondrá de todos sus mecanismos ante la proximidad de lo inconsciente.
Para cerrar, el ejercicio de la construcción es una invitación a historizar, a abrir una narrativa que sea estructurante, libidinizante y, sobretodo, apropiante de sentido para el sujeto en devenir. Es la apuesta del analista por la palabra que, al construirse, permite al sujeto de la infancia dejar de repetir para empezar a recordar.