Ahora mientras tu nombre se googleé, no morirás, pero si fueras una estatua del centro, palomas cagarán tu hombro, en algún momento, inevitablemente, sobre tu pelo y en el bigote, y a la insignia del monumento, grafitis, de spray o plumón, o ambos, raramente ninguno, y para las marchas sostendrías desde la boca un pañuelo negro, así no te ahogas en Santiago, lacrimógenado, ennegrecido, entristecido como un trapeador después de primavera, colgará hasta tu cuello, y querrás gritar rebeldía, pero ellos sordos son. En piedra, en tu misma posición, observaras los días transformar la noche, y las moscas olfateando el viento, y la sombra siguiendo la carne, vigilando, desde allí, todo es un poco más chico, diminutos para tus ojos y te abstraerás del tiempo, de la sociedad, en la vida hundirás tus ojos, y veras pasar días de la semana, en todas sus horas, cubierto sobre colores de jóvenes, asomados con banderas, cánticos, energía y motivos de vida, pero también los veras sofocados, bajo un chorro de agua, por sonidos que los busca el silencio, por aullidos de perro faldero; ellos los cazan, los atan y recriminan, por existir, gracias amigos de los mudos, contempladores del abismo, ellos buscarán cada rastro, todas las señales, la existencia en amor y fraternidad, que incluso con tus ojos empiedrecidos, de minerales grisáceos, podrás ver al verdugo reclamar ser justo, escucharás al bufón, proclamar la paz, y consumir, a Dios: como aquel iPhone o un jean de vitrina, por Franklin o San Diego. Y si estuvieses por la Alameda, congelado en granito, sentado en aquel podio héroico, en tu cumbre de estatua, inmóvil, contemplable, mirando la 210 venir, te mojaría algún sueño de libertad, engendrado no en castellano, rechazarías ya el idioma conquistador. Buscarías para expresar, colores, en rojo, azules y blanco, para mostrar tu descontento, y nuevamente a correr, ideales y conquistas, mi generación no quiso callar, pero perdió, perdió y tantas épocas así ya se han escurrido.
Quedan cuatro mil quinientos años de luz, ¿cuántos soles más pasaran hasta poder cambiar, algo, sustancial?, y desde ese lugar escuchaste gritar, a una masa no querer ser policía, querían estudiar, pero de todos los insultos, a los traidores del pueblo, desclasados, a los capos torturadores, lamedores de falos cúbicos, bebedores moderados, vaciadores de mentes, como sanguijuelas al coágulo, como cementerio de sepultureros, a ellos los insultaron de ignorantes, de carentes de lectura corrida, el ego, ser mejor que ellos, la Universidad, la PSU, la superioridad comprada en estadisticas, diplomas, “dejar de ser ignorante”: una escalera en la pirámide, estás un poquito más arriba, orgulloso de tus chapas, así los escuchamos, y ellos estaban más cubiertos de piedra, así los escuché, y me da más lástima eso, que quien sostiene el bastón. Claro campeón, eres mejor, ¡si serás profesional!, alguien en la vida, un sueldo que cobrar, un ¡total! aporte de materia, gris, es más así tu alma, probablemente hagas algo para no sentirte mal, o sentirte bien, jamás por simplemente hacerlo, para vivirlo, y archivarlo en algún lugar de tu inconsciente. Mirarás al reloj, atraparte, entre dígitos que te ordenan, pero feliz en el tablero, satisfecho, pues algún peón se moverá en tu obediencia, lástima, ¿por qué atacas al otro rey?, si el tuyo está más cerca. Pero así, no serás nunca más bello que una libélula, al caer la noche, pequeña y danzante, acariciando la gravedad, rompiendo la brisa entre verdes y largos pastos, y si te preguntas qué prefiero, a mí me basta con poder fumar, en paz, no pretendo mirar a nadie, en menos, ni en más, pues no hay Creación, y la Creación somos todos, ninguno de sobra, ninguno que no esté: asique rompo al poder, lo mando sellado en onix al infierno, y me desahogo de él. Antes de estatua, alguna vez me dieron a elegir entre ser la luna o ser el mar, en esa ocasión opte por ser humano, incandescente y brilloso, lleno, de dudas, más que certezas, de escalofríos plasmáticos, orbitales, de preguntas y no respuestas, con un tridente y un cincel, y un cortaúñas metálico como arma, y así pude descubrir lo lindo que es sostener un porro en la mano, sabiendo que hay más, que al menos hoy no se van a acabar, con cajetilla llena, es mejor aún, como si al mundo no le faltara nada, quizá solo una cerveza en mano izquierda, pero ya me sentiría muy triunfante, en esa gloria menospreciada, pero tal vez la única verdadera en aquella vida de carne. Elijo ser humano para no solo contemplar, si no templar mi alrededor, en esa fragua infinita, como lo sueño y anhelo, pero sigo amarrado en cadenas, entre todo el cosmos, sujeto en esa oscuridad, del universo y en el centro vi, todos los corazones justos, atados como Andrómeda, contra la marea de fuegos oxigenados, de gente que cree que es consciente, ca(r)gados en relaciones sociales, en intentos de civilidad, en pulsaciones del hombre reprimido, ahogados en el pus de su conciencia, perseguido por su Dios más grande, él mismo, pero te olvidaste de quién creaste, para aliviar tu espíritu, ahora él te domina, te castiga y observa, desea quitarte, todo lo humano que te queda. Con una bola pesada a los talones se arrastra el hombre, en sendero para arriba, miro como avanzan dentro de mi roca, van de pies con barro y piedrecitas, de sol en la espalda, dentro del grillete, una condena, mil y un mentes que escuchar, te juzgan, con grititos hipócritas de moralidad, y la cultura, te hacen creer que es todo, meno lo que tú haces. El hombre, raza vil que busca morir viejo, y yo, no lo entiendo así, que mejor que elegir, tú tu propia muerte, tú tu propia vida. Aquella es la gloria más elevada, casi como un asiento de micro vacío. Y si mi finito tiempo he acabado, y en piedra he de morir, moriría después de coger, así la mano negra cuando me toque, será solo otro orgasmo, transportándome al siguiente nivel, hacia el siguiente espacio; al menos de esta manera despediría al mundo entre muslos, cándido de verdad, entrelazando piernas, apretando o rosando, flácido y sereno, tazando algún pecho desnudo, me sentaría en la punta de su pezón, resbalaría lento, ahora entiendo al sudor, el por qué recorre tu cuerpo, jamás se mantiene quieto, y desea bajar, bajar, impregnarse en todo lo que pueda, salar para curtirte, y conservar tu carne, eso sí es un pensamiento digno antes de partir, y quemaría uno por última vez, cierro los ojos al quemar, veo una luz naranja entre el dedo y mi boca, ¿será esa a la que nos dicen que sigamos?, que mi huella dactilar quede de oro, que diga a los forenses que mi vida tuvo un motivo, y a la muerte, que encontré su sentido.