1. Entendiendo la noción de agresividad
La agresividad es un fenómeno presente en la humanidad desde el origen de las sociedades. Puede observarse a partir de mitos, rituales culturales, en la vida cotidiana y en múltiples momentos de la historia. Con el paso del tiempo, su noción ha adoptado diversas definiciones. En el siglo XX, Konrad Lorenz (1966) planteó que la agresión es un instituto filogenético necesario; sostiene que los efectos del fenómeno “suelen equiparse a los del instinto de muerte, es un instinto como cualquier otro y, en condiciones naturales igualmente apto para la conservación de la vida y la especie” (p. 4). Por su parte, la Real Academia Española refiere que la agresión es el “acto de acometer a alguien para matarlo, herirlo o hacerle daño” (Real Academia Española, s.f., definición 1).
En la sociedad contemporánea, las manifestaciones de agresividad suelen presentarse como algo indeseado, observado con recelo y rápidamente trasladado al terreno del problema moral, con una tendencia a patologizar y a mantener bajo control. Freud en su obra “El malestar en la cultura” (1930) ya advertía que toda sociedad desarrolla mecanismos para controlar, canalizar o sublimar tendencias agresivas, colocándolas en tensión con las exigencias de una vida social.
La relevancia del presente escrito radica en revisar concepciones teóricas de autores psicoanalistas como Donald Winnicott, Beatriz Janin, Aberastury y Knobel y Ajuriaguerra y Marcelli en torno la agresividad, y de esta forma abordar la manifestación del fenómeno bajo la presentación clínica de una adolescente de doce años, cuyo conflicto, paradójicamente, aparece profundamente inhibida. Esta inhibición abre una pregunta fundamental: ¿Cómo se organiza la subjetividad cuando la agresión es vivenciada y reprimida por el entorno como algo prohibido y no desaseado?
2. Igor, el As en juegos de control.
El paciente considerado para el análisis es un niño de 12 años, en adelante será referido como “Igor”1Hago uso de este sobrenombre en alusión al personaje animado Igor, de la serie Winnie the Pooh. Dicho personaje adquirió una presencia significativa en el espacio clínico a través de un peluche que el paciente incorporaba de manera reiterada durante las sesiones. Este objeto era utilizado con funciones de contención emocional y descarga de afectos. Este era manipulado de diversas formas (abrazándolo, presionando, aplastándolo o ahorcándolo) mientras surgía la conversación. . La consulta es solicitada por su madre luego de que Igor protagonizara un “acto de agresión” hacia un compañero en su establecimiento educacional. Este hecho habría desencadenado en él -según sus propias palabras- “un episodio de angustia”. Al explicitar sus expectativas, Igor expresa: “Enséñame a controlarme. Tengo ira y llanto que no controlo. Hago un esfuerzo por controlarme y no llorar, pero no funciona”.
Desde la primera entrevista, Igor se presenta participativo y atento al encuadre. Su interacción se caracteriza por el uso de frases extensas y bien estructuradas, a través de las cuales formula preguntas orientadas a comprender con precisión las normas y condiciones del espacio terapéutico. Esta marcada atención a los detalles del encuadre permite anticipar un funcionamiento superyoico exigente, asociado a elevados ideales de funcionamiento y desempeño.
Al abordar el motivo de consulta, emerge en Igor un llanto acompañado de una notable angustia. Si bien las lágrimas fluyen de manera sostenida y abundante, dicha angustia se mantiene estrictamente contenida, sin desbordes expresivos como sollozos o pausas reponedores, logrando sostener el relato de su experiencia. En el plano corporal, la inhibición se vuelve evidente: Igor pasa de apropiarse del espacio de su asiento a ocupar progresivamente menos espacio, replegando su cuerpo, similar a la de un feto en el vientre materno. Utiliza repetidamente el mismo pañuelo para secarse las lágrimas, hasta que este se deshace de sus manos antes de tomar otro. Al finalizar la sesión se preocupa de dejar el box ordenado y prolijo, como si quisiera borrar la marca de que sus emociones fueron puestas sobre el espacio.
En sesiones posteriores, Igor expresa que su juego favorito es el ajedrez, actividad en la cual ha obtenido reconocimiento en campeonatos escolares y en la que se auto reconoce como “el mejor de su familia”. También señala ser “bueno en hartas cosas”, o bien, “en todo” a diferencia de sus amigos. Asimismo, a pesar de disfrutar viendo series y películas, solo las reproduce cuando está comiendo o realizando limpieza en el hogar.
Desde el inicio, emergen dos conceptos clínicos que me parecen relevantes: agresión y angustia. La pregunta que orienta este estudio es si existe un vínculo estructural entre ambas que permitan pensar casos clínicos como el de Igor, pero para responder, resulta necesario revisar brevemente el estatuto psicoanalítico de la agresividad, sus funciones en el desarrollo y la manera en que el entorno puede facilitar o inhibir su tramitación.
3. La agresión, una mirada psicoanalítica
Desde la tradición psicoanalítica, la agresividad puede pensarse como una dimensión constitutiva de la vida psíquica y de la subjetivación. En este sentido, la agresión no se traduce al daño ni ataque, sino que forma parte de la motilidad vital (Winnicott, 1941) y la capacidad de diferenciarse y encontrarse con otro (Janin, 2003). Tal como señala Janin (2007), el psiquismo del niño está en estructuración, la cual es asignada por otros. En ese sentido, la agresividad no corresponde a un fenómeno aislado, sino que se inscribe en un entorno en el cual un otro puede habilitarla, transformarla o inhibirla.
Desde el desarrollo vital, la agresión cumple funciones distintas según la etapa del desarrollo. Ajuriaguerra y Marcelli (1982) sitúan hacia los dos años la emergencia de las primeras conductas directamente agresivas como pataletas y reacciones de rabia frente a la frustración. En esta misma etapa, paralelamente, Papalia y Feldman (2012), describen la aparición de la agresión instrumental, utilizada como medio para alcanzar objetivos durante el juego social. Aspectos como empujar, arañar o morder forman parte de la exploración del entorno y de la adquisición de capacidades de interacción con un otro. Posterior a los cuatro años, estas formas motrices de agresión se transforman en agresión verbal.
La adolescencia, por otro lado, conlleva un complejo proceso de reorganización psíquica, en el cual la forma en que se tramitan el conflicto y la fuerza vital de la agresividad resulta decisiva para el logro central de esta etapa: la diferenciación respecto de las figuras parentales, el desprendimiento definitivo de la infancia, y finalmente, la construcción de una identidad propia y auténtica (Aberastury y Knobel, 1971; Papalia y Feldman 2012; Janin 2003).
Ahora bien, si conocemos que la agresividad es parte del desarrollo de un infante, que cumple propósitos adaptativos, estructurantes, ¿qué sucede cuando el entorno del infante se alarma, dramatiza y en este sentido, no abre el espacio para que el infante despliegue dicha agresión?
4. Agresión inhibida, un fenómeno vincular.
Donald Winnicott (1941) plantea un punto de partida fundamental al concebir la agresividad primaria como una expresión vital ligada al amor, una avidez que pertenece al gesto espontáneo del bebé, sin una intención destructiva en sí misma. En este contexto, la función del ambiente debería recibir, sostener y sobrevivir a esta energía vital, permitiendo que el infante sea aceptado en su diferencia, desarrolle su creatividad, y se favorezca el sentimiento de responsabilidad, amor y cuidado por el otro (Winnicott, 1971).
Desde esta perspectiva, el problema no radica en la agresión, sino en su temprana represión. Durante la fase de inquietud, el niño puede experimentar angustia ante la fantasía de haber dañado a la madre, sin embargo, cuando ésta se presenta como confiable y logra sobrevivir a la agresión, el infante adquiere la certeza de la continuidad del amor. Esto posibilita la tolerancia de la ambivalencia, el reconocimiento, reconocimiento del propio potencial agresivo y la transformación del temor en culpa, abriendo la vía al deseo de reparación (Winnicott, 1981; 1971). En contraste, si la madre se distancia, el niño puede evidenciar que efectivamente la ha destruido, inhibiendo la agresión incluso en la fantasía o, alternativamente, conduciendo a su dramatización en la acción (Winnicott, 1981).
En el caso de este paciente ocurre lo contrario de la dramatización: Igor sentiría la agresión como algo peligroso o dañino. Esta dinámica se hace evidente desde el motivo de consulta, en donde a partir de un episodio puntual de supuesta “agresión” hacia su compañero, se hace evidente que lo que predomina no es la descarga puramente agresiva, sino un “episodio de angustia” que lo desbordó. Sus expectativas confirman esta inversión de la agresión, la cual no estaría operando como fuerza vital, sino como algo dañino que debe ser rápidamente sofocada mediante el control.
Sesiones más adelantes Igor llega a una sesión notablemente preocupado, manifestando la necesidad urgente de relatar un suceso “muy importante”, y es que sería su tercera vez en el año desviándose del camino hacia la institución educativa para ir a la casa de un compañero de clases. Esta vez, sin embargo, su madre lo habría descubierto. Entre lágrimas, Igor repetía que “no sabe por qué lo hace”, pero lo que llama la atención es el objeto de angustia: el haber decepcionado a su madre, un miedo que, según relata, lo acompaña desde los seis u ocho años.
En este episodio puede leerse que la transgresión (desviarse del camino), es vivida por Igor como un acto de agresión hacia el objeto, capaz de dañarlo o bien, destruirlo. La angustia aparece y la culpa se intensifica no una vez su madre lo descubre realizando este acto, sino que irrumpe cuando la madre le responde que la “ha decepcionado un poco”, lo que termina desplegando las fantasías ligadas al temor a haber fallado, dañado o perdido el amor materno. Ante la respuesta de su madre, desde una lectura Winnicottiana podemos realizar la lectura de que la figura materna no habría “sobrevivido” psíquicamente a los movimientos agresivos de su hijo, lo que habría desplegado fantasías de destrucción que se habrían vuelto intolerables para Igor, haciendo que el yo recurre a la sobre adaptación: “ya no lo haré más” y al control: “explícame cómo dejar de sentir estas emociones”.
Ahora bien, resulta importante aclarar que la dificultad del objeto para “sobrevivir” a la agresión no debe leerse en términos de falla culpabilizante, sino como una condición relacional situada. En este caso, la madre de Igor atravesó durante los dos años de vida de Igor una pérdida significativa, asociada a un periodo de “bloqueo emocional” que coincide con una etapa del desarrollo en la que comienza a consolidarse la capacidad para experimentar la responsabilidad y culpa (Winnicott, 1965). En este contexto, la agresividad infantil pudo haber sido tramitada mediante modalidades defensivas orientadas al control y la inhibición como forma de preservar el vínculo con el objeto.
Por otro lado, la perspectiva de Beatriz Janin (2007) permite profundizar la comprensión del fenómeno desde una mirada relacional y transgeneracional. La autora plantea que la agresividad del infante responde a un entramado de tramas vinculares que lo anteceden y lo construyen (Janin, 2007). En esta línea, presenta que toda madre erotiza a su bebé desde su propio mapa erógeno, cargado de su propia historia, placer, prohibiciones y modos de tramitar la agresión. Es así como las concepciones parentales de lo que consideran permitido, o prohibido, expresable o vergonzoso, adecuado o incorrecto, se instala progresivamente como parte de la regulación afectiva del infante y es finalmente lo que se interioriza en la conformación del superyó (Freud, 1930).
Esta concepción encuentra reflejo ante el correlato clínico en la dinámica familiar que Igor y su madre han descrito durante el proceso terapéutico. En la primera entrevista, ante la pregunta: “¿por qué cree que su hijo tuvo este ataque de angustia después de la agresión?”, la madre sin pensarlo responde; “por vergüenza, por pena tal vez”. Esta asociación directa entre expresar agresión y sentir vergüenza sugiere que, en el entorno familiar, las manifestaciones de rabia o conflicto estarían rápidamente ligadas a la desregulación o a una exposición vergonzosa que debe ser controlada.
Asimismo, Igor describe su hogar con la frase: “en mi casa es pelear un día y al otro día actuar como que nada pasó”. Este relato permite pensar en una dinámica familiar donde los conflictos no parecieran procesarse, no se nombran ni se integran, sino que se niegan y se silencian, se “barren bajo la alfombra”. Esta modalidad de evitación parece haber sido introyectada por Igor como estrategia de regulación afectiva, observándose el uso recurrente de mecanismos como la racionalización, una defensa orientada a mitigar la angustia y los sentimientos de culpa mediante explicaciones que justifican los actos prohibidos y displacenteros (Fenichel, 1945).
A su vez, Igor refiere su modo de funcionamiento como una característica heredada de la figura paterna, un hombre que aparte de trabajar seis días a la semana, destina gran parte de su tiempo libre al cuidado de su condición física, y de quien solo ha podido observar llorar una vez en su vida. En este contexto, Igor señala: “Yo soy igual que mi papá, él dice que ‘no es que se sienta inútil, pero le gusta aprovechar el tiempo”, poniendo en evidencia un importante proceso identificatorio con ideales de productividad y rendimiento.
5. La diferenciación adolescente puesta en jaque
Según Aberastury y Knobel (1971) y Papalia y Feldman (2012), la tarea de diferenciación y la búsqueda de la identidad exige individualización respecto a los padres, donde el adolescente se ve enfrentado a los duelos del cuerpo infantil, el rol infantil y los padres de la infancia, aspecto que supone la posibilidad de cuestionar, confrontar y oponerse a las figuras parentales.
En el caso de Igor, la evitación del conflicto y la inhibición de la agresividad pareciera dificultar este proceso. Los escasos gestos de rebeldía -Los cuales son vistas por el mundo adulto como perturbadoras, pero que cumplen una función estructurante en la diferenciación adolescente (Aberastury y Knobel, 1971)- son rápidamente regulados y reprimidos por las respuestas del entorno, favoreciendo una modalidad sobreadaptada de funcionamiento, organizada en torno al control y la adhesión ideales normativos de las figuras parentales más que a una construcción subjetiva de sí. Así, las respuestas a conductas “disruptivas” (como desviarse del trayecto hacia el colegio) no sólo condicionan en la forma de relacionarse con el mundo, sino que se inscriben de forma particular en el plano corporal. Elementos expresivos que podían operar como puentes de diferenciación en Igor; cabello largo y suelto, espontáneo que traía a consulta en sesiones anteriores, ahora se presenta atado y contenido en un movimiento estratégico para finalmente dominar la pieza central del juego: la agresividad.
6. Discusión y conclusiones
El análisis del caso de Igor permite comprender cómo la agresión, cuando logra acceder a un estatuto representable ni es validada por el entorno, puede transformarse en angustia. Autores como Winnicott, Ajuriaguerra y Janin conciben la agresividad como fuerza vital que favorece la afirmación del yo, despliegue de la creatividad y el establecimiento de límites con el otro, siempre que sea adecuadamente contenida y regulada por el entorno, sin correcciones excesiva para que exista una integración psíquica y la vida en sociedad sean posibles (Freud, 1930; Winnicott, 1963).
En Igor, esta fuerza aparece tempranamente desautorizada en el campo familiar, donde la expresión emocional intensa es leída como amenazante, y es respondida bajo los límites del control, negación y minimización. La angustia estaría dando cuenta de un fallo en la función del continente del ambiente, en tanto la fisura materna no habría logrado “sobrevivir” a las agresiones tempranas, instalándose la culpa y el temor a la pérdida del vínculo con el objeto. Este contexto, configuraría un entorno poco disponible para sostener la diferenciación del adolescente, favoreciendo su orientación hacia actividades como el ajedrez, ámbito en el que la agresión se encuentra permitida bajo la forma de estrategia, agilidad mental y competencia, aunque estrictamente enmarcada por reglas rígidas y rendimiento intelectual. Incluso los espacios de ocio parecen subordinados a la productividad, lo que sugiere una dificultad para entregarse a experiencias placenteras desligadas de ideales yoicos.
En síntesis, las ideas centrales se focalizan en comprender cómo el trabajo clínico con niños, niñas y adolescentes como Igor requiere un ejercicio que trasciende, por un lado, la teoría, y por otro, los estigmas asociados a la agresión. En este sentido, resulta fundamental ofrecer un espacio clínico lo suficientemente seguro y contenedor que permita que la agresión -y otras expresiones de emociones intensas- puedan desplegarse, ser reconocidas y pensadas, de modo que no sean vividas como amenazas, fallas morales ni signos de un daño inminente hacia figuras significativas. Esto implicaría ser capaces de “sobrevivir” a las agresiones, posicionando al cuidador como una figura que ya no delimita, sino que permite experimentar la eficacia de la agresión sin temor a romper el vínculo. De este modo, pensar que la figura del/la terapeuta sea concebida como un puente para recuperar la agresión como función estructurante.
Referencias bibliográficas.
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- Fenichel, O. (1945). Teoría psicoanalítica de las neurosis. Paidós. https://www.scribd.com/document/397812262/Fenichel-Otto-Teoria-Psicoanalitica-de-Las-Neurosis
- Freud, S. (1930). El malestar en la cultura. En Obras completas (Vol. XXI, pp. 57–140). Amorrortu.
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- Winnicott, D. W. (1971). El uso de un objeto y la relación por medio de identificaciones. En Realidad y juego (pp. 95–128). Gedisa.
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- Winnicott, D. W. (1981). La tendencia antisocial. En Escritos de pediatría y psicoanálisis (pp. 413–425). Laia.
- Winnicott, D. W. (1965). Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidós.