El último golpe. Eso nos decíamos, porque desde que pasó eso del Pirata que nos quiso mexicanear, o sea, ya ver a mi novia siendo apuntada por una pistola es bastante fuerte, y la cabeza reventada y por sobre todo ese sonido y no el de la bala explotando el hueso duro del cráneo sino el del cuerpo inerte cayendo a la tierra, ese sonido en particular, se quedaba hasta tardes horas en mi mente, no dejándome dormir. No queremos andar más en ese tipo de cosas, pero como cualquier mortal, necesitábamos yerba. Ah, ese último gran golpe que nos permitiría dar con una buena cosecha, esa última jugada, que ya la habíamos realizado tantas veces, pero ahora pareciese confusa y dificultosa, si cuando hablamos del tema se solía mirar para el piso, aplazábamos cada vez más el asunto, hasta que ya no podíamos seguir esperando. Si tan sólo hubiéramos vendido la mercancía al Tata, porque el Tata siempre paga altoque, en efectivo cero dramas y sin manchas, y usa de esos elásticos gruesos que le dan todo el estilo a los billetes que parecen por si solos una billetera rechoncha, pero al Tata el agua lo tenía terrible fichado, y ya era tercera vez que tenía que cambiar la casa, porque le iban a reventar; y lo hacían; sólo que él cachaba más o menos cuando. Financió a su hermano la apertura de un Call Center, y desde ahí cuando los rati pinchaban el celu, cortaban la llamada para evitar sacarle información incriminante o clave, y ya cuando sucedía la intervención una cierta cantidad de veces era probable que reventaran. El Tata tenía una herida en la mano que se hizo en cana, y según él, así como las viejas del campo que les duele el juanete y saben que va a llover, cuando a él le ardía esa herida era que el agua iba a caer pronto, y fue quedando cada vez más adentro entre un pasaje que limita a la cancha, y el otro día no más se estaba jugando un partido ahí y como el Tata sabe cuidarse, sólo tiene lo que vende y se le había acabado, entonces mandó a su sobrino a buscar más porque esas cosas sólo se le pueden encargar a la familia y de un costado de la cancha, inesperadamente, salió la terrible zapatilla a toda raja y chocó al sobrino del Tata que iba en una moto escooter a buscar más porro. Paffff, sonó el pencazo, y dos copas, bajando rápidamente, le apuntan con esas escopetas cafés. De la tribuna hechiza que se armó para ver el partido salieron tres civiles, y todo estaba lleno de pacos de un momento a otro, quedó la caga, silbidos por aquí, “¡AL PISO MIERDA!”, de la otra esquina reventaron toda una 23 contra la yuta gritando “¡LOS PASEO HIJOS DE LA PERRAAA!”, y agarrando la policía al sobrino del Tata salieron raja altoque, “¡¡EEEEEEEL AGUAAAAAAAAA CHUUUUCHETUMAREEE!!” se escuchaba en todos los alrededores, la gente circulaba sin correr por toda la población, todos miraban a todos y como todos miraban a todos todos podían ser un encubierto. El Tata siempre cuidó mucho a todos sus soldados y poniéndole un abogado pesado lo sacó libre al tercer día, y de un momento a otro, desapareció junto a sus doce cabros. Lo que más me gustaba de él era que siempre me decía “hijo”, y es de esa gente que no tiene buen aspecto, por así decirlo, pareciera salido de un callejón y es porque de ahí es donde vino, con una cuchilla y un par de cortes a los brazos de esos que no te los hacen otras personas y también de esos tatuajes hinchados, negros y de nombres medio borrados y calaveras con llamas alrededor. El Tata definitivamente tenía estilo y estilo intimidante por eso la primera vez que me habló y me dijo “hijo” fue algo tan sorprendente que sentí esa calidez de cuna y quedé ante sus oídos completamente, olvidando que nos encerraban barrotes de prisión. Sin darme cuenta estábamos corriendo al otro pabellón a ayudar a un amigo suyo que se había metido en problemas, había un círculo enorme y entró empujando a la gente como con seguridad de mando, yo con pera atrás de él sin saber bien qué hacía, y de un momento a otro hizo que ambas partes bajaran sus lanzas hechizas hechas de PVC y cañería. El Tata, además, es de esos casos extraños que tan sólo fuman verde, ni siquiera un cigarrito, ni siquiera aceptaba las chelas en esos asados que se hacían en la cuneta y de libre acceso, tampoco jamás nadie lo vio pegarse un saque ni ponerle nevado, era una persona completamente lúcida y con un sentido de justicia increíble. Dicen que la última vez que lo vieron se lo estaban llevando esposado, uno de los suyos lo traicionó: hizo un trato con los tira y le dieron un territorio para vender ahí por Las Torres, pero cuando se vio con ese poder y no lo pudo disfrutar por el saber de la traición, que siempre es eterna incluso cuando el Tata probablemente lo hubiese perdonado y entendido, se ahorcó el corazón a pura falopa, jalando hasta morir. Así fue como lo vendieron, pero poco tiempo después salió condicional: tenía contacto entre distintos fiscales de la zona, ellos se lavaron las manos, y de a poco fue moviendo todos los hilos hasta quedar completamente absuelto.
El Tata una vez me preguntó si es que yo creía en el amor y le dije que no, fue antes de conocer a mi novia, entonces me miró como nunca había mirado y había mucha compasión en su rostro, giraban sus ojos y su boca de repente se volvió seca, como de hoja en el closet. Me tomó del pelo de la nuca y me abrazó fuerte. Cómo podía él, él, sentir compasión de esa manera por mí. Me sentí estúpido en mi respuesta, desdichado, inseguro, arrepentido. Quería amar, quería creer en eso, me hablaba y yo le creía, miraba su cara áspera que se le hacía granito, mi profeta, sabía que en el fondo era aquello que anhelaba, que buscaba, y dijo, muy seguro, que lo único realmente importante y duradero, es amar. Esa charla fue tan intensa que me hizo reflexionarlo a diario, hasta que, entró tan en mí esa idea que terminé aceptando a ella, a mi novia, y me siento completamente bendecido. Supongo que el Tata iba así, peregrinando de un lugar a otro y siempre con gente atrás, en el bolsillo, y él también en la mente de cuantos que repartió consejos varios; era de ese tipo de personas que te hace un favor simplemente por hacerlo y después de hacerlo te dice una reflexión que te deja una idea perpetua hasta que terminas por descubrirla casi como iluminación.
Era necesario poner todo a moverse una vez más, la banda atacaría su vez final, para obtener un jugoso botín verde, y así fue como mi novia empezó a hablarle a un nuevo tipo. Él había subido hace poco unas resinosas fotos a facebook, en las cuales fanfarroneaba de su pequeña selva en el patio. Tenía largas sativas e indicas menuditas: todas de raza, floreaban en el naranjo de febrero, plagaban todo el patio desde la tierra, y escondidas tras las panderetas yacían azucaradas al sol. El point perfecto, con un machete la hacemos. Lo mismo de siempre, con Johnny al volante y lo vemos salir en su auto a juntarse con mi chica, ella lo estaba esperando ya en el bar. Bajamos y entramos en acción, todo normal, la puerta no ofreció resistencia a la llave maestra. Siempre abrir la puerta era un alivio muy sanador. No importaba cuántas veces lo hiciéramos, yo siempre tenía las bolas hasta la garganta, y entrar rompía ese portal del miedo. Linternas al piso; y aparecen dos perros; ¿cómo conchetumare no sabíamos eso?, partiendo mal, yo no quería patear, pero cuando un animal robusto se te tira a las canillas lo mínimo es ponerle una patanlozico’: hecho esto, Johnny grita y yo lo vuelvo a patear y entonces el otro también me salta y Johnny le salta a él y en ese momento el perro se revuelca con mi compañero y yo sólo atino a darle con el teléfono en la espalda, y aunque erré un par a Johnny, conseguí que el perro saliera huyendo para la cocina y ahí cerré la puerta: uno menos. “¿¡Estás bien loco!?” – no alcanza a contestar mientras veo el otro Pitbull viniendo hacia él, veloz y musculoso, venía desde atrás y parecía mirar sólo hacia su nuca. Corro donde él y con una figura de la virgen de los Urdes que agarré se la reventé entre los dientes, justo cuando saltaba. El yeso se partió en tres y como una erupción desde sus encías brotó en líquido espeso el rojo de la sangre, mientras yo atestiguaba el gemido de dolor que soltó el animal. Qué mierda. Yo no quería hacerle daño, pero supongo que es lo que se pone en juego. Lastimar. Lo vemos todos los días desde que nacemos, en todos los ambientes, una araña caza un mosquito en una esquina, un empresario vive sin trabajar, un policía pone una multa mal dada, lo que nos rodea está puramente envuelto por esa crueldad tan natural, que se nos vuelve invisible si es que no la vivimos en directo. El perro, llorando se alejó a una pieza, y Johnny cerró la puerta. Ya por fin librados de estos peligros, nos sentimos más calmos, y continuamos a lo que veníamos. Llegamos al patio, al santuario de cada fumeta, éramos brutos conquistadores de otros tiempos, pisando tierra santa y escupiendo alguna blasfemia, vamos a hacer pillaje y violar vírgenes, machete, una de centro púrpura con olor bastante dulce, acaramelado, machete, una larga sativa; sus cogollos crecían como ajíes empolvados de gemas trituradas por el tiempo, machete, y de entre tanta carnicería y tanto edén, queríamos de inmediato nuestra manzana. A Johnny le entró la idea inamovible de quemar unos ya listos que pilló en un frasco de café, se veían bien curados, y para mí y para él eran el regalo perfecto en este paraíso. “Y vamo a darle”, cargamos la pipa, de esas flores que son bien amarillentas y expelen una brisa similar a la miel. Increíble, el humo denso acaricia todas mis papilas gustativas, y yo me endulzo hasta los pulmones. A tos infinita, me tumbó la mente, dejé de cortar y prendo un cigarrillo, y pienso en como cambia el mundo de pronto, a la primera pitada, ese quiebre de realidad sólo comparable al momento en que entra la verga o que sale el mojón. “Guacho, ¡qué buena cosecha pegamos!, se va a querer matar el gil ese.” me dijo Johnny, y ambos reíamos ahogados, con tanta alegría, por fin habíamos dado el último, y todo iba saliendo bien… Sólo que, tal vez, no sería tan fácil reír así después. Nos tomamos nuestro tiempo reviviendo las viejas hazañas, las historias del penal, lo mucho que hemos puesto huevos y que así, por fin, ya en la meseta que nos encontramos, con viento tibio y a favor, planeamos hamacarnos para siempre quemando verde, y olvidar cuánto costó escalarlo. Suena mi celular, contesto y es mi novia. “Johnny, ya es hora que nos movamos. Era ella, ya despachó al tipo, quería saber si ya habíamos salido y si estaba todo bien, le dije que sí para su tranquilidad así que marchemos al auto rápido porque ya va a llegar. Hoy vamos a festejar los dos solos, mi novia había quedado de ir a la casa de una amiga.” Ya en la calle y hay una luna llena recién salida sobre la cordillera, pasan nubes sobre ella mientras cargamos todo y nos subimos. Justo antes de partir, llega el auto del tipo que acabamos de robar, pero no se baja solo, del auto sale con mi novia, le da un beso, un agarrón, y entran a la casa de la mano. En ese intenso momento de quiebre de realidad, Johnny me pasó la pipa, y hablándole al Tata en mi mente pensé: “Ambos vendidos por confiar.”