A día de hoy, sigue siendo común que busquemos las raíces de la subjetividad humana en estructuras ajenas a la historia propia de nuestras sociedades, ya sea invocando invariantes estructurales que «permanecerían» detrás de las contingencias de la vida social o remitiendo los datos biográficos a un cuadro familiar muchas veces insuficiente para captar el presente y el porvenir de los anhelos y deseos de quienes nos consultan. La historia de nuestras sociedades, solemos repetir, la hacen los seres humanos, pero ¿qué sabemos de esa historia y cómo nos ubicamos como profesionales en ella? Los repertorios conductuales pueden servirnos de brújula para ubicar los síntomas en cuadros patológicos diversos o en categorías pre-fabricadas, como también, los «hechos discursivos» pueden ser interpretados mediante conceptos que en más de una ocasión responden a teorizaciones que no terminan de encajar en las urgencias de nuestro tiempo. Así, por ejemplo, la teoría del apego parece tener un poder explicativo importante dentro de las redes sociales, cuando en realidad sabemos que nuestra historia infantil no es un determinante suficiente a la hora de elaborar un caso clínico (nunca despreciable, claro está); o también, la difusión de las técnicas para manejar la ansiedad o las terapias de activación conductual parecen prometer una integración progresiva de los sujetos sociales dentro de la estructura social, a pesar de que constatemos, cuando ello no ocurre, que la integración de los sujetos sociales a las frenéticas exigencias de nuestras sociedades neoliberales puede muchas veces agravar los cuadros sintomáticos o decantar en un agotamiento desmedido de nuestra energía física y psíquica. ¿Podemos pedirle a un desempleado que mejore su situación trabajando sobre sí mismo, reflexionando sobre su vida? ¿Se puede solicitar a un trabajador de Rappi que soporte la dura flexibilización laboral para meramente sobrevivir?.
Las sociedades humanas se transforman, pero ese «se» tan ambiguo no parece transparentar que somos nosotros, seres humanos, quienes realmente hacen y viven la historia que generamos, aun cuando muchos de sus mecanismos ocurran a espaldas de nuestra consciencia o de nuestra deliberación colectiva. Resulta claro, hoy en día, que las sociedades de la vieja época fabril han cambiado, lo mismo las calificaciones que nos solicitan para postular a un trabajo bien remunerado o las responsabilidades que se nos exigen a la hora de ingresar en un ambiente laboral: podemos trabajar remotamente, somos sometidos a una precarización laboral que parece no tener fin, la inflación o las variaciones del Índice de Precios al Consumidor golpean nuestros bolsillos y nos obligan a suscribir dolorosas deudas, o la contracción del crecimiento económico elimina los puestos de trabajos a los que antes anhelábamos acceder. No siempre fue así, claro está, y muchas explicaciones pueden hallarse en Papers sobre economía, en libros de historia o mirando algún matinal en televisión abierta: los tiempos de la alegría prometidos por la Concertación parecen esfumarse en el aire, y el mito del crecimiento económico ininterrumpido se diluye entre los bolsones de pobreza cada vez más grandes que se forman en el «subsuelo» del «Chile civilizado». Por supuesto, la organización del trabajo en Chile nunca fue homogénea, ya que siempre coexistieron en su interior el comercio informal, los trabajadores calificados (extranjeros, estudiantes, funcionarios), la pequeña burguesía local o las colosales inversiones de trust financieros (europeos hasta las grandes guerras), bancos internacionales o del propio capital financiero internacional. Además, y a ello deberíamos darle importancia pero lo diremos rápidamente, durante la dictadura se fraguó un implacable «Plan Laboral» que configuró la oferta de una mano de obra flexible, a bajo precio, de baja calificación y lista para ser explotada en el área primaria de la economía (explotación de recursos naturales sin miramientos por el medioambiente sobre todo): el ingreso al gran mercado internacional debía ser endulzado con un raro «Candy» laboral para los señores de las grandes casas comerciales y financieras, con leyes «amigables» para los inversores y con facilidades para el retiro de utilidades.
Como bien podemos sospechar, las transformaciones de las instituciones y lugares de socialización donde como ciudadanos «desenvolvemos nuestra vida» inciden de manera directa en los resultados que obtengamos al actuar al interior de ellas. Por ejemplo, no es lo mismo estudiar en una escuela pública o en una privada a la hora de postular a un cargo de trabajo o de imaginar trayectorias educativas que nos permitan desarrollarnos como profesionales calificados; lo mismo ocurre, también, cuando queremos negociar mejores salarios o protestar ante las malas condiciones laborales que muchas veces nos someten de manera indefinida: tanto las estrategias de negociación colectiva como la formación de sindicatos parecen no formar parte de las instituciones reconocidas por las empresas, mucho peor cuando se trata de empresas sub-contratadas que se ven obligadas a mantenerse a flote siguiendo los caprichos de las empresas principales. Por ello, no parece raro que hoy en día los «emprendimientos» estén instalados dentro de nuestra mentalidad económica, quizás tan solo porque nos ofrece el espejismo de que, si nos va bien, podremos «rascarnos por nosotros mismos». Vivir sin un jefe parece un sueño tan antiguo que nos puede hacer rememorar los viejos sueños estereotipados del darwinismo social (sobreviven los más fuertes), o bien enarbolar discursos higienistas que justifiquen las desigualdades de este mundo señalando con el dedo a la población vulnerable, al «Chile incivilizado», ese que parece nunca encajar y que se esparce por el espacio público como una peste indeseada. Los sueños de ser explotadores y no explotados, al parecer, siguen vigentes, y podríamos decir «sigue siendo una invariable», pero tanto los roles sociales que deben desempeñar los «nuevos gerentes» como las exigencias intelectuales y físicas de los trabajos más integrados a la «modernidad» capitalista ya no son los mismos, no, al menos, a los que eran comunes en el Estado Desarrollista que conocieran Alessandri Rodríguez, Frei Montalva o Salvador Allende.
De acuerdo a lo que podemos intuir al ir a comprar a un supermercado, percibir un salario o al leer a economistas ya consagrados, la desigualdad económica tiende a retornar a la enorme concentración de recursos, activos y dinero que conocieran las viejas sociedades desigualitarias de fines del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX, y podemos palpar la ansiedad que genera en la multiplicación de discursos e influencers que tratan de convencernos con recetas para mejorar nuestra situación social: respetar los ciclos circadianos como máquinas lumínicas, hacer coincidir –sacrificando– la riqueza de nuestra vida personal con las exigencias de la vida profesional, convertirnos en publicistas de habilidades que muchas veces no manejamos del todo o practicar un ascetismo «estoico» ante las adversidades que la propia estructura social nos impone de manera arbitraria, debido a su incapacidad de incorporar las nuevas necesidades sociales en el marco de la modernización prometida por el –ya casi– universal modelo neoliberal. Como puede resultar obvio, el fracaso o la impotencia pueden ser síntomas comunes en medio de estas exigencias desmesuradas, pero es más frecuente oír que «uno no está a la altura» o que todos los intentos que realicemos van a acabar por hundirse junto con nuestras esperanzas (fatalismo). Toda sociedad tiene profetas que justifican la desigualdad existente u otros que prometen un mundo mejor, pero la nuestra, en particular, se esfuerza por acentuar «nuestra responsabilidad» al interior de estructuras sociales de las que nada sabemos o que, en nuestro fuero interno, nunca terminamos de aceptar o entender. Por ello, no es extraño que el «sentido», esa molécula incorporal que tanto nos preocupa, sea algo extraviado a día de hoy, y poco tiene que ver la caída del Nombre del Padre o cualquier patología endógena que podamos invocar. Hoy estamos desamparados, somos huérfanos, pero nuestra orfandad en nada se parece a la «libertad» de los cuatreros en los montes cordilleranos o a la picardía con que el peonaje femenino de la época republicana echara a andar lo que conocemos como «cultura popular» (chinganas, cocinerías, hospedajes, comercio popular, etcétera).
Esta serie de comentarios o indicaciones pueden servirnos de alguna manera para introducirnos en una cuestión más compleja, una de la que deberemos ocuparnos en otro momento, por cuestiones de extensión y de complejidad. No obstante, podemos formular algunas cuestiones que nos parecen interesantes. Primero, la capacidad del capitalismo para integrar nuestras diferencias en el marco de la modernización social de la que formamos parte parece un poco agotada, ya sea porque o nosotros lo estamos o debido a cuestiones estructurales: las protestas parecen sacudir la base social, la insatisfacción pulula como un virus más veloz que el COVID-19, e incluso quienes han conquistado los empleos que tanto han anhelado pronto descubren que las exigencias que se les imponen superan con creces las energías psíquicas y físicas de las que disponen. Segundo, los empeños por generar una integración social por medio de procedimientos o técnicas propios de la salud mental parecen encontrar un «enemigo exterior» que difícilmente puede ser vencido en la situación artificial y dual de nuestros consultorios: por el hecho de que somos seres sociales e históricos, las decisiones muchas veces no nos corresponden, aunque nuestra voluntad pueda desempeñar allí un papel importante para satisfacer nuestros anhelos. Tercero, nuestro propio rol como profesionales está siempre en entredicho debido a que la situación de «lo social» siempre excede nuestros conocimientos académicos o culturales, mucho más cuando el pensamiento de la «individualidad» propio de nuestra disciplina parece desvanecerse en medio de los mecanismos (personales e impersonales) del mundo social, aunque mucho de ello podamos justificarlo indicando que el pacientes no siguió el tratamiento o delegando toda la «responsabilidad moral» a quienes padecen malestares o malos tratos. Por último, aun cuando demos una importancia preponderante a la función lingüística debido a que trabajamos en dicho medio en las sesiones que realizamos, no podemos reducir nuestra riqueza histórica y cultural a un elemento de nuestro ser social (por común y universal que sea), sobre todo porque despersonaliza los malestares y los remite a una «instancia endógena» impalpable y abstracta: el lenguaje puede ser un medio útil para comprender nuestras trayectorias y biografías, para encadenar vivencias y recuperar afectos que permanecen como elementos «extraños» respecto de nosotros, pero no crea –aunque ello lo creamos– realidad, puesto que la realidad la hacemos los seres sociales, no las palabras. Existen algunas cosas más que decir al respecto, pero ello lo dejaremos para otra ocasión.
Apuntes para pensar la subjetividad (I)
A día de hoy, sigue siendo común que busquemos las raíces de la subjetividad humana en estructuras ajenas a la historia propia de nuestras sociedades, ya sea invocando invariantes estructurales que «permanecerían» detrás de las contingencias de la vida social o remitiendo los datos biográficos a un cuadro familiar muchas veces insuficiente para captar el presente y el porvenir de los anhelos y deseos de quienes nos consultan.