No son flácidas, ni gordas, tampoco de carne y hueso. Tus piernas como esos recorridos de viajes que uno no desean que acaben, como esas sábanas limpias después de ducharse, constituidas en nieve blanca que irradia tibieza para toda mi mano, ¿serán como esas vacaciones que piensas en hoteles caros?, de cortinas largas y fucsias, de jabones individuales y toallas rechonchas, que terminarás robando, así son esas ambas que tienes bajo tu vientre, y sí no sabías que eran así, quizá reconozcas aquellos pisos acolchados en los psiquiátricos, blancos, espumosos, extensos, podrías rebotar sobre ellos toda una vida de demencia, y yo, me conformo con saber que aún no me diagnostican, y que, aún así puedo tocar esa suavidad, entre mi mano, al deslizarla por tus piernas, aunque tal vez me lleven a la locura, pero ¿quién es feliz y cuerdo? me consuelo en aquello, y, en volá ni me conozco, y no sé tan bien si soy feliz, ni tampoco realmente lunático, pero sí sé que me gustaría reposar en esas tiernas, mordisquearlas, conocer su sabor, mover con mis labios su piel, rozándola y estirando un poquito con mis dientes aquella suavidad, aquella ternura, aquello que pervierte y me hace desear escalarte, reventarte, resbalar mi cuerpo contra el sudor y plasmar nuestra temperatura por sobre Fahrenheit, arriba de Richter, humillando a cualquier plan Deyse que intente hacerme escapar de ese sitio, en el cual hay danza, imaginación, placeres, calidad de vida, leche tibiosa reposada en cereal, donde solo estoy yo y ni siquiera tú, pues tu cuerpo se alargó, ahora posees dos carreteras por piernas para desplegarme, hechas de papel y adamantina, cálidas de asfalto a la tarde, cual mar a la noche, como asiento de metro, y recorro la inmensidad del camino, me doy cuenta que es largo, porque deseo parar en cada sitio, desplegando bellezas y sensaciones, ilusiones, crudeza, camino por sobre las cumbres que resultaron ser alguna vez tus rodillas, las hallo cálidas y las renombro amparas, y por sobre tus amparas estrecho mi mano para subir a la pendiente que le siguen, como si fuera serpiente arrastro, la palma por sobre el trecho que queda para explorar, pruebo los olores que integran gratamente, sensacional, irracional de emociones, subo al techo y vuelvo a caer, sobre ti, para rebotar entre globos inflados, de colores diversos, gomosos y con el aire suficiente para combustionarme, como agua para la piraña, buceo entre tu cemento y ahora a acariciar tus muslos, esa redondela opaca, de luz nocturna, curveada en ángulos perfectos para posar mi mano, apretar, mis dedos cremarán tu fémur, yo no los detendré, me imagino ganando la copa América, yo prefiero tus piernas, si me dan de elegir, con un pequeño bizcochuelo para el break, y aunque me las regales, junto con algún pensamiento diurno, siempre serán profundamente tuyas y celaré del pantalón, del pupitre, de la falda ajustada, eso sí, dime la verdad o disimúlala bien, si me embustes, no será la mentira la provocadora del disgusto, es habértela creído, pero yo, no te miro con careta, eres mi destino al infinito, susurrando a la oreja, pecados y goces, que penetras hasta mi mente, y con cada respiración extra, quemas todo el mundo alrededor mío, vuelvo a tu refugio, subterráneo, de piernas cutáneas, disfrazadas en piel y sudor, simbolizadas como el descanso, a la vida, a la realidad, al futuro, al pasado, incrédulas ante los dedos que la poseen, que te amasan, y abraso con mi pulgar el comienzo de tu vagina, para arriba, para abajo, hundo, amortiguo mi uña entre tus pliegues, por sobre la calza, la maldigo, me olvido de ella, te siento con el resto de mi mano, sigues como domingo de feria, calurosa, brillante, imaginarás que no eres libre, no por ahora, presa en mi tacto, dócil como lactante, yo en el tranvía, me conducen hasta tu jugo, deslizante, espumoso, agradable de humedad y hormonas, chorreante a mi dedo, espeso de animalidad, deseo corromperte, aplastarte, abrumarte con mi boca, pasar cada poro, inmacular mi pene y tus labios, machacarte contra mí, hurtar tu carne, y así, roer con mis dedos tu vagina, bruscamente, por el arroyo que dejas, avanzo doblando mis dedos, retrayendo sus puntas, mis yemas cosquillean por dentro de ti, de ti, de tú, raspo desde el interior, desalojo la vergüenza, la mufa, me dejo caer, dentro del río, del tuyo, aguas dulces y río arriba, sigo dándole, hasta alcanzarte ahí en lo más remoto, hasta llegar a aquel lugar, el albergue, el oasis, la boti abierta, la caja vacía, para reposar y explotar, mi mano, arranca la revestidura, mi mente, no lo cree, nadie podría, lo inverosímil causa mayor placer, mi sentido aún no se convence, meto otro dedo para comprobar, sigue cálido, sabroso, como espejo después de ducharse, y empaño mis ojos contra tu sien, te respondo, pego una última quemada, dejo el caño, te punteo con mi nariz, la paso sobre la tuya, y por debajo, y por la mejilla, y tras la oreja, aspiro hondo en ellas, y finalmente te beso, te observo, desde otro lugar, me veo inclinado, enardecido de ti, suplicando respuestas a cada caricia, tus labios tienen piel colgando, la fricciono, evaporo alguna duda, continuo desorbitado, no comprendo dónde estoy, ni dónde estás, me concentro en tu mano, rueda por mi cuello, llega hasta los hombros, abraza mi espalda, te beso firme, me aprietas con dulzor, podría prender un cigarro contra tus ojos, hacer un asado con tu piel, devoraría, te comería, te degluto sin eructar, mis tripas te retienen, vuelvo a besarte, me pregunto si te importa, supongo que no, así que meto mi mano, escabullo la intención, adentro hasta el sostén, amalgamada mi mano, acaso agarrara una gota lluviosa, sagrada y profana, calco tu pecho, mi mano aguanta resiliente, me calmo para continuar, encuentro más frenesí, tu cara sin sonrojar, murmullas alientos sobrantes, los sueltas, se van en forma de quejidos, crujientes pisadas sobre madera, ováricos gritos de guerra, la irreductibilidad del ser, los impulsos, el colchón y la tenue luz, la energía te arrasa, me vuelco sobre tu pera, lamo incansablemente en pendiente, me estiro sobre ti, te recuestas hacia el cielo, era verdad, la playa está soleada, reposo al viento y despliego mi cuerpo como toalla, y es mascarte, desgarrar, deshilachar el cuello, es comprender cada fibra que te hace, cada lugar originado, lo succiono, en toda su anchura, en cada músculo generado, tus manos presionan mis rulos, agradezco al órgano más grande, sabio cuerpo humano, y necesito sentirlo, sobre mis bocas, tras mis dientes, con mis lenguas, y cada lugar que toco indica una nueva parte de mí, descubierta al sentirte, compenetramos en bosques, de araucarias y bichos raros, y arriba de esa inmensidad te veo, nos miro, somos lo que somos ahí, más que corporal es un status temporal, espiritual, y esas piernas, me gustaría susurrarles, les contaría de Helena, pero ahora es mi guerra, me subo al caballo y aguardo, no lo podrás predecir, saltaré, a lo Carlos Pinto, haré pillaje en tu cuero, lo planeo, descenderé como conquistador, pero reclamaré que me poseas, rendido, descalzo, no sueltes los grilletes, que me tiemblan los pies.
“Oye, pégate en los deos po”, sentí de repente, alguien lo dijo, y me transportó a la verdad. La puta realidad. Estábamos quemando Critical Jack sobre una vereda. Lo trajo ella para después del trabajo, y mis ojos aún permanecían por sus piernas, delineando sus parajes, entumidos por el cambio de dimensión. “Sabes, creo que soy un hombre de piernas, de piernas y cuello” -le dije- entregándole la cola a sus dedos.
Mis dedos cremarán tu fémur
No son flácidas, ni gordas, tampoco de carne y hueso. Tus piernas como esos recorridos de viajes que uno no desean que acaben, como esas sábanas limpias después de ducharse, constituidas en nieve blanca que irradia tibieza para toda mi mano, ¿serán como esas vacaciones que piensas en hoteles caros?, de cortinas largas y fucsias, de jabones individuales y toallas rechonchas, que terminarás robando, así son esas ambas que tienes bajo tu vientre, y sí no sabías que eran así, quizá reconozcas aquellos pisos acolchados en los psiquiátricos, blancos, espumosos, extensos, podrías rebotar sobre ellos toda una vida de demencia, y yo, me conformo con saber que aún no me diagnostican, y que, aún así puedo tocar esa suavidad, entre mi mano, al deslizarla por tus piernas, aunque tal vez me lleven a la locura, pero ¿quién es feliz y cuerdo?