Los lugares en los que las mujeres podemos sobrevivir y vivir se limitan a específicos metros cuadrados. Son lugares en los que la presencia de alguien, de otro ser humano, no determina el encuentro con la muerte, no detiene el encuentro con la vida.
Porque poder ir al encuentro con la vida no depende sólo del deseo de vivir,
del espacio del imaginar,
del tiempo de esperar,
del proyecto de estar junto a otras y otros,
del sueño que permite el dormir,
del juego que inaugura el universo,
del mar que acaricia la respiración.
¡No!
El encuentro con la vida no está sostenido exclusivamente en todo aquello. El encuentro con la vida está absolutamente determinado por singulares metros cuadrados en los que ocurre la vida vertical y horizontal.
La vida horizontal ocurre en aquello que llamamos cama.
La vida vertical ocurre en ese lugar que llamamos calle.
Una mujer se levanta… ¿en la mañana?, ¿en la madrugada?, ¿abruptamente?, ¿de a poco?, ¿o no puede moverse?, ¿de la cama?, ¿del hoyo?, ¿de la pesadilla? A veces, salir de una pesadilla toma unos minutos, parálisis del sueño le llaman. Otras, la salida es inmediata. Huida le llaman.
Las voces de mujeres de la ciudad y de la ruralidad le han puesto nombre a alguna de esas salidas gracias a las cuales la vida ha podido continuar, tal vez algo seca y áspera, pero pudiendo alargar la respiración un tiempo más. Podemos condensar algunas imágenes de esas voces de mujer que intentan proteger su cuerpo y el de otras y otros.
Cuando esa voz de mujer logra proteger su cuerpo ha implorado a la doctora:
“Quiero una pastilla
para que no me dé cuenta
cuando mi marido llega en la noche
y se me pone encima…”
También esa voz de mujer de campo y ciudad protege el cuerpo de otros y otras al normalizar que en las noches de fiesta hay que encerrar a las niñas en una habitación cuando los hombres empiezan a tomar:
“Las niñitas no entienden por qué las encerramos
Algunas ya empezaron a entender…”
Dos espacios de singular volumen del vivir horizontal: 5 mg. de pastilla permiten no saber de la violación; 6 m² de habitación permiten salvar a los cuerpos de una agresión. Cuerpos anestesiados en las camas y escondidos en las habitaciones de las casas pueden ser escenas cotidianas para ciertas configuraciones ¿familiares? Hoy, 2024, siglo XXI, en ciudades y campos, en espacios del vivir y del sobrevivir.
Y la vida vertical ocurre en la calle, un espacio con más metros cuadrados que, al igual que la pastilla, la cama y la habitación, ha sido testigo del intento de caminar y olvidar, a ratos, que la vida puede caer.
El espacio público llamado calle no contiene solo risas y sonrisas de niñas y niños.
No contiene sólo pasos rápidos, apurados hacia el lugar de trabajo,
hacia el lugar de estudios,
o hacia el lugar del amor.
No está asfaltado sólo con los sonidos del transporte,
de los pájaros
y de la nostalgia.
No está iluminado tan solo por la luz roja de un semáforo.
Su relieve no contiene solo un trozo de cemento levantado por la fuerza de las raíces creciendo,
no aspira a ser solamente el tránsito hacia otro lugar.
No tiene como señalética tan solo los nombres de las calles,
no permite ver únicamente los letreros del almacén,
no acompaña el caminar tan solo con las esculturas que a veces descansan en la ciudad,
no dibuja simplemente las miradas de ternura y las sonrisas de los “buenos días”.
¡No!
Esas calles están hechas también de vacíos y de hoyos que detienen la posibilidad de continuar caminando. A uno de esos hoyos caemos todas y todos cuando sabemos del acontecimiento: secuestro y ataque sexual hacia el cuerpo e historia de una niña en el espacio público. Caemos en el vacío y habitamos el hoyo cuando sabemos que el cuerpo y la historia de una niña estallaron en su tránsito del colegio a la casa. El espacio desapareció del tiempo compartido, ese que tiene semáforos, miradas y pasos peatonales que aseguran la vida.
Un forado puede existir como posibilidad en toda calle y en toda cama. Al forado lo percibimos y lo hacemos parte de nuestras vidas, dentro o fuera de la circunvalación Américo Vespucio, dentro o fuera de las comunas con más o menos árboles, con más o menos libros, con calles anchas o estrechas. El forado nos inunda. Debemos llenarlo.
Las niñas caminarán por la calle y llegarán a sus casas.
Las mujeres dormirán en su cama y soñarán sin interrupciones.
Es urgente nombrar y gritar cada día de la historia y en cada lugar del espacio geográfico la consigna “¡Democracia en la calle, en la casa y en la cama!”, levantada por Margarita Pisano y Julieta Kirkwood, autoras luminosas y portavoces que resistieron -no sin desencuentros- el tiempo siniestro de la dictadura no tan lejano en sus efectos oscuros. Debemos llenar el forado y detener la deshumanización hacia los cuerpos de niñas, niños y mujeres, para pronto poder contar la historia de haber tenido un lugar en el espacio. La cama y la calle no han sido espacios de encuentro con los cuerpos de mujer. La cama y la calle tendrán que recuperar su origen para inventarse de nuevo.
¿Y su origen?
Calle: …un camino estrecho entre dos paredes (s. XV).
Cama: …pedazos de tafetán con que se hacían los mantos de las mujeres (s. XVIII).
(Joan Corominas, 1961).
Se cruzarán los hilos pares e impares del tejido de los mantos, se armará la trama, una nueva trama. La estrecha historia estará entre dos paredes contenedoras que sabrán moverse al paso de la caminante. La vida horizontal que ocurre en aquello que llamamos cama y la vida vertical que ocurre en ese lugar que llamamos calle, un día cercano se entrecruzarán, como los hilos de la urdimbre, sabrán dar los movimientos precisos para tejer lo que exija el momento particular de cada vida, para contar con el tejido que cubra el cuerpo y que cubra las miradas. Y la erogenización de los cuerpos ocurrirá en su lugar, ahí, en la intersección perfecta del afuera y del adentro, de la calle y de la cama, de los espacios de mujer.
El espacio (aún no) es nuestro.
La cama y la calle, espacios de mujer
Marta Bardelli González nos comparte una reflexión sobre los espacios de mujer a propósito del secuestro y ataque sexual a una niña en el Barrio Yungay.
El texto nos invita a sostenernos ante la deshumanización, abriéndose caminos entre la crueldad, la agresión, el horror, lo disruptivo y lo traumático.