Probablemente usted haya estado en presencia en calles y pasajes de aquellos utensilios de la civilización llamados zapatillas; pero no unas cualquiera, hablamos de un par de zapatillas, atadas de los cuatro cordones en un gran nudo, entrelazadas, que descansan siempre perpendicularmente colgando de unos cables. Quietas al sol, queman sus fibras con el Raco, hilo curado y lluvia a baldazos, pero nunca nada podrá bajarlos de allí.
Normalmente, y para que la gente de otros sitios no nos encuentre irracionales, quiero aclarar que también para nosotros las zapatillas van puestas en los pies, confortando su caminar y calentando la planta, dando firmeza para pisar. Sin embargo, se teme que este uso “alternativo” sea para conseguir, o advertir, otra cosa; los rumores más siniestros tejen ideas las cuales plantean que en ese lugar se efectuó un asesinato; mano armada o cañón en la guata, a alguien le robaron su billetera y lo mandaron al más allá. Posteriormente un familiar arroja su calzado para señalar el rumbo que debe tomar el alma del difunto, y quede despejada su caminata al cielo. A veces, la gente que rinde culto a esta tradición prende velas en el lugar para San Patricio, Halloween y Año nuevo chino, pidiéndole prosperidad para el 18 y tranquilidad en los paraderos de la 210.
Sin embargo, no todos aseguran que sea por esta tradición la totalidad de zapatillas en los cables. Algunos vecinos cuantifican la cantidad de calzado colgado en los cables con el número de niños que vendrá este año, anotando así la cantidad de huevos de pascua que deberán comprar para repletar las plazas, que estallan en coloridos envoltorios ovalados por esas fechas. Esta tesis ganó tanta fuerza que estudiosos de la municipalidad vieron de hacer el próximo censo considerando estas estadísticas, y ya mandaron funcionarios a contar cuántos pares colgados hay por villa y población. No tardó mucho y el chisme se esparció por todo Puente Alto, corrió de calle en calle y las dueñas de casa de hijas adolescentes comenzaron a cortar los cordones e incinerar las zapatillas que estaban fuera de sus casas; temían que su hogar fuera el siguiente con un embarazo.
Primero se subían en escaleras, pero después de las primeras electrocutadas comenzaron a contratar niños con largas cañas, y se generó toda una red de especialistas en el bajado de zapatillas; los más pulcros podían serruchar su atadura con hilo curado, elevando un volantín cerca; otros decidieron sacarle filo a legumbres, y por medio de poroteras conseguían destrozarlos: pero cuando llegaron nuevos casos de embarazos desistieron y ya no fue necesario contratar a nadie. Todo había sido una gran pérdida de tiempo. El misterio seguía allí, sin resolver.
Otros rumores más antiguos volvieron a la luz, en donde aseguran que en esos lugares se venden productos prohibidos: rocas apretadas de azúcar y parafina, anestesia de encías sobre hojas procesadas, grog pirata añejado en ácido de batería, también richu fino y barato, e incluso, también, uñas de mono disecado. Jóvenes curiosos tras escuchar esos susurros quisieron probar suerte, sin embargo, a baldazos de agua fueron echados por una ofendida señora, luego de preguntarle si es que tenían fruta floral a luquita. Tuvieron que arrancar escuchando una sarta de improperios.
Descartada ya esa teoría, se comenzaron a pensar nuevas posibilidades para hallar el misterio de las zapatillas en los cables. ¿Por qué están allí?, y ¿Por qué vuelven a aparecer? Se cuestionaban las personas, aún sin encontrar respuesta.
Nuevas ideas surgieron entre el debate ciudadano, entre las cuales se dice que quizás su función sea otra, y no estén colocados simplemente de una manera aleatoria en los cables, sino que están perfectamente posicionadas por algo, puede que sean máquinas altamente desarrolladas en secreto para vigilarnos; según afirmaba un conserje sin tele, una vez cada dos años un funcionario del gobierno, oculto y sigiloso, bajaba las zapatillas colgando otras. ¿Por qué y para qué? Se preguntaba, sólo pudiendo concluir que de ellas obtendría horas y horas de grabaciones para quizás qué cosa, y nosotros indefensos no pudiendo hacer nada contra ese gran ojo, sin siquiera imaginarlo. Y así ellos van a estudiarnos, analizarnos como experimento, desde las costumbres hasta el fondo.
Esta teoría tomó fuerza, pues muchos se percataron a través de los años de situaciones que alentaban que esta tesis fuera muy posible. Rápidamente esto comenzó a generar pánico en la población, y Puente Alto se llenó de incertidumbre. El miedo llegó como un negro meteorito que borra todo. Nadie salía a la calle en un comienzo, y si tenía que hacerlo procuraba ir disfrazado y bien tapado. Pero eso no duró mucho, pues cuando el miedo se pierde no existen imposibles. La gente se tornó iracunda, y ya dando por un hecho este gran rumor comenzó a sacar las zapatillas de los cables. A simple vista aún lucían como unas simples zapatillas, y a pesar de los grandes esfuerzos que hicieron por investigarlas no se encontró nada. Sin embargo, algunas cosas extrañas se comenzaron a notar. Por ejemplo, si cortaban o retiraban las zapatillas un día de semana, esta volvía increíblemente a estar a su sitio al siguiente día. Pero… cuando lo hacían durante un fin de semana, las zapatillas no volvían a aparecer hasta sino el lunes. Las sospechas se iban confirmando, y los habitantes de un sector se organizaron para liquidar el tema de una vez por todas. El plan fue tan secreto, y tan bien ideado, que hasta el día de hoy se desconoce todo excepto la parte en que fue ejecutado. Pudieron haber esperado quizás, a que llegase el agente del Estado a tirar nuevamente unas zapatillas, y ahí increparlo, pero no se conformaron con eso. No. Luego de años y años de ser observados, estudiados y analizados para quizás qué fines, esto no se podía quedar así como así nada más. Sigue siendo un total misterio cómo realizaron tan exitosa operación, pero rastrearon el vehículo en el cual se transportaba camuflado este agente secreto, que se hacía pasar por el camión del gas, y dieron con su cuartel general en donde procesaban todas estas grabaciones.
Cuando la intimidad y la capacidad de tomar sus propias inclinaciones en la vida están siendo comprometidas, cuando tú decisión de vivir cómo a ti te parece está siendo negada, tienes sólo una opción, y es pelear hasta el último segundo en que tu pecho siga latiendo, o morirás condensado en la fría condena que es no decidir sobre tu propia libertad. Es por esto que, esa mañana y de imprevisto, invadieron el cuartel secreto todos los vecinos enojados; llevaban fierros de magia hechiza, lanzas con diamantina, y botellas de fuego sellado: enojados irrumpieron y preparados para todo. TODO.
Llegaron al edificio y no hubo resistencia, entraron como Pedro por su casa. Inmediatamente adentro pudieron ver con sus propios ojos las miles de miles de pantallas que mostraban infinidades de calles y personas a lo largo y ancho de toda la comuna. Y no sólo eso, hacían zoom a las personas pareciendo analizar algo. Todos quedaron anonadados, sintiendo un frío de espalda terrible. Intentaron encontrar a los responsables, pero el lugar parecía completamente vacío. ¿¡Qué debían hacer ahora?!
Ahí estaban cientos de pasillos cubiertos de pantallitas que nos siguen día tras día. Por donde avancen era lo mismo, parecían haber kilómetros de un tétrico recorrido, atrapándote en cada pantalla como el más complejo laberinto. Incluso los más valientes pobladores no pudieron caminar por allí sin sentir escalofríos. Mientras avanzaban, se dieron cuenta de un factor común en las imágenes de las zapatillas: las pantallas daban una prioridad exclusiva a la gente que estaba comiendo, ampliando la imagen e incluso retrocediendo para volver a verla. Estaba todo, desde los primeros instantes antes de probar, en donde el aroma llega a la nariz, hasta el momento final en donde quedas desmayado sobre la silla. Los pobladores intrigados y asustados avanzaron hasta lo que parecía el final de lugar, en donde encontraron una puerta con un gran “NO PASAR”. Para todos fue obvio que detrás de esa manilla, estaba por fin la verdad.
…
…..
Y allí estaba, en su total esplendor, la verdad. Era un cuarto enorme cubierto por una baldosa de piso a pared y techo. No había absolutamente nada, excepto un carrito metálico de sopaipillas.
El desconcierto irrumpió el ambiente y dejó a todos partidos a la mitad. ¿Qué es lo que esto significaba? Se preguntaban en voz alta ¿Acaso nos estudiaban durante año tras año para crear la fórmula perfecta de sopaipilla al paso?… Y si esto era así, ¿Qué ganarían con esto?, ¿Por qué es tan importante tanto estudio? ¿Tanta plata puede dejar este producto, o es que hay algo más?, ¿darnos unos kilitos de más para mantenernos enfermos?, ¿hacernos capaces de soportar el trabajo tras una gran sopaipa con pebre a la bajada del transporte? No lo sé, y aún no lo sabemos. Los vecinos luego del shock no tuvieron tiempo para investigar, pues tras abrir esa puerta final se gatilló un mecanismo de seguridad que advirtió una cuenta regresiva, el lugar iba a estallar borrando toda prueba y posibilidad de averiguar la realidad de la verdad.
Hoy en día se ven mucho menos, y del tema ya no se habla más. Solo están allí, colgando de entre los cables, ¿observándonos?, quizás; trabajando en el control mundial, buscando la fórmula perfecta, para la sopaipilla andina ideal.
Las zapatillas en los cables
Probablemente usted haya estado en presencia en calles y pasajes de aquellos utensilios de la civilización llamados zapatillas; pero no unas cualquiera, hablamos de un par de zapatillas, atadas de los cuatro cordones en un gran nudo, entrelazadas, que descansan siempre perpendicularmente colgando de unos cables. Quietas al sol, queman sus fibras con el Raco, hilo curado y lluvia a baldazos, pero nunca nada podrá bajarlos de allí.