Abrazo el yo enjaulado,
que fue sometido y limitado;
envuelto en mil etiquetas del ideal.
Un abrazo de libertad y reconocimiento,
que supere el no-abrazo;
más allá de la anulación y el miedo.
Un abrazo que me arde de verdad.
Un abrazo que siento;
del deseo real, auténtico y genuino.
Que envuelve en besos a los animales
y enciende la rebelión contra-indolente.
Un abrazo del espíritu,
que supera la contradicción
y se acerca al absoluto insuficiente;
que desmorona al falso y surge el verdadero.
Ese abrazo que se construye,
desde el sí mismo hacia la alteridad,
y que permite reconocer-se con otro.
Mucho más que otro abrazo,
encuentra ese abrazo con el otro.
Abrazo el narcisismo,
que permita-me abrazar-nos;
con autenticidad,
fuera de la exigencia de reconocimiento;
dentro del deseo de ser nos-otros.
Abrazar-se el alma,
disipando el poder y la dominación.
Un abrazo libre y de emancipación.
Un abrazo de amor y comprensión.
El abrazo que falta en la rebelión del yo.