Siempre me acuerdo de que mi abuela Carmen me hablaba mucho y me contaba poco, mirándome con ese cansancio en sus ojos de cuidar una casa de la que pocas veces tuvo algún descanso, como si el trabajo de dueña de casa fuera una extensión de sí misma, de lo que era y de lo que valía. Ese cansancio que le parecía ajeno, donde cada mañana sin descanso se ponía un delantal, esa prenda siempre tan común entre ella y sus vecinas, tan común como que cada lunes se coma sagradamente porotos en esa casa.
Siempre que la pienso aparece en mis recuerdos su trato amable y pocas veces quejumbroso, como si fuera un signo de que siempre había que echarle pa’ delante, con una tristeza sobre su espalda que sólo podía hablarse en sus ojos: esos ojos que siempre se entristecen cuando se acercan las navidades, en esa festividad tan poco festiva que siempre trae el recuerdo de una ausencia. Y ahora son esos mismos ojos los que han enfermado, viéndonos cada vez menos, aunque ahora me habla, ahora me cuenta y yo con cariño le escucho.
Pocas veces decía que me quería, pero me enseñó a querer y a sentirme querido: con su trato atento, con su tiempo y su risa avergonzada ante cualquier chuchá que se riera de las buenas costumbres y de todas esas siutiquerías que nos intentaron enseñar a mantener la compostura. “Guarda la compostura con el protocolo” decía la Martuca cuando nos sentábamos a ver la comedia.
Y entre todo esto, en ese espacio que recuerdo con cariño, está toda esa vida sin descanso donde ella dormitaba en cada almuerzo, con su cabeza que tanteaba sobre una mesa como queriendo buscar algún cobijo, el mismo cobijo que encontraba recostada sobre el sillón después de comer, permitiéndose ver la comedia como si fuese un triunfo después de tanto trabajo. Y todo esto en un tiempo, y que tampoco es tanto, donde el trabajo doméstico ha recibido un trato mezquino frente a esos otros ojos que lo ven como algo improductivo, como si fuera sólo quedarse en la casa haciendo cosas.
Con sus ojos enfermos, cuando hablamos siempre me cuenta que llegar a vieja es volverse un estorbo, una molestia que pocas veces la hace ser tomada en cuenta. Cuando le digo que me cuente, me empieza a hablar de sí misma siempre intentando hacerlo de lejos, siempre con cierta distancia para decirme que “a una la pasan por loca”, como si se le volviera difícil ir hablando sobre ella misma y necesitase ir pudiendo taponear la pena.
Había que echarle pa’ delante, como si no quedara otra, como si detenerse fuera ponerse en riesgo, no se podía llorar frente al otro porque el otro se ponía mal, porque el otro la necesitaba, porque el otro no la podía ver y entre todo esto, nunca podía llorar para ella misma. Siempre que hablamos me dice que cuando quiere llorar es mejor para ella estar sola en su casa y poder llorar tranquila, sin que nadie se entere porque parece que la tristeza siempre hay que mantenerla en silencio, donde la tristeza siempre es algo privado.
Su alegría apareció cuando su vejez y su soledad pudo ser compartida, en un espacio de encuentro donde muchas mujeres que no eran escuchadas podían escucharse entre sí, pudiendo juntarse a comer, salir, compartir, tejer y muchas veces también acompañarse a desenredar los nudos que se hacían en los ovillos de lana, donde los nudos muchas veces podían ser pedazos de sus propias historias.
Podría seguir escribiendo muchas cosas sobre ella, pero me gustaría seguir contándoselas.
Con cariño en cada una de mis historias está la sonrisa de mi abuela, con el recuerdo de una simpleza tan bonita mientras se comía a mordiscos los tomates partidos por la mitad en verano.
