El color de mis abismos nutre a mí ser con espuma de sirenas dormidas. Coso un delirio en tus prendas de vestir, coso con un alfiler dormido, todo mi reino de carne y cenizas. Ausencia de tu voz, calma de tus viruelas, de tus pútridos dientes. Nos animas a morir, nos cubres con tu plegaria maciza. Tú en los astros, me acreditas revoluciones, moribundos sueños. Dignos herejes al partir hacia la batalla. Hacía el ente, hacía el cosmos. Gijaros, azulejos, calma renuente.
En este día, en esta tarde, en esta noche, convoco a tus espíritus crudos, a tu brea, a tu ingenua lengua. Dorada, triste, modulada con honor. Me atrevo a iluminarte con brunas aguas, filamentos de plata y oro. Instrumento de tus dedos. Tejen con dédalos de carne, las más imperiosas promesas. Ahí vivo, ahí dormido en un vasto bastidor de amaneceres y atardeceres, de ruidos, de ratones y espantos.
Nutro a tus donceles dormidos, riego la dicha de tus mareas, de tus ofrendas de carmín, de noche, de tierra, de luces y sombras. Alumbro a tus hijos; me enfrento a la majestad de tus ayeres de cenizas. Siderales. Reviento la amalgama de estos ritos de retos, de calumnias. De sigilos, de ausencias en duermevela.
Tu aroma a almizcle, me hechiza. Tu aroma a rosas cubre con tu luminaria, carente de redención, mis acuarelas dormidas. Grito, tiemblo. Vivo y maldigo a los sueños, a la esperanza. Tiento a la aurora. Y los deseos, y las preseas, y las gacelas, y las venias me susurran palabras, entredichas, tiernas y referentes al olvido. ¿Quién más te conoce? ¿Quién más calla tu ausencia? Silencio. Silencio. Silencio. El silencio es una voz. Miseria. Decoro. Sagrada destreza. De los dolientes. Reyes deformes. Princesas labradas. Con tacto a férreos aromas. Soy un sueño. Tempestad. Soy una aparición. Soy un ente. Soy un dios. Soy un austero príncipe. Durmiente. Completo. Eco.
El profundo orgullo no cesa, tengo tanto que darte. Tanto que decirte. Tanto que mostrarte. En todos estos milenios me convertí en un mounstro. Apiádate de mí cuando contemples la oscuridad de mis globos, mis uñas quebradas en cuatro, en cinco, en seis. Mi principal deseo es que nazcas en el interior de mis corazones. Mi racimo de uvas, mis granadas, mis promesas cosidas a tus túnicas. Poseo una jaula en la que reposo. Soy acreedor de mis más pérfidas égidas, y, ahí, distingo que de lo que es mío, y de lo que es tuyo, se somete a la fantasía y a la realidad.