Esa distancia que nos separa, te lo juro que si así no me miras en el celu la hora no avanza. Necesito tu cuerpo como está, esas manos, macramé forjadas con seda, juntas en longitudes periféricas, que recorren el aire burlándose de la gravedad, y me hacen olvidar por segundos tus pestañas con luz naranja, iluminación exacta que el caño entrega, y el humo coqueto que te atraviesa, yo por ti hago la cimarra tos los días, yo por vo hundo un barco submarino a mil leguas, y en ese naufragio que me dan tus cejas, navegaré hasta clavarme en el café inmenso de tus ojos. Sumergido en ese rostro, cándido y sereno, pasó una alegre sirena susurrando a toda voz, y me resbalé por la nariz devuelta a tus dedos, acampo en su delicada tierra, canto en devoción a la preciosa piel que la ampara, angular, anillesca, si la tocara con mi mano, si yo pudiera devorarle la duda con mi tacto, seguro que estallaría eléctrica en respuesta y acariciaría mi mano envuelta en su mielitud, divina, perfecta, besos de esos dedos, sí, romperían donde se posen, y al caminar por mí, acoplarían en sensaciones rosa intenso, abrumando, serias como hierba en bongazo, esos dedos tuyos de noche que son azul marino, y con el encendedor tornan brillantes como un sol, amarillezcas, como cualquier astro de verano. Ahondo años por ese segundo que nuestras yemas se conocen al deslizarme el enrolado, aún atónito comienzo a quemar, si el caño se apagara, ¿podría tocarla de nuevo pidiéndole fuego?, de qué hablar, convierto el pito en un micrófono, ¿qué decirte cuando mi mente entera se contrae, como aguja contra metal, por verte mirándome?, charlaría de tus hombros, que con tu cuello son pilar de la belleza, de un museo te robaría por la noche, y amoblarías con tus pechos la vitrina de mi alma, si acaso cuenta el espíritu rebelde que te envuelve, yo lo aprecio número uno entre todas las gemas olvidadas por el mar, entre los muros que imponen la sociedad, yo logro ver tu carácter alegre y decidido, tierno en defensiva, si tuvieras que pelear contra dragones por defenderte así lo harías, pero créeme, conmigo no hace falta lanza, ni vanidades, menos estúpidas alabanzas. Si te digo que tu cuello ondula al viento, si vieras tus ojos quemando viejos papeles de recuerdos, sabrías lo que vale el calor de tus manos, apretando firmemente espalda, vertiginosa caída abrasadora, y seguro más de una estrella escurriría entre nuestras piernas juntas, con deliciosos bordes de marfil, que estructuran el sabor a eternidad que es tocarte, sentirte y hurtarte. “Se apagó”, “Toma”. Caigo de un acantilado planeando por el cielo, esta vez cruzamos miradas achinadas al tocarnos, por un momento, todo creció por mí y rompí arcoíris con ballestas, fotografié al tiempo jugando con destino y tuve la más dulce quemada que recuerde. Qué le digo, si solo ella es belleza y nada más, qué le canto, si nada tiene el ritmo de su sonrisa, ni la armonía de su pelo, cómo respondo para no revelarme, ¿exponerme y me destroza?, ¿o lo sabrá?, ojalá que no, todo se acabará al instante, mas imposibilitado de negar mis músculos, se deslizan felizmente por tu risa y caigo en cuenta que tú también controlas lo que hablamos. ¿Nos ocultamos?, de qué, silbando pasan las indirectas, saludando ante lo obvio. Si te hablo estupideces es porque me atontan tus piernas, acurrucadas en suavidad de sabia, y montaña de plumas, rebotarlas, trampolín de muslos guíame hasta su tórax, fértil, lenguable, para así anclar el Caleuche de mis sueños rotos y que descansen mis cadavéricos marineros por primera vez en su muerte. “¿Armemos otro?”, ¿acaso he escuchado bien?, sí, esos labios en par en par, destronando a la música por carcajadas, me cuelgo de cada nota que desprende tu boca, y danzo desde las esquinas que hacen eco, esa sonrisa partícipe yo en crearla y orgulloso de sostenerla me indican el más bello presagio de esperanza, para el puente de madera que débilmente cruzaba mi carroza, era ahora un resistente metal forjado por seres mágicos, perdurable, como pensarte al acostarme. Ocupé cada oportunidad para rozar su piel, le pedí papelillos, boquilla, incluso que las flores tirara y en ese momento sentí orbitar su atmósfera personal, me volví un satélite a velocidad luz corriendo en llamas por su entorno, le bailaba lealmente a los ángulos de sus ojos, tu mirada, quema un bosque solo para que una bellota pueda crecer y desde la copa te gritaría ven a fumar conmigo aquí, que la vista está preciosa. No te separaste después de que enrolé, y juntamos tectónicamente nuestras piernas, friccionando el temblor que se venía, exhalas el humo por las ventanas de tu nariz y recorren lentamente la piel de mi rostro, estás un poquito más cerca, yo estoy bastante más nervioso, tus pestañas de piano cantan colores y me invitan tiernamente al cerrarlas, y cada pestañeo tiene un propósito, cada mirada es elegida con pinzas, pues el tiempo nunca valió tanto como ahora, los segundos consumen diez mil árboles en indochina, yo me deleito en imaginar mi mano deslizando tus mejillas, palpitando, sintiendo la casería que empuñan nuestras caras, no solo había humo ahí, se olía el magnetismo al estar cerca, contemplarte, el profundo arte que inspiran tus venas, que entibian tu cutánea ropa, sí voy a besarte y lo haré lentamente, sí, voy a besarte para saber qué es el tiempo hasta tu llegada, para diferenciar Marte de la luna, morderé tus labios evaluando tus respuestas, carcomeré tu nuca apretando nuestras lenguas, no aguanto otro momento en la ausencia de tus brazos, no quiero obviar más tu espalda de arco, pero, es necesario soltar, desatar el temor y la angustia, librarnos finalmente de esas dudas severas que castigan nuestra mente, y que como llanto replican pican y ríen, para hacernos caer en carreteados hilos cortados. Yo decido que sí voy a besarte, salto surcos y ciño espada, preparo mi caballo, los espartanos estarían orgullosos, miro tus ojos pero ya me observan a mí, Caszely también lo falló, me fundo al vacío y quedo pasmado, invierto el tiempo pero no vuelve, acercas navegando tu nariz, tu respiración amalgama la mía, quedo tercera persona espectador, y suavemente me besas, me besas, tardo tiempo y tomo las riendas del tren, te abrazo y contesto elípticamente a tus labios, carnosa fruta a veces es la vida, mis sentidos son más que seis, y quedaron en cuclillas devotos a tu lengua, carnaval de amores, calca los moldes de sus bocas, así cuando paramos por un instante, se mantiene la presión del beso poseyéndome, y si existe una ambrosía es el sonido al masticarte, que arranca de tu cuello hasta tus deseos, lamo en desesperación, alcanzo mis dedos a tu oreja, dejo un húmedo camino hasta tus hombros, acaricio tras de ellas, y beso de vuelta hasta la pintura de tus mejillas, nado en una piscina temperada para mí solo, reposo en la calidez que dejas al abrazarme, vientos estallan violentos en mis piernas, y admiro la droga que extasías en mi cuerpo. Te miro, dentro de mil cosmos brillamos en el infinito, al fin siento mío tus pensamientos, beberé de tu alma, crecerá nuestro amor en un cielo de volantines, saltaremos de la mano para Júpiter, y correremos libres en prados de sativa flora, e interminables colinas verdes.
Continuamos besándonos encarnizadamente por al menos media hora, el sabor de tus labios me transportaban a deseos de locura adolescente, aéreas ilusiones primaverales, dignas sensaciones flotaban, cuando, de repente, algo me tumbó al piso. Me incorporé de inmediato, creo que sentí un golpe bajo la nuca, que me dejó más mareado de lo que estaba. Miro al levantar la vista y es su padre enfurecido, ¡¿había llegado temprano del trabajo?!,“¡¡CABRO CON CHE TU MA RE!!, ¡¿ESTÁS DROGANDO A MI HIJA?!”.
Su viejo le prohibió juntarse conmigo. Enojadísimo, me acusó de marihuanero y vago con mi madre, de influenciar en vicios ilícitos y morbosidades el pensamiento de su hija. Desde ese momento, no fui más a su hogar, pero sagrado los viernes cimarreábamos en mi casa, y antes del almuerzo, quemábamos un cogollito con mi mamá.