Cuando del cuerpo se trata, hay situaciones que nos ponen en un lugar diferente, atravesado por la mirada de otros. La decisión de dejarse llevar o no, cobra importancia. Son pocos los espacios en los que nos sentimos inexplicablemente satisfechos. Algunos de estos llegan a ser memorables, bellos de algún modo: la pieza, la cama, el colchón, el sofá, la escalera, la ducha, el beso, el chupeteo, la respiración, el jadeo inusitado de lo que entra o sale.
Nuestra sexualidad y el deseo discurren acaso entre la frontera del tú y yo, o el anhelo de lo extraño; de un encuentro, de un instante o una intimidad profusa, llena de ternura. A veces, si es que no siempre, de un refugio.
Eso que circula y enciende nuestro interior, lo que nos calienta podemos llegar a decir, pulsa y habita en cada uno de nosotros, desde lo más profundo, en distintos niveles y en distintas formas.
¡No se trata sólo del éxtasis de la carne! de la fugacidad del correrse, para acabar devorando el cuerpo y sus bordes. No. Se trata también de la esperanza que entraña el contacto con un otro.
Porque el amor tiene nombres, espacios y rincones. Diversos, soñados.
Pero también el VIH los tiene.
Son las miradas, los encuentros y desencuentros.
Todo eso que confluye: una adolescencia, una adultez, la vida.
Son las tardes, las miradas, el metro, el liceo, la U y las personas.
Al respecto hay tanto para decir, pero tan poco se hace. Mucho se habla, por ejemplo, del cuidado y la protección, como resguardando la higiene o lo pulcro del cuerpo. Como si acaso aquello fuera el único principio rector que nos definiera en lo humano. Justamente es la entrega, el descontrol, la fuerza del impulso, la que nos empuja y habilita algo más en el deseo: yo juego, tu juegas, ambos (o más) sentimos.
Se dice también algo del riesgo en la conducta (sexual o no, qué importa).
Porque, ¿acaso no hay riesgo en la mirada? ¿en el decir? o aún más, ¿en el elegir?
Cómo si hoy, no estuviéramos ya expuestos a los designios de un (di)sentir en el que nuestra sexualidad se configura más allá de la erótica del cuidado:
Se nos arroja a un choque cruento entre el mercado de los cuerpos,
los check list de la belleza, el exitismo y la opulencia del goce sin medida.
Sin descargos, sin reparos, sin mirar. A veces, sin disculpas.
Fugas, calenturas locas, toqueteos. Tantas formas hay.
Como si el encuentro mismo con uno y su sexualidad ya no fuera lo suficientemente difícil.
Que mi cuerpo, que mis ganas…el qué van a decir, cómo lo digo, en qué momento. Pareciera ser que las dudas nos recorren a todos. Pensemos, ¿quién no se ha avergonzado de algo propio?, ¿a quién no le ha molestado algo de su cuerpo?, ¿cuánto hemos hecho para encubrir lo que nos duele? ¿Cuánto nos cuesta mirar al otro?, y aún más, ¿cuánto no nos ha dolido el poder sentir algo?
Porque justamente, no es el problema ya, el “tengo algo que decirte”. Eso es lo necesario hoy en día. Más bien, es el “qué hago con lo que me dicen” el que cobra relevancia.
Eso que retorna allí, en el decir, es la enunciación preciosa de un tesoro, arrancado de la piel y puesto en un lugar por descubrir. Ojalá acompañado, sin juicios, sin señalamientos.
Cómo vivirlo, cómo enfrentarlo.
Nos interpela.
Ni siquiera nos toca, pero lo sentimos.
Nos rodea, nos aflige y nos acompaña.
Más no nos elige, ni nosotros a él.
Pensamos en lo propio de la vida, en la familia quizás, en los amigos, en el lugar de donde venimos. A veces se nos olvida, que somos todo eso y más.
Alguien señaló una vez que somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros.
Ahora leamos: “Soy así”, “me pasó esto, mira”, “me duele decirlo”, “estoy enfermo”.
¿Cuánto de eso no hemos escuchado?
Hay algo del encuentro con lo humano que aquí se pone en juego. Las marcas del estigma y el dolor se revelan ante la mirada aséptica de la salud, que clasifica lo indecible. Se trata de lo genuino en la vulnerabilidad del otro, de la aceptación, al fin y al cabo.
¿Cuánto nos cuesta aquello verdad? Si, a fin de cuentas, recorrer nuestros infiernos, las calles, las farmacias, los hospitales, es algo cotidiano, sólo que no lo miramos.
Que si el TAR, el PREP, el PEP. ¿Qué pasó?
El gorrito ¿lo usamos?
No lo sé, es más rico así.
¡La descarga misma, lo placentero!
Pues sí, es más rico así. El VIH nos vino a enrostrar, desde hace mucho, que la vida y sus derroteros son algo hermoso para vivir. No hay formas, ni moralidades exhaustivas que permitan dilucidar qué es lo que cada uno tiene por hacer. Sin embargo, el pinchazo del recuerdo, la aguja de la memoria, nos indican por donde seguir: aquellos que se fueron, los que sufrieron, los que ya no están y los que siguen aquí.
Ciertamente hubo conflictos: algunas décadas de pandemia, por acá una dictadura con la política y la iglesia entre medio, dando vuelta. El movimiento mismo, cargado de liberación, jugó sus partidas. De algún modo, la fugacidad del orgasmo, la potencia misma del volcamiento hacia lo inerte, lo efímero y lo hermoso, se abren camino hacia un punto de encuentro. El acabar en el cuerpo, o fuera de él, es de alguna manera, también volver a comenzar; otras historias y otros sentires, para habitar espacios distintos.
El recuerdo nos acompaña y sigue vivo, aunque ya no como un dictamen mortuorio, pues, la advertencia alguna vez hecha, opera hoy como una insinuación gentil de que aquello relegado de nuestras consciencias, suele volver aún con más fuerza. La ciencia, las pastillas, hacen lo suyo. El giro es ahora hacia el tacto sensible de nuestras relaciones, en el placer o en la rabia. La amabilidad es, en el acto mismo de la entrega, un refugio necesario para desandar el dolor y resignificar las pérdidas junto a un otro.
Lo recorrido supone, a fin de cuentas, una perspectiva en la que las palabras invitan a algo más: hay que situar, nombrar y acompañar, para elaborar una escena distinta. Ahí está la labor. Lo ajeno, también se vuelve propio y lo indecible, se vuelve también lo compartido. Es transversal lo que nos convoca en el ejercicio de lo humano.
“Entre la disco, el bar, el Grindr, las esquinas y todo eso,
hay noches de encuentros con música, desborde”.
Aperturas en el desamparo, un llanto en el cuerpo.
Pero también alegría y calma en el abrazo.
Al final, son los amores: parejas y afectos bellos.
¿Cuánto hemos dado?
Sólo queda aprender, aprender y volver a aprender.
Tod@s hemos escuchado en algún lugar esta historia. Hemos sabido de ella, porque hay rostros que le han dado forma y lugar. Las caricias, las mañanas, los despertares e ilusiones que se han compartido, se quedan ahí.
Letras indecibles, pero tan hermosas, cargadas de añoranza y pasión, vuelven a surgir en la memoria. Hay una J, una G, una R, una H, una C, una L, una P. Mucho por lo que agradecerles. Quedan tantos otros nombres por abrazar, que solo resta escuchar atenta y cálidamente. Al final del día, se trata de amar y solo amar.