Los descubrimientos

Un hombre comparte con su tío Samuel una experiencia simbólica al ofrecerle marihuana para aliviar su dolor físico, reflejando la conexión familiar y la búsqueda de consuelo en medio de la adversidad de una vida marcada por el trabajo duro.

Desperté con mis gatas junto a mi; una abrazada bajo las sábanas, la otra por encima. El ritual mañanero era siempre el mismo, caricias, abrazos, pequeños estiramientos. Un frío que hacía más difícil salir de la cama que de la pasta. Estaba instalado en el notebook, escuchando los Rolling con un moledor entre mis dedos. Pongo lo molido sobre el escritorio, dándole golpecitos al grinder. Arrastro todo con un cartón hacia el borde, donde esperaba el papelillo. Siempre se comienza así un gran día, aunque en la mayoría no suceda nada realmente. Alguien toca a mi puerta un par de veces, bastante extraño desde el uso del whatssap. Era mi tío Samuel, el buen Sami. No lo veía mucho, pero desde la infancia fue ese tío que frecuentemente nos visitaba. Es y fue un obrero, en cuanta industria trucha e hija de puta se te imagine. Donde le pones infinitas horas a una máquina repetitiva, que te puede cercenar dedos, por un par de pesos, y tú, haciendo montones de dinero para otra persona. Después de doce años en esa fábrica, es el único de sus compañeros que aún no cobra el seguro por aplastarse la mano. Tétrico, real.

“Mira, esto me lo dió una vecina. Dice que es un aceite concentrado de marihuana, que cuesta veinte lucas y que debo echármelo bajo la lengua antes de dormirme. Yo le dije que no tenía plata y por eso me regaló ese”, “A ver” dije, y me lo entregó en las manos. Era un gotero negro de aspecto hechizo, y al abrirlo siento bastante olor a alcohol. Mi tío también. “Me dijo que era alcoholizada la marihuana”. Sami era un caballero ya de 69 años, bastante vital, de aspecto rocoso y rugoso pero gentil. Su problema era que siempre lo estaban cagando. Su familia, su esposa, sus hijos, en los trabajos, en la calle, en las micros, en los bancos, en las tiendas, donde sea. La gente lo huele y sabe que se puede aprovechar. A él parece no importarle; una vez le tiñeron el pelo de rubio diciéndole que quedaba bien. Es bastante moreno de piel y le decían como a ese de Axe Bahía . Para remediarlo, cuando se pegó la cachá, se tiñó solo, y al mancharse con tintura la zona de las patillas, no hayó mejor remedio que lijarse la cara para sacarla: sí, con una lija, en sus pómulos y frente. “Tío, yo creo que te la quieren hacer. La verdad es que jamás escuché de esta wea”, se toca el omóplato, lo moldea y queja una expresión del rostro, agregando: “Me duele mucho el hombro, por tanto año sacando y metiendo cosa dentro de la máquina. Mira, mira, apenas lo puedo subir, y con el frío creo que está empeorando”.

Yo sabía que hacer, era el momento. Nunca imaginé que se presentaría esta ocasión. Las cazuelas domingueras, las idas a las Vizcachas, las juntas familiares. Estaba a punto de darle de fumar a mi tío y reconocía que es un momento épico y trascendente en la vida de cualquier ser considerado como vivo. A sus casi setenta años, y con lo que yo mismo había cosechado.

“La mayoría de los viejos ahora están probando los tés de hojita. Pero la verda’, no es gran cosa. Si realmente quiere medicina, tendrá que fumarla. Mire, justo tengo esto ya enrolado”, “¡A ver pueee!” contestó, y le entregué entre sus dedos el caño. Estaba apagado y le dije de prenderlo por él. Doy dos, tres pitadas, guardo el humo y se lo entrego. Le hago una seña de que se lo fume, lo pone en su boca magullada e intenta. Se mete la mitad del pito en la boca, y algo veo que logra quemar. Se lo quito y lo veo todo mojado, baboseado y doblado. Le pregunté si pudo fumar y asintió con una pequeña sonrisa. No, no lograre hacer que se fume bien el caño, hay que intentar otra cosa. Desde mi cumpleaños era poseedor de una pequeña pipa de agua, construida artesanalmente por un amigo. Le muestro el frasquito y ve los cogollos. Los olorosa, y para mi sorpresa contesta que “se siente rico”. Carga completa, y me creerán que era una buena cantidad, mis ojos quedaron totalmente seducidos por la imagen, tan dulce, tan aromática. Le pongo la pipa en la boca, con mis dedos la sostengo apretando el agujerito del aire. Le doy mecha. “Tienes que fumar despacito y tratar de no botar el humo, al menos la mayor cantidad de tiempo. No en tu boca, sino en los pulmones”. Lo veía mirando hacia abajo, mientras pequeños bigotes de humo blanco y espeso asomaban desde su nariz. Lo estaba haciendo bien, y vaya que sí. Comenzó a toser, pero nada más unos segundos. No exhaló casi humo y para mi sorpresa se había fumado todo. Yo generalmente si hacía eso terminaba tosiendo tanto que iba a tomar agua al baño. Siempre pensé que la mayor medicina era la tranquilidad que te daba. Estaba sonando fuerte It’s not easy. Y claro que no es fácil, pero ahí estaba yo, fumando con el bong hechizo y con mi tío favorito, ayudándolo con su dolor de hombros, haciéndole descubrir como sopesar, un poquito, esta vida de mierda.

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