Por fin viernes

En ese entonces había cumplido 21 años hace poco, y tenía que trabajar. Principalmente para beber, fumar, pizzería, el viernes y librosbaratos. Pasaba seis días, seis horas y seis más entre viaje y hora-extra-no-remunerada. ¿Con qué propósito podría, alguien, aceptar esto para toda la vida? Con el tiempo, entendí. Todo era soportable porque siempre al final llegaba el viernes, seguido el sábado y a veces también el domingo. Estábamos en una trampa mortal y no había salida, al menos para la mayoría. Sentado en la micro, el tiempo pasa de manera extraña, y pensaba que por fin comienza la vida, y no comienza el viernes a la mañana, tampoco al salir de laburar; recién todo empieza cuando el vapor que cubre el espejo después de ducharte ha desaparecido. El viernes, el propósito más pensado en cada hora, cada viaje, cada combinación, cada cliente. Lo mismo cuando te eximes, o diste por fin esa prueba de mierda. Iba hacia la casa de un compañero, que quedaba pasando Valentín Alsina. La cromi iba llena de gente desaliñada, miradas fijas y ventanas abiertas; a mí, me gustaba todo eso, y al llegar ya todos estaban poniéndole al trago, fumados y soltando las anécdotas semanales: “[…]la mina de adelante nose movía porque probablemente le servía la línea roja, pero me empujaban tan fuerte para entrar que la obligue a subir casi empalada. Me perseguí. Pensé que podía decirme algo, putiarme, no sé. No dijo nada”, “Porque ni siquiera sintió tu wea”, le contesté mientras me sumaba al grupo con un vaso de cerveza”, “¡Y vo culiao! Tanto tiempo. Ya que veni llegando sácate ese altoque”, “Me hace falta. ¿Qué habían quemado?”, “Héctor tiene estas flores, y yo esta linda pipa de agua. Cacha el buqué nomás”. Me pasó de esas bolsitas Ziploc en miniatura, llena de hermosa ganha. Descubrí que las deben hacer con la intención de que en ellas se guarde marihuana, u otras sustancias, ¿cómo era posible creer que aquella pequeña bolsa plástica sea para conservar mi plato de porotos, o cualquier comida digna de ser refrigerada?, obviamente se hacen estudios de mercado y ahí cacharon la movida, descubrieron que podían lucrar con las drogas, llevándose la pequeña suma de lo que invierte el narco, o los consumidores, usándolas para vender en pequeñas dosis los ilícitos. Siempre ha sido más fácil reducir en cantidades pequeñas, y si hacen eso probablemente ocupen su poder de empresarios del plástico, coimeando, pagando candidaturas y secuestrando, para que en el congreso jamás se legalice la marihuana. Si eso pasa perderían todo su negocio… “¡Cabros, cabros!…” grité, me miraron, yo agitado, incluso pusieron atención, “No, nada. Es imposible que las bolsas Ziploc estén a favor del narcotráfico y ganen plata con eso. Puta que estaba buena la yerba, ¿qué era?”, “Tutankhamón”, y yo, ya me sentía Amón-Ra.

A esa mina siempre se le quedaba olvidado en los dedos, y lo único que corría era la paja, porque el caño quedaba siempre en su mano, volada, sin saber que es ella la portadora, apoyando su mano contra algún lugar, apagado, triste, un caño espera morir como un caño tiene que morir, y si vas a morir quemado al menos que te abrasen todo de una vez, para que tu muerte sea gloriosa, y esa gloria por fin volvió a mí, después de tener que recordarle si había visto a Don Passarella; le di otra pitada, otra, y dos más antes de correrlo. Me imbuí en ese sitio que te externalizas y a la vez conectas más, donde le das importancia tal vez a lo importante, con todos los de alrededor, conversando, charlando, celebrando, todos los pueblos lo hicieron, y en estas ocasiones es donde nos acercamos a los antepasados místicos y sabios, ¿acaso no los griegos se tomaban todo el vino?, y son vistos como pueblo filósofo. Los chinos quemaban siempre opio y su tecnología es envidiable en el age of emperies. No vengan aquí a difamar nuestra humilde alegría, por ilusoria que parezca, es real, no te lo puedes cuestionar en el momento, y que fácil era hacer ese quiebre, y que bueno que podía(mos) hacerlo.

Una necesidad loca surgió dentro de las sombras de la pieza, y era escuchar unos temas de Hendrix. El pc estaba conectado a unos increíbles parlantes, pero estaba siendo sitiado por dos chicas que no conocía. Me empezó a molestar el pensamiento de estar escuchando todo lo que éstas ponen, eran sonidos desagradables, voces enfermas, sin alma ni intención, deplorables intentos musicales de algo, que ni siquiera colgaba en el aire armonizando, sino, más bien, rebotando dentro de las paredes para escapar y no tener que escucharse más. El horror de permanecer así un segundo más me ganó y dio valor. “Por favor, ¿puedo poner un tema de Jimmi?”, “Sí, dale. Deja que acabe éste y te pasamos la compu”. Lo había conseguido, pero el trayecto hacia la victoria no venía siendo fácil, ya no rebotaban los sonidos en la pieza, ahora estaba toda la música tratando de huir de mi mente, imposibilitada, saltando de pared craneal en pared craneal, me proyectaban colores que yo no quería, luces que no deseaba y sensaciones que detestaba, cada segundo más. Rápido recordé esas logarítmicas ecuaciones escolares que hacían escalas ascendentes en los gráficos; así estaba; subiendo a la locura, en cada instante más y más y era eterno, todo era algo matemático, calculado, científico y no podía fallar, mi estado iba a seguir empeorando, tenía que poner Hendrix ¡YA MISMO!, “¡No lo soporto más!, ¿cuánto dura esa canción? ¡ha pasado caleta!”; en ese momento, una de las chicas se dio vuelta, me miró de frente, sonrió, y puso dos dedos en mi sien: “El tiempo está en tu mente”, me dijo, mientras yo observaba que el tema duraba dos minutos.

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