Los comerciantes

Ese joven que está saliendo de la casa, aquel medio barbón de caminata lenta, el mismo que pasó la mano sobre su chasquilla para peinársela, sí, él está por ir a juntarse a lo que de seguro sería una inolvidable noche con mi novia. Claro que él no sabía que era mi novia. Apenas quedó la calle despejada bajamos del auto y saltamos la reja; con una llave maestra abrimos su puerta, le hice unas caricias a sus gatas; avanzamos por el oscuro corredor y encontramos su pieza (…).

Ese joven que está saliendo de la casa, aquel medio barbón de caminata lenta, el mismo que pasó la mano sobre su chasquilla para peinársela, sí, él está por ir a juntarse a lo que de seguro sería una inolvidable noche con mi novia. Claro que él no sabía que era mi novia. Apenas quedó la calle despejada bajamos del auto y saltamos la reja; con una llave maestra abrimos su puerta, le hice unas caricias a sus gatas; avanzamos por el oscuro corredor y encontramos su pieza. “¡Uy, que lindas AK! La foto hace honor a esta majestuosidad”, me dijo Johnny, apretando un puño contra su mano; brillaba en el oscuro cuarto un foco de cuatrocientos, alimentando a seis acogolladísimas plantas, de tricomas alargados como gelatinas, rociados en resina azucarada. Dos minutos y ya estamos afuera con dos cajas de cartón. No nos crean unos simples domésticos, ¿qué te parezco, un perkinazo? Nosotros solo vinimos por la yerba, ni más ni menos; lo conocí a Johnny, mi compañero, en el penal Cordillera, ambos caímos año y medio por autocultivo, estampándonos en la frente “microtráfico”; por suerte hicimos, digamos, buenas amistades, las cuales nos educaron en vías extra sociales; planeábamos en el patio, reflexionábamos por las noches y discutíamos cada punto, debía ir perfecto cada detalle, para así convertirnos pulcramente en lo que la sociedad nos había etiquetado, injustamente, con el glorioso retorno a la libertad. El tipo del indoor tampoco sabía que ella, mi novia, lo agregó por unas fotos que subió de sus niñas, ni que ha estado trabajándolo y sacándole información desde hace dos semanas, asegurándole que la casa estaría vacía para los dos; y bueno, es difícil resistirse cuando una chica tan linda tiene sus métodos, lástima, tan solo hará que le compre cerveza para luego despacharlo con alguna excusa existencial o dudas filosóficas, ¡ups!, hoy no la pondrás, campeón, y cuando llegues y desees enrolarte uno para pasar la decepción, nosotros estaremos quemando el caño de la victoria. Así funcionaba bien, no nos arriesgábamos plantando y teníamos más de lo que podríamos cosechar; además, si no sacabas nada extra no tenía manera de llamar a los copas, “¿Aló? ¡Se robaron mi plantación de marihuana!”, ridículo, quizás odiarían a los flaites, pero claro que nosotros no éramos flaites, aprendimos las malas mañas de los mejores; y a un gendarme por dos palos le compramos la Maestra, pieza fundamental de nuestro sigiloso actuar. ¿Remordimiento? Aquella palabra se hace ajena entre barrotes, hacinado, la brisa no cubre tu rostro, y coleccionas recuerdos de crudas escenas en tinte violento; ¿esta tarde deberé pelear por mi almuerzo? No, no puedo dejarlo así o creerán que soy maricón, si vamos le romperé la cara, el bastón de los carceleros es mejor que la deshonra, “hey, este loco tiene tus tillas”, “¡INSPECCIÓN! ¡A la pared los conchadesusmadres!”, “hoy entra un violeta, ¿vas?”. Los timbres, los golpes, la sombra, la humedad, las ganas de pitear, la respiración ajena rumeando largas noches desoladas como piedras cubiertas por arena en el desierto, y soñando con volver a caminar entre los mortales. Si el agua marina curte a los pescadores, la angustia negra machuca a los reos; así vimos pasar los días, así perdimos nuestras noches; no queríamos volver a trabajarles, nunca más, nunca más se aprovecharía mi plusvalía, nunca más obedeceríamos sus normas, y en esta alternativa vida estamos arriesgando todo, y disfrutando todo; sí, en el colegio, en la tele, la familia y en la historia les enseñan a los niños que no existe el “villano feliz”, que todo aquel que esté en contra concretamente y lleve la empírea de vivir al borde o fuera de lo establecido debería ser un triste ser, atormentado, despreciable y estúpido, con un corazón manchado y lejano, carente de bondad y amor y sentimiento de justicia; no es así, al menos nosotros repartíamos todo en partes iguales, ninguno se quería aprovechar de nadie. Este buen actuar entre nuestro mundillo nos dejó una especie de buena reputación, y los contactos que hicimos en prisión comenzaron a entrar en confianza; con el tiempo les vendíamos grandes cantidades de cogollos, de raza y distintos; los había morados, negros, amarillos; dulces como azúcar flor, potentes al pensamiento, nos pagaban a cinco pesos el gramo, siete cuando eran de aquellos memorables; supongo que les habrán sacado cuatro o cinco veces el precio, prensándolo, y repartiéndolo con varios soldados, nunca pregunté en todo caso, ellos tampoco, nadie quería oír cómo se conseguía ni dónde iría; lo relevante era que estaba el dinero y el flujo constante de verde, además, que hipócrita estar en contra de la venta, si todos comenzamos comprando; ¿qué más que comprar se puede hacer en el capitalismo? El problema está en el sistema, que oculta con caretas a la gente, niega la realidad y aísla entre mentiras; si tienes dinero puedes cultivar, o comprar regularmente, así evitas la vergüenza y desdicha de caer en cana, ¡qué terrible situación! Lo que uno paga no es la marihuana; es la comodidad de mantener un estatus social que tanto recriminas. También vendíamos grandes cantidades a un par de estudiantes, que vendían a diez pe la mano en su Universidad; otros barquitos venían de amigos que juntaban para pagarla a buen precio y tener el mes asegurado, a ellos les era más cómodo, cuando uno fuma todos los días ¿qué importa gastar setenta lucas, con la comodidad y calidad que ofrecíamos? El negocio iba viento en popa, fumábamos lo que y cuando queríamos, había tiempo y dinero; ¿qué te puedo decir? Si deseamos almorzamos en Valpo, y a la noche si queremo no tripiamo enel’ cajón; por fin le reíamos más a la vida que lo que ella se burló de nosotros, pero eso, para el destino es imperdonable, y normalmente, fatal.

Aquella noche quedamos de vernos con El Pirata, un contacto que teníamos hace tiempo pero no nos tincaba la idea de juntarnos con él; fama de Mexicanero, durancio y violento, así se hizo respeto en el Castillo, la Padre Hurtado y en la Pedro. Sin embargo, teníamos un botín bastante grande, la habíamos pegado con catorce exterior y necesitábamos vaciar los cofres. “No, loco, yo dejo a mi guacha acá. Vamo lo do noma”. “Por algo conseguí tres, ¡agilao!, y los tres entraremos sin miedo”, “Sipo weón, no te pongai conchetumare, ademá que yo sé como funciona esto”. “Qué tanto, si no compró ni balas el culiao”. Johnny había adquirido, en algún remate, digamos, alternativo, una gran inversión para el equipo: tres Taurus Magnum 44, sí, esas mismas, queríamos algo con estilo, y ya hace tiempo que nos habían ofrecido la mano. La tomé, solida y poderosa, legendario revólver con aires de inmortalidad, era un punto de no retorno, “Apúntame a la sien, necesito saber qué sentirá quien tenga en frente”. Johnny iba conduciendo, la noche mantenía el contorno que las nubes dibujaban a la luna, yo miraba por la ventana; la ciudad, los grafitis, los perros durmiendo, experimentando tibias ráfagas de vientos; estacionamos el auto y caminamos al punto con los bolsos, miro a mis compañeros, detengo aún más la mirada en mi amada, cuánto los aprecio, aprieto el pecho, y suelto mis piernas; ojalá todo salga bien. La tensión se siente más que el frío, este era el precio que pagaban los clientes, no la agüita, ni el sol ni los cuidados, es el violento actuar de este mundo desenfrenado, y ahí estábamos, en el carrusel incesante de los acontecimientos humanos, primera fila. Llegó El Pirata con un acompañante, teníamos ventaja numérica, si es que no había otros desde algún ángulo, comienzo a mirar los alrededores, me detengo para no parecer sospechoso, nos saludamos, el trato era 2 kilos por ocho palillos, uno de Moby, otro de Super; acostumbrábamos a enrolar una gran cantidad en aquellos papelillos de celulosa, uno para cada soldado y de cada raza, esas sedas alargadas de intenso verde, quemaban eternas en la oscuridad del cielo; al parecer les gustó la degustación, y el trato está hecho. El corazón dejaba chico a las costillas, y escalando por mi lengua trataba de huir; en el momento que nos damos media vuelta, luego de recoger el bolso con la plata, se escucha el ¡CLICK! de una automática. “Tiren el bolso, y caminen. ¡AHORA!”. Johnny era el más próximo al Pirata, el cual sostenía con ambas manos un reluciente fierro color ébano, que bondadoso sea el gatillo, nos miramos, extrañamente ninguno tenía miedo, mi querida con el revólver delante mío y apuntaba de frente, me muevo lentamente, haciendo como que dejaré el bolso; sus miras se encuentran, y el plomo asecha los cañones. Las gotas zurcen la polera a mi espalda, en el momento de descuido Johnny también saca su arma; ambas quedan apuntando al Pirata, y las dos de ellos apuntan a mi amada; confiaba en ella, no puede abandonarme ahora, no en estos momentos, el destino no funciona tan así, no va a ser ahora, no caerá, ninguna bala atravesará aquel cuerpo que me arropa, que me ama; no puede pasar aquello; qué tonto soy, ¿cómo no saqué la Magnum? Era el momento de mi vida y fui más inservible que árbol de navidad un 18; si es que intento sacarlo probablemente arremeterán contra ella, habrá fuego cruzado, un amarillo que explote en los vacíos que nos distancian, pero qué digo, ¡SI NO TENEMOS BALAS!; nuestra luz está en dialogar, pero no podemos dejar que nos robe: perderíamos el respeto y comenzaríamos a ser tratados como novatos. El dinero, la reputación, el pellejo; todo condensado en aquel bolsito celeste, contenedor de nuestra parte, se miran a los ojos; los nuestros achinados y rojos, él los lucía de par en par, gigantescos e inquietos, mientras su pera resbalaba robóticamente hacia un costado, provocándole un dolor lumbar que remediaba dando un latigazo con su cuello al viento; balbuceó dentro de su boca y soltó un escupitajo: “Miren cabritos, la weá es bien simple: estos son mis barrios y yo vendo aquí, ¿capisce?; me voy a quedar acá mientras caminan para atrás, despacito, y los bolsos me los quedo”. “No, cada uno va a recoger su parte acordada” –dijo mi novia con seguridad, dándole armonías rápidas al tiempo–, se miraron, él apretó su mano contra la culata, y nos ensordeció un balazo. Plena frente, entrando el proyectil desde el costado; generó una pequeña abertura que al salir explotó parte de su cráneo. La sangre fluía hacia la tierra, se escuchó la caída de su cuerpo, el cual cayó de frente, yo mientras tanto miraba la realidad de la vida, de como nos observaba desde esferas mágicas, atando hitos de desgracia donde quiera que fuese; mas el momento no era el nuestro, y guardando la humeante pistola se limpia el brazo salpicado de la sangre de su compañero; ¡le disparó al Pirata terrible tiro! Y agarró el bolso con la yerba, hablándole así a mi novia: “Aquí está mi parte, de ustedes es el de allá. Espero podamos mantener buenas relaciones; este analfabeto no sabe apreciar las buenas amistades, y ya muchos problemas nos ha generado por esto. Me dicen el Roca, porque mate a mi padrastro de un camotazo: lo encontré pegándole a mi vieja. Váyanse, yo limpiaré esto. Hablamos el mes siguiente”.

Y cortó con la misma frialdad del ambiente.

A las dos semanas botamos los celulares, contamos nuestros ahorros y planeamos abrir una panadería; pero antes, haremos un último, un gran golpe, por viejos tiempos, por la hermandad y el amor, y sobre todo, abastecernos el alma un año entero. ¿Y las Magnum?, prometimos nunca jamás comprarles balas.

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