(…)
YO -Pero ¿a qué jugamos?
WITTGENSTEIN -A imaginar un lenguaje.
YO -¿Eso es todo?
WITTGENSTEIN -Es decir, a imaginar una forma de vida
YO –¿Cómo es eso?
WITTGENSTEIN -Piense en lo que sucede cuando usted habla: el tono de la voz, su apariencia cuando lo dice…
EL FILÓSOFO -Si usted me hubiera conocido en la época en que vine a verla, con mi voz sin tono, con mi aspecto agotado, habría visto de inmediato la forma que había tomado mi vida cuando fue atrapada por el discurso terapéutico… Ya sabe: ese discurso que confina la enfermedad mental en el interior del pensamiento, donde estaría agazapada como un mal secreto, como un deterioro inexorable; hasta el día en que estalla en un episodio agudo, siempre que no lo haya minado desde adentro hasta vaciarlo por completo.
¿Comprende usted ahora lo que significa “enfermedad mental” para el interesado? Es muy simple: lo condena a la locura. Entonces es fácil imaginar la forma que tomará su vida. Relegado a su soledad, humillado, deberá hablar muy cerca de sí mismo, como si hiciera las preguntas y diera las respuestas. Estará obligado a ser él y el otro. A veces temerá que se lo tome por el otro. Y el día en que crea ser el otro, le dirán: demente.
WITTGENSTEIN -Eso es lo que yo llamo un juego de lenguaje: un lenguaje más las acciones en las cuales está entretejido.
YO -¿Pero un juego entre quién y quién, en este caso?
EL FILÓSOFO -Decididamente usted está en otra cosa. Con otro, ¿con quién más va a ser? El delirio más incoherente se dirige a alguien, de preferencia al otro que lo mira y que no se imagina que usted ya no sabe lo que dice ni a quien le habla, que ya no está en la realidad. Pues bien, el delirio es la realidad. Y allí no hay nunca nadie para atestiguarlo. No es la duda sino el delirio lo que a usted le hace perder piel Ustedes permanentemente dudan de lo que nosotros decimos. Ustedes creen que creemos en eso. Pero al loco le importa un carajo [Le fou, il s’en fout]. Sólo una cosa le importa: decir, testimoniar. ¿Se acuerda de la época en la que yo no podría abrir la boca sin decir: “Quiero decir”?
WITTGENSTEIN -En francés, vuoloir dire (querer decir) es tanto explicitar lo que se dice como desear hablar.
EL FILÓSOFO -Como usted diga. A fuerza de decir cada vez más cosas que no querían decir nada para nadie, yo ya no tenía nada más que decir, ni siquiera tenía la fuerza de querer decir; y sufría, sin saberlo, porque ya no deseaba hablar.
Y recíprocamente, a fuerza de no encontrar a nadie a quien hablarle todo lo que yo decía, ya no quería decir nada, hasta la apatía. Estaba clavado en la cama, atrapado por un cine interior de una belleza alucinante. Pero, al mismo tiempo, se me prohibía la palabra, y me encontraba secuestrado… Usted tiene razón, lo que pasó después lo ha confirmado: no puedo decir más que esta convicción simple y clara: “Quiero decir”; si no me expreso, voy a reventar… Actualmente hablo, es tan fácil como eso.
YO –¿Usted lo encuentra fácil? Costó un tiempo increíble seguir el ritmo de sus pequeños pasos. Usted decía que era un disidente del mundo occidental, que escapaba de un Gulag, que poseía un samizdar, un escrito clandestino sobre los entrecruzamientos entre la pequeña y la Gran historia… Yo no podía evitar mirarlo por encima de su hombro, para tratar de descifrarlo. No lo logré.
WITTGENSTEIN -Su error era buscar una explicación en vez de identificar lo que había pasado como proto-fenómeno; usted quería remontar en la cadena de las causas, cuando habría debido decir: se está jugando tal juego de lenguaje.
Extracto del libro La locura Wittgenstein de Francoise Davoine, páginas 34-35.
Bibliografía: Davoine, F. (2018). La locura Wittgenstein. Social Ediciones