¿Tanto te va a molestar que fume un cigarro? Si hablamos de tolerancia, y claro, que sigan subiendo los precios, pegándose el truco que es por sanidad, ¿acaso no regulan el volumen de los audífonos?, reventados de orejas toda mi generación, ¿justicia poética que no nos escuchen?, pero mejor no digo eso, que siga existiendo mucho wataje en tu mente; dentro del transporte público, sobre una banca, en una cola y en tantos más sitios.
Horrible escena proyecté al verme imposibilitado de reproducir el disco adecuado, y son muchos los posibles de elegir para escuchar, si total, importa para aislarte en ti, pero, últimamente estoy valorando más lo contrario, que alguien logre el despoje de mí, y me transporte al todos, para que no se confunda, le llamo todos a lo que no soy yo, pronombre personal que parte desde la diferencia. Y no es porque no pueda ponerme a tono, simplemente optó mi mente por desaparecer de la realidad, contrario de eso que es macizamente el presente, el segundo a segundo, que se siente desde la piel y no el pensamiento, me tocó vivirlo desde el pasado, incierto e inconcluso, en trayectoria, como una mosca desde una esquina alta o a veces mediana, como el espejo que te mira, la cámara que graba o el cuadro que se mueve. La vida es así, un poco impresionista, hasta que alguien te quiebra las capas de seguridad, y entras en lo otro, que no eres tú ni él… el plano de todos. Allí es donde se supone debemos converger en sintonía, pero esa no será tuya ni mía, nos afectará la realidad. Cada palabra que nos regale el subconsciente, cada gesto que nos obligue el cuerpo y en todas las formas de sostener un cigarrillo, están pisoteados por ese todos, ¿cómo llego a lo otro pero sin abandonarme?, ¿cómo te conozco a ti, pero sin perderme en lo que te ves obligado?, ¿por qué tenemos que quemar este porrito para entendernos? Y así surge una amistad, como de las malas miradas de niñas adolescentes nace un odio, con este caño aparece un lazo inquebrantable de lo que fuimos tú y yo dentro del todos por un momento.
“Bueno, ya que no te gusta el humo del cigarro”, lo miré como si le sobrara un brazo, “mejor me correré para este lado y así seguimos hablando, ¿te parece? Siempre que fumo yerba necesito instantáneamente tabaco. También al bajar del transporte público”, “Sí, mientras no llegue me parece perfecto”.
Estábamos en esas bancas cafés, con rayados de plumón y maderas sueltas, las clásicas que se encuentran en cualquier lugar desde plaza Italia hasta cierto punto norte. Nosotros preferíamos ponernos en las que no hubiera niños jugando, ni esas viejecitas paseando pequeños perros que son más caros que todo mi sueldo, a veces, nos conformábamos simplemente que no quedase tan cerca de la vereda, siempre eso si se debía contar con sombra, ¿qué clase de planificador pone una banca al sol? Trabajábamos no desde hace mucho en un call center, y esto nos daba demasiado tiempo para odiar la sociedad, el trabajo, la gente, la empresa y todo con justa medida para cada caso. Hernán se llamaba él, pero conocido como Linda Boston para el call center, una preciosa psicóloga sexy, que por la modesta suma de $1.2 el minuto, charlaba sobre su vida de estudiante universitaria ninfómana, con pobres gordos yankees sin esperanza pero mucha pasta. Cuando me entere que hacía ese chamuyo el call, me imagine que desnutridos etiopianos podrían estar jugándole la misma a bien alimentados faloperos de Las Condes, pero lo políticamente incorrecto no se puede decir así nada más, tenía que tantear el terreno primero. “Extraño que te moleste tanto el humo, yo te creía una persona que aprieta la pasta de dientes desde cualquier lugar menos la base”, elegí uno de los cinco fósforos que quedaban, lo tomé inclinado hacia abajo, con el fuego creando una gota, y le di mecha al cigarro que sostenía mi boca, “Aunque no lo creas, el centella lo comía desplegando el plástico mientras iba comiendo. Ojo que no me afecta en sí el humo, es el olor putrefacto que queda en la ropa”, “Bueno, bueno. Ya entendí. Sabes, ahora que te conozco un poco más me parece fundamental preguntarte un par de cosas trascendentales. Por ejemplo; ¿Por qué el aceite de oliva es extra virgen? ¿Qué diferencia hay en ese extra?”, “Ehmmmmm”.
Él sabía que su respuesta era crucial, pues en esa pregunta no había más que un gran enigma caótico, configurado del pensamiento de un volado, y también reconoció que yo buscaba descubrir si su ingenio era acorde al mío, pedante de mi parte, claro está. Se tomó más de unos segundos, y otros, y su mano estaba apoyada bajo el codo, mierda, le estaba dando importancia al asunto. No pasaron más de quince cuando sus ojos se abrieron, si es que se le puede decir “abrir” a esos dos achinados, y muy serio contestó: “Probablemente porque ve todo el día anime, su Messenger era algo como ‘darkness equis guión bajo akatsuki seis seis seis’ y lo más cerca que estuvo de una teta es el porno 3D”. Bienvenido a mi vida.
Los dos reíamos similar, como si nos atragantase el aire o la alegría y pareciera que más que reírse era intentar tomar oxigeno para no ahogarse. Todo estaba dicho, bajo esos largos árboles que poseían todos los colores del café, verde y amarillo: ya tenía con quien quemar a la hora de almuerzo. Probablemente a eso le siguen las salidas findesemanales, las fotos de las amigas, comprar la droga juntos, que su papá le pegaba, que el mío me putiaba, que la gata está embarazada y todo lo esperable para una linda relación. Iba pensando en ello después del trabajo, ya dentro del traje y máscaras que uno se pone dentro del metro. No era tan mala la vida después de todo. Al menos veía el atardecer cuando volvía y, si aún era temprano, majestuosa para mí la cordillera. Desde el otro lado del vagón a veces coqueteaba y observaba los rostros cabizbajos. ¿Por qué no miraban las nubes?, ¿por qué se subían así al metro? Y por ahondar entre abismos de dudas casi retóricas, me pasé. No eran capaces de mirar al cielo, pero sí de verme bajar por esas escaleras. Pensé entonces que no hay deshonra más grande que el cambio de andén.