Los dos en la copa del árbol

[CUENTOS] En un viaje alucinógeno pareciera que se esboza un retrato sobre la condición humana, sobre el árbol de la vida y las costumbres de un pueblo nórdico. Y en todo esto ¿de que será que trata el amor?

De dónde sacamos esas cosas, de que el mundo es completo así como se muestra, de que el mundo es así eternamente, para siempre, ¿por qué nuestra esencia desembocó en esto?, en este lío caótico con centro fetal, adornado, en este plano que en mentiras nos hace creer de la existencia temporal, no espiritual, del yo más real que existe, escondido entre los caminos que limitan la piel, llevado al pedacito de historia vigente que, en cadenas, nos tocó vivir. Todo lo que nos rige es social, todo te lo heredaron con anterioridad, y en esa lucha que es pertenecerte a ti mismo y para vos sólo quedas cada día más perdido como mariposa al tercer día, y vives en ese abismo que todo lo calla y te entrega los pasos para vivir, como si un relámpago negro cayera por la espalda, y en cada ocasión, las elecciones tuyas están impresas por tu linealidad recorrida, y ocultas en astros tras cascada luminosa, lo que dejaron moribundo de ti, cubierto de pus embrionario, allí se encuentra tu verdadero deseo inmutable, tu resistencia a un mundo de dictámenes y directrices, aún virgen de esa suciedad del tiempo sobre la biología, todavía perenne como el primer día del primer recuerdo. ¿Quién responderá si hablas hacia ti? Un individuo se acerca; y conoce todos mis secretos.

Hace un tiempo atrás, cuando todavía crecían montañas y no se habían secado todos los mares, para un pueblo era común, al celebrar como fiesta el pillaje de otros pueblos, preparar el evento cocinando un pan comunitario. Ese pan se preparaba treinta días antes de la fecha, y era dejado fuera de la casa de cada invitado; el frío por la noche es platinado y silba hasta los huesos, derramando sus dotes principales sobre aquel presente que el hombre ofreció; indómito viento de las llanuras cubiertas por hielos, dejó un sagrado manto para sus hijos, logrando un trabajo perfecto con aquel alimento, transfiriéndole todas sus cualidades primigenias a quien lo ingiriese. Este pan era el más sagrado rito, pues durante ese mes cultiva un hongo divino. Es por esto, que sólo en un momento específico se puede hacer uso de aquel manjar. Justo antes de entrar en batalla, con las espadas desenvainadas y las hachas filosas, cuando se veía en el horizonte el punto de celebración, ya cercano, luego de viajar y navegar por fríos gélidos, y bosques empinados, justo antes de llegar a aquel infortunado pueblo, que un día muy antiguo decidió elevar madera sobre rocas para permanecer en esa tierra, que dominó el agua cavando pozos y detuvo al viento creando techos; y sólo en ese momento, escuchando los desesperados gritos del fondo, les era permitido saborear aquel pan e impregnar cada músculo con aquel mítico hongo, entrando en un estado elevado de (in)conciencia, y pericia. Sus presencias de inmediato comenzaban a tomar formas variadas, a veces, todo giraba y se agrandaban y se achicaban; un pájaro dobla por el cielo, y las alas las sientes en tu mirada, las armas toman parte de tu carne, y son sólo la extremidad de ellas; mezclado como melaza un brazo antorcha y en el otro una maza como muñeca; ahora tu cabeza lleva dos cuernos curvos y destreza en el combate: sabrás exactamente qué movimiento hacer. La cosmovisión en ese entonces no traía despertador, ni metro ni Satanás; para ellos, ese rito era tan normal, tan puro y noble, tan relevante; representaba lo único posible para la muerte, para la salida de esta vida, lo más importante para una existencia plena, una manera de trascender y saltar de estrella en estrella por toda la eternidad: morir en batalla bajo los efectos disociativos y alucinógenos del hongo.

En el gran árbol de la existencia, hay una copa donde el sol la hace crecer como ninguna, y cultiva en ricos nutrientes sus hojas. Existía esa ascensión después de la muerte, lograda sólo si obtenías el honor y la gloría de morir por tu pueblo en ese momento. La resurrección es encarnada en cada hacha que bate violentamente contra algún escudo, y la madera golpea dura al metal y no le permite entrar, las antorchas asedian los techos de paja mientras que los caballos corren locos entre las calles; una niña se esconde tras una carreta; un soldado pelea con tres flechas atravesadas en el hombro. En el campo de batalla, donde el barro gotea muerte y las espadas chocan en tu mente, tendrás a tu lado bellas guerreras, trenzadas en brillosa armadura, talladas en esbeltas formas femeninas; tomarán tu cuerpo inerte y cansado y serás llevado de manera alada hasta la copa del árbol. Ahí, puestos por la divinidad de sus actos podrían descansar y festejar junto a sus ancestros, a sus camaradas; en castillos tapizados por música olímpica, en asientos rechonchos que te abrazan, la gloria ahora será por siempre y no habrá espesor después de la batalla, se beberá y honrará a los sabios Reyes que supieron gobernar, y también un trago por cada ojo trizado de muchacha color salvia, ámbar, y miel. Sientes esa presencia y seguridad celestial, paso a paso, junto a tus codos y disipando tus ojos. Estás protegido desde el vientre, haremos pillaje y asolaremos poblados, por la patria, por el cielo, alcanzaremos con sangre gloria en carne y eternidad a la muerte, empuñando la vida vamos a enfrentarnos a la más cruda prueba sin doblar talones, sin sonreír mejillas; sólo es permitido escupir sangre de las encías. Das un corte y saltan tripas, salen como estallados desde una sandía y plagan el piso, avanzas, tu antorcha por los techos y ventanas, las sombras se vuelven altas por el viento, de pronto todo está en llamas; se oye el quejido de una mujer dentro de una casa; más gritos desde los incendios, la calle, el camino, el campo, una espada cercena un brazo, unas flechas gozan el viento; sientes calor y más calor en tu espalda, en la batalla no eres tú y ahora formas parte de algo más grande, más elder, una entidad pura, manejada por los sentimientos y deseos. Miras al costado, y un compañero cae por siete flechas en el pecho, erizan sus músculos, y queda como estatua en medio del camino. Aquí no termina su viaje todavía.

Nunca antes me lo había preguntado, por qué las noches de ácido tienen ese amarillo ocre impregnado, con humos nauseabundos, que por primera vez sientes que te molestan y a la vez no. Tus ojos captan más luz al estar dilatados, y abiertos como diafragma filman todo, agregándole azules, verdes, suavidades, rugosidades, trayectos; oye, atento, que los muros respiran. Pierde el norte y ahonda en más direcciones, déjate caer; déjate caer y navegaremos como una esfera girando ante la luz, que nos amarra circulares, somos un sólo ente, se volvió a juntar aquello que nació para encontrarse, fragmentos de un todo, reconstruidos como una sola cuerda del universo, déjate caer y escucha los dorados y el agua que sale de mis ojos, suelta el pensamiento y observa, como te lo meto, como entra y contraes tu universo, como creamos al amor; mira nuevamente como entra y asoma un tronco grueso adentro, una espina dorsal, un mástil sin vela que bucea un mundo interior, ahora vívido y cálido para ambos; sobre mí y encajas perfecta, friccionando mi pene contra tu universo, nos chorreamos de la lluvia, el mástil sostiene las velas de tu estómago, de tus pechos, y de tu vientre; cada metida clava quejidos y forman parte de la misma banda, las notas mueven el viento que golpea tu cuerpo y bailas como cortina sobre mí, la música, te acelera y yo me embarro de tu cosmos, del intangible mundo que me contactas y atraviesas y formamos sólo uno, un todo, ahora apreciable, nítido en su belleza; no sé si reímos o lloramos, quizás es lo mismo, pero en la carretera de los sentimientos solo una velocidad está permitida y es la alegría, el placer, nos impacta y trae de la mano, nos cuida y bendice y le agradecemos y entonces la pieza ya no está más; acampamos entre relámpagos de algún dios trueno, todo mira y palpita, está vivo, nos elevamos para apreciarnos pequeños, diminutos: ahora somos gigantes, de piedra formados, te la sigues metiendo al saltar, para compactarnos con un eje único, un solo giro eterno; reniego la sangre y quiebro mi apellido, desmiento nuestra fecha de nacimiento, nuestros nombres, la cutánea presencia en este plano, en esta realidad, y quiero declararte, que mientras caemos y olvido que yo existo, que tú existes, y sabiendo y asumiendo la totalidad del ser nuevo, de nuestra encarnación propia, voluntaria y trascendental, nos llevamos al viaje orgásmico, y descendemos en él; reventados de nosotros, extasiados en el éxtasis, en la única caída que te deja en alto, arriba, en apretadas de pierna y tirones de pelo, para así dejar de existir, como fue, en aquella antigua versión de la historia en donde alguna vez nuestras mentes, sentimientos y cuerpos pasaron por el tiempo sin ser unos como el agua, que dos partes la forman y solo juntas son vida. Sólo juntos somos vida. Y ya no está, ya no existen más, fueron como cuerpos celestes antiguos que regalaron algún deseo a un montañés, y se despidieron brillando a través del tiempo. Cuando nos toque morir, amor mío, alguien nos observará diez mil millones de años después en ese momento, y para que todo el universo se entere del amor, nos quemaremos ese buen día sobre la atmósfera, estallaremos sobre cometas errantes; estrellas solitarias; orbitarán a través de los pechos y fluiremos como polvo sobre la mancha estelar, nos coseremos a mundos paralelos, con un negro inmenso del cosmos que tiñe las paredes, nuestro entorno aún late como pulmón vivo, y encostrados a la cama el recién nacido fumó por primer vez después de saltar al mundo, después de haber nacido en un orgasmo cósmico.

En ese momento, después de pasarle el caño, comprendí que estábamos en la copa más alta del árbol de la vida, sentados juntos en un lujoso palacio; el ácido es una droga para morir y ser llevado al cielo por una ninfa alada, para beber por siempre hidromiel con los Dioses.

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