Cuando se acerca el fin de año me empiezo a encontrar con una tristeza que no siempre entiendo del todo, una tristeza que muchas veces al intentar ponerla en palabras se me aparece como un tartamudeo mental que no se condice con ese aire festivo y alegre que trae consigo esa presión social que por más conciencia que tenga de ella siempre me aprieta.
A principios de noviembre, poco después de pasearme por una ciudad repleta de telarañas, fantasmas, dulces a luca en las estaciones de metro, muchísimas calabazas y, por supuesto, máscaras y disfraces por doquier. Me acuerdo de que fui a un mall, un poco celebrando la victoria de esa batalla ilusoria en la que al fin me ahorré el costo de un despacho y me encontré, con una sorpresa poco sorpresiva: un aire festivo vestido de bolas de navidad, villancicos, canciones alegres, luces, guirnaldas y pinos. Un poco perplejo, creyendo al mismo tiempo que me estaba volviendo un viejo aburrio’ por no alegrarme y estar angustiado, ensimismado preguntándome sobre ¿qué pasó con la celebración de nuestros muertos si fue hace tan poco? ¿y es que acaso se celebra? Todo esto mientras me acordaba de todos esos viajes en familia al cementerio, que en el último tiempo ya no era siempre el primero porque se hacía mucho taco, volviéndose demoroso y era mucho atao’ entre tanta gente. Siempre se trató de que en ese día no había que andar corriendo, para eso estaba todo el año y no ese día ni en ese encuentro, de una familia con el temple bajo.
Es mucho el apuro y muy poco el tiempo. Año nuevo, vida nueva es el dicho ¿no? Hay que dar la talla subiéndose a la micro de dos pisos ¿o vas a seguir en la amarilla? O ¿acaso se te pasó la liebre? Parece que es mejor que te suene la Bip, en vez de que se te pierda el boleto. Hazte a un lado en la escalera mecánica que estoy apurado por ir a comprar los regalos o algo así entendí, cuando a principio de año se celebraba en el metro de Santiago que aprendimos a usarlas.
Y mientras voy pensando en todo esto, quizás ahora algo entiendo, de por qué me encuentro triste a fin de año cuando el tiempo nos apura o, mejor dicho, cuando con el tiempo nos apuran. Hay que apurarse para alcanzar a hacer las compras antes de que el viejito pascuero pase ¿y qué hacemos ante esto? Muchas veces me siento como esa(s) persona(s) sentada(s) en la playa muy cerca de la orilla y que la pilla esa ola sorpresa que te acuerda que hay que tomar distancia y sentarse un poco más lejos, la misma que a veces se invita a pasar con risa y otras veces no tanto, esa misma ola que desparrama, recoge y arrastra el cocaví, pa’ decirlo en siútico y no hablar sólo de la palmerita y el pan de huevo ¿o le digo snack?
No me apuren y dennos tiempo, porque zurcir las heridas no se acaba con los calzones amarillos, corriendo con maletas alrededor de la cuadra y preparando dos ollas de lentejas. Les podría agradecer sus intenciones -que no comparto ni tampoco agradezco-, pero necesitamos tiempo: porque el tiempo no acaba ni se pasa con los meses, días ni años del calendario, porque el tiempo y la historia siempre nos acompañan y, a veces, entre tanto apuro me angustio y de tanto apuro me entristezco.
Necesitamos tiempo pa’ zurcir las heridas y así no mostrar la hilacha, aunque prefiera mostrarla y que no se me suelten los botones cuando me apriete la camisa.
Entristecerse en fin de año
Cuando se acerca el fin de año me empiezo a encontrar con una tristeza que no siempre entiendo del todo, una tristeza que muchas veces al intentar ponerla en palabras se me aparece como un tartamudeo mental que no se condice con ese aire festivo y alegre que trae consigo esa presión social que por más conciencia que tenga de ella siempre me aprieta.