Pensé que a los 18 sería alguien.
Sin saber que a los 6 fui,
a los 8 fui,
a los 12 fui,
a los 14 fui…
y siempre he sido.
¿Qué somos cuando no tenemos una respuesta clara ni un porqué?
Quizás somos el proceso continuo de estar vivos. La suma de lo que recordamos y el espacio en blanco de …
Tuve la idea de que la vida era un destino al que se llegaba. Un lugar al que algún día, después de suficiente esfuerzo, finalmente pertenecería a la historia contada.
Pero quizá la vida nunca fue llegar.
Quizá siempre fue estar.
Varias veces vi la salida de la existencia, estuve cerca de cruzar esa puerta. Hasta que un día decidí no hacerlo.
Entonces aprendí a resistir.
Como ese árbol que alguna vez fue pequeño y que, sin darse cuenta, terminó creciendo.
Sé quién fui.
Sé lo que dije.
Sé lo que hice.
Sé lo que soñé.
Ahora que soy aquello que algún día quise ser, vuelvo a mirar hacia adelante y me pregunto quién seré cuando tenga 20.
Y después 25.
Y después 30.
Quizás así pasaré la vida: pensando en quién seré, mientras dejo de mirar quién soy.
Pero… ¿qué soy?
No lo sé.
Tal vez no tener una respuesta también sea una forma de estar vivo.
Desear ser más es humano. Es lo que nos mueve, lo que nos hace crecer, lo que nos obliga a imaginar una versión distinta de nosotros mismos.
Aunque quizá el deseo de crecer no debería convertirse en el castigo de sentir que nunca somos suficientes.
Pienso mientras voy en el bus.
Otra vez.
119
[POESÍA] Llegar a cierta edad no significa haber alcanzado una identidad, un propósito o una especie de validación. No necesitas llegar a los 18 para “ser”. Ya eras alguien cuando eras niño, aunque todavía no supieras quién. El texto “119” cuestiona esa concepción de la vida en la que uno piensa:
“Cuando consiga X, finalmente voy a ser quien quiero ser.”
La paradoja de conseguir lo que querías no termina la búsqueda y que la existencia no se cuestiona necesariamente en un lugar extraordinario son la base de “119” un bus de transporte público de la capital Managua – Nicaragua.